26 de Febrero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El Gobierno aprueba la "pena de muerte" voluntaria en plena pandemia

Lo que la ciudadanía quiere es morir sin sufrir y no alargar la vida artificialmente: para eso son los cuidados paliativos. La eutanasia es otra cosa, más grave, inhumana y peligrosa.

| ESdiario Editorial

 

El Gobierno ha aprobado entre sonrojantes aplausos la Ley de Eutanasia, que formará parte de la cartera de servicios de la Salud Pública que no incluye, por ejemplo, los cuidados paliativos, la atención odontológica o unas simples muletas para quien las necesite.

Resulta sorprendente que se celebre como una fiesta, como ocurrió ayer en el Congreso, una ley consagrada a procurar la muerte de seres humanos, impulsada en plena tercera ola de una pandemia que ha sembrado España de víctimas mortales, hasta 70.000 pese al empeño del Gobierno en ocultar una parte de esa insoportable cifra.

España se convierte así en el sexto país del mundo en aprobar una ley así, tras Colombia, Canadá, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Y lo ha hecho despreciando la opinión en contra del Comité Bioético del propio Ministerio de Sanidad, expresado en un profundo informe de 72 páginas que ha sido tan ignorado como el criterio de los Colegios Médicos.  

De la increíble lista de prioridades de Moncloa da cuenta el hecho de que ha preferido impulsar la muerte asistida que la especialidad médica en cuidados paliativos, que ayudaría a hacer más humano el final de las 200 personas que cada día mueren en España sin recibirlos, por falta de presupuestos y de voluntad. 

Una vez se reconoce el supuesto derecho a morir, se van derribando sus limitaciones y acaba haciéndose universal

A esa demanda social de atención en los momentos finales de la vida, para marcharse sin dolor y sin prolongar el martirio artificialmente, el Gobierno ha respondido, en definitiva, con una ley inhuma que engaña al ciudadano para lograr su apoyo: la gente defiende que se muera sin dolor, nada más; no que se pueda morir en cualquier circunstancia, solo por haber perdido las ganas de vivir, y que además te ayude el Estado a hacerlo.

No es exactamente eso lo que dice esta ley, pero es en lo que concluye siempre con el paso del tiempo: una vez se reconoce el supuesto derecho a morir, se van derribando sus limitaciones y acaba haciéndose universal. Es lo que ocurre en Holanda, pionera en esto desde hace casi dos décadas, donde la eutanasia se aplica a personas perfectamente sanas a las que se aplica con brutal inhumanidad.

Abrir esa vía, en fin, despeja el camino a una generalización de esta pena de muerte voluntaria que nadie se practicaría si tuviera alternativa: que España, por su Gobierno, renuncie a dársela y opte por matarlo, lo dice todo de la degradación moral y ética que en éste, como en tantos otros casos, adorna a nuestros lamentables gobernantes.