| 20 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Samuel, la joven víctima del crimen
Samuel, la joven víctima del crimen

A Samuel hay que darle justicia y afecto, no usarlo para batallitas sectarias

Solo sus asesinos odiaban a Samuel. Pero quienes acusan a partidos y sectores sociales enteros, sí odian a millones de personas y lo extienden con impunidad.

| ESdiario Editorial

 

Toda España ha quedado horrorizada por el asesinato de Samuel, el joven coruñés apaleado hasta morir por una auténtica manada de cobardes que, antes o después, se pondrán ante la Justicia para pagar el precio penal que merecen, insuficiente para compensar todo el dolor generado.

Las causas del crimen son relevantes para agravar el delito cometido, tal vez, pero poco más: da igual que lo asesinaran por gay, por pensar que les grababa con el teléfono móvil o por cualquiera otra de las absurdas razones que se mezclan cada noche en un cóctel siniestro que de cuando en cuando provoca horrores como éste.

 

Si sus asaltantes eran homófobos o no,  les retrata a ellos, y a nadie más. Lo ha tenido que aclarar incluso el padre de la víctima, haciendo de tripas corazón para exigir, roto de dolor, que no se utilizara a su hijo como bandera de ninguna causa: sus palabras, cargadas de emoción y autoridad, debieran ser suficientes para frenar la burda utilización política de este drama.

A Samuel solo lo odiaban sus asesinos. Quienes usan ahora el crimen de Samuel para sus discursos sectarios odian a millones de personas

Pero no lo han sido ni probablemente lo serán. Ya se ha utilizado para provocar disturbios en Madrid, para pedir la ilegalización de VOX e incluso para acusar al alcalde madrileño, José Luis Martínez Almeida, relacionando la ausencia de una bandera del Orgullo Gay en la sede del Ayuntamiento con la generación del odio que se llevó la vida del joven coruñés.

Odio, el suyo

Es obviamente una burda manipulación que, además de señalar a responsables equivocados, denigra a la víctima hasta convertirla en un mero instrumento para las batallitas ideológicas de la España más sectaria: la que antes estaba en la calle y ahora, desde el Gobierno, camufla con discursos frentistas su incompetencia en éste y otros ámbitos como la violencia machista.

La sociedad española es tolerante y pacífica, salvo grupúsculos radicales que existen a ambos lados del espectro ideológico. Y nuestras leyes defienden la igualdad desde hace años. A partir de ahí, utilizar casos aislados durísimos para estigmatizar a rivales, segmentos poblacionales o ideologías enteras es repugnante: a Samuel solo lo odiaban sus repugnantes asesinos. Pero quienes acusan en balde a todos, extienden un odio mucho más masivo, pernicioso y evidente.