| 01 de Octubre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La Reina Letizia, junto a Felipe VI en el funeral de Isabel II
La Reina Letizia, junto a Felipe VI en el funeral de Isabel II

La Reina Letizia, patrimonio nacional

La celebración de los 50 años de la esposa del Rey Felipe está permitiendo tomar conciencia de su importancia, en equilibrio entre la discreción y la alta representación del Estado.

| ESdiario Editorial

A lo largo de los últimos días han arreciado los debates, informes y recopilatorios mediáticos en torno a la celebración del 50 cumpleaños de la Reina Letizia. Y por encima de los homenajes excesivamente edulcorados, del anecdotario tantas veces repetido o del recuento de reproches por sus deslices y errores, se ha podido entrever la evolución lenta pero segura de la otrora periodista en su nuevo papel institucional de máxima representación, convencida de la importancia estratégica de su figura para la proyección de la imagen del Estado, presente y futura.

Hasta lo más críticos con ella convienen en que la encrucijada vital a la que se ha visto sometida es tremendamente difícil de asumir y gestionar. Pasar de ser, casi de un día para otro, una de las estrellas emergentes del periodismo televisivo español a la primera reina plebeya de una de las instituciones monárquicas más antiguas del mundo, tiene un difícil trago.

 

Tampoco han sido favorables las circunstancias que jalonaron su llegada  a la Casa Real. Recelos y falta de sintonía aparte, la llegada de Letizia ha coincidido con el deterioro público de la Familia Real, entre divorcios, juicios por corrupción y deslices del Rey Emérito. Y a todo ello hay que unir el lance trágico y desgarrador del prematuro fallecimiento de una de sus hermanas, un golpe durísimo de asimilar en la trayectoria existencial de cualquier persona.

Sorteadas todas esas tormentas, y también los excesos aduladores y corrosivos que no paran de salirle al paso, lo cierto es que la Reina Letizia ha sabido encontrar su camino. Especialmente a raíz de la abdicación de don Juan Carlos y la subida al trono de don Felipe en junio de 2014.

La Princesa Leonor es la piedra angular de esa “monarquía renovada para un tiempo nuevo”. Y la Reina Letizia actúa en consecuencia con acierto

Sobre la base de una solida preparación intelectual, de una facilidad de comunicación que traía ya ‘de fábrica’ y de una discreción y elegancia exquisitas, la consorte se ha consagrado a sus tareas que básicamente se orientan en dos direcciones, además del acompañamiento al Rey: la atención de su agenda, centrada en temas de educación, cultura y cooperación; y, sobre todo, la preparación de la futura Reina de España.

La Princesa Leonor es la gran misión en la vida de doña Letizia y en ello están todos sus desvelos. No solo procurándole, de acuerdo con el Rey, la mejor educación, sino también los mejores ejemplos de comportamiento. Porque Leonor es la piedra angular de esa “monarquía renovada para un tiempo nuevo” que anunció don Felipe en su discurso de proclamación en el Congreso. Y la Reina Letizia actúa en consecuencia, contribuyendo a proyectar la imagen pública que conviene a esa Casa Real moderna, austera, transparente y servicial que se ansía para este siglo XXI.

El espejo de Isabel II

Su papel de anfitriona en la reciente Cumbre de la OTAN, cuyo brillo sorprendió casi tanto a propios como a extraños, ilustra hasta qué punto ha perfeccionado su papel y su presencia institucional doña Letizia. Otra cosa es que pueda resultar más o menos cercana, simpática o atractiva.

Ahí está el ejemplo de la fallecida Reina Isabel de Inglaterra para demostrar que se puede ser fría, distante e impenetrable durante décadas y despertar el cariño masivo ejerciendo con absoluta majestad la función simbólica de la unidad. Sin duda, y salvando todas las distancias, es el espejo en el que ha de mirarse la Reina Letizia, convertida ya en un valioso patrimonio nacional y un buen antídoto frente a la evidente campaña de acoso político que sufre la institución.