| 30 de Noviembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Una de las miles de calles congeladas
Una de las miles de calles congeladas

Las ciudades congeladas por la negligencia de la Administración Pública

Es inaceptable que millones de ciudadanos estén aislados en sus casas y barrios por una congelación que sus ayuntamientos no atienden mientras derrochan en nimiedades y sueldos.

| ESdiario Editorial

 

Millones de personas siguen hoy atrapadas en sus casas, en todo el centro de España, por la desastrosa gestión preventiva y reactiva de la borrasca Filomena, que ha exhibido todas las vergüenzas de una Administración Pública cuyo oneroso coste no da, al parecer, para algo tan elemental como paliar el hielo primero, con el reparto masivo de sal, y retirarlo a continuación, con los medios técnicos oportunos.

La responsabilidad del Gobierno Central es evidente, pues a él le compete la activación de la respuesta cuando recibe la alerta oportuna: su galopante fracaso se resume en los miles de vehículos particulares y de transportes enterrados literalmente en las autovías porque nadie, en la víspera, hizo algo tan sencillo como prohibir la circulación.

Hace un año este mismo Gobierno recibió alertas internacionales sobre el coronavirus que desechó sistemáticamente hasta que ya era tarde, amplificando con ello los inevitables estragos de una pandemia que en toda Europa ha golpeado con dureza pero en casi ningún sitio con la intensidad de España.

Y ahora, de nuevo, ha vuelto a ignorar los precisos avisos de la Agencia Estatal de Meteorología, aumentando con ello los efectos de un temporal que añade más daños y frustración a una población agotada por tantos desastres concatenados.

Es inaceptable que los ayuntamientos despilfarren en nimiedades pero no tengan recursos para quitar el hielo

Pero las administraciones locales tampoco tienen nada de lo que presumir. La práctica totalidad de los municipios madrileños, con la capital y toda su corona metropolitana incluidas, permanece literalmente congelada tres días después de la gran nevada, con miles de calles anegadas por el hielo sin ninguna atención municipal. Y algo similar sucede en Castilla-La Mancha.

No hay excusa que justifique este abandono, que pone en riesgo la integridad física de millones de personas, paraliza empresas y colapsa la actividad económica, tan perjudicada ya durante meses de agotadora pandemia.

 

Y no hay coartada porque todos esos ayuntamientos disponen de amplios presupuestos que a menudo les permiten duplicar servicios ya existentes y engordar artificialmente su parafernalia pública con toda laya de auténticos chiringuitos que solo sirven para esquilmar el erario público e inflar la industria política local.

Pero no para disponer de quitanieves, tractores y otros medios capaces de atender a una ciudadanía que sufraga las Corporaciones pero ahora es abandonada a su suerte. Auditar el gasto y el rendimiento de la Administración Pública es una urgencia inaplazable que la crisis global que sufre España exige a voces: el ciudadano no puede ser una mera excusa para sostener un despilfarro sistemático que le olvida en el momento que más necesidades tiene.