| 29 de Julio de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Monseñor Francisco Álvarez Martínez durante su entrada en mula blanca en Orihuela en 1989 / Fotos: Pedro Gómez Barber
Monseñor Francisco Álvarez Martínez durante su entrada en mula blanca en Orihuela en 1989 / Fotos: Pedro Gómez Barber

El obispo que entró en Orihuela a lomos de una mula blanca

Francisco Álvarez llegaba a tierras alicantinas con la clara misión de poner al día las estructuras de una Iglesia que seguía sin aplicar el concilio Vaticano II

“El obispo, lo que realmente debe ser, es consciente de que ha de potenciar la comunión eclesial y la fraternidad sacerdotal con todos, debe ser signo de unidad y servidor de todos para saberlos acoger”. Así se expresaba el 13 de mayo de 1989 monseñor Francisco Álvarez Martínez cuando este periodista le llamaba por teléfono para recoger unas primeras impresiones con destino a los lectores de la edición alicantina de La Verdad. Tuvo monseñor el gesto de atender durante más de quince minutos esta primera llamada que recibía desde su nueva diócesis, mientras los compañeros riojanos esperaban para una rueda de prensa de despedida. “Mire, acabo de redactar un saludo para todos ustedes, pero quiero adelantarle mi mensaje afectuoso para el obispo don Pablo Barrachina, para los sacerdotes y religiosas y para todos los laicos de la diócesis de Orihuela-Alicante”. A partir de ahí, nació –debo confesarlo- un afecto y cordialidad entre ambos, que permaneció pese al tiempo y la distancia –“a ver si te pasas un día con tu mujer por Toledo”-, como se demostró al encontrarnos cerca de la Catedral cuando vino para asistir a la toma de posesión de uno de sus sucesores.

“Obediencia y paz” era su lema –en recuerdo de Juan XXIII que murió a la misma hora de su consagración como obispo de Tarazona- y quiso subrayar que lo realmente importante para él era fundirse plenamente y con la mayor sensibilidad en la iglesia diocesana. “La iglesia –añadió- está potenciando la participación de todos y nuestra obligación es precisamente la de estar al servicio de todos”. Desconocía entonces el nuevo obispo la tradición secular en virtud de la cual los obispos entraban en Orihuela a lomos de una mula blanca: “No, no sabía esos pormenores, en los próximos días iremos concretando detalles”. Pero las cosas empezaron a torcerse en las siguientes jornadas porque algunos miembros de la Curia, al observar cierta incomprensión por parte de monseñor Álvarez hacia el protocolo tradicional, quisieron ser más papistas que el Papa y apostaron porque se rompiera definitivamente el eslabón de la cadena y todo quedara en el baúl de los recuerdos.

No esperaban los clérigos acomodaticios encontrarse con un oriolano amante de sus tradiciones, Francisco Cases Valero (padre del que más tarde llegaría a ser obispo auxiliar del propio monseñor Álvarez y posteriormente obispo de Albacete y Tenerife), residente entonces en la Casa Sacerdotal junto a su hijo que era rector de la misma, quien dio la voz de alarma mediante una carta publicada –también en La Verdad- bajo el título “El obispo, en borriquilla”, del que entresacamos este párrafo: “Subir en la borriquilla supone sacrificio y humildad. Estas dos cualidades suponemos superadas por nuestro Obispo. Puede caer de la borriquilla y darse un coscorrón que con un esparadrapo se arregla. Si no sube, también puede darse un coscorrón, que no se arregla con esparadrapo”.

 

Arrancaba con ello una campaña –encuesta popular incluida- en pro del mantenimiento de la tradición que consiste, según el diccionario, en la transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, creencias religiosas, ritos y costumbres, hecha de padres a hijos y conservada por un pueblo. Tradición –¡ay de la Iglesia sin tradición!- que, como escribió entonces mi antiguo compañero y mejor persona Gómez Carrión, a nadie daña ni molesta. El tema estaba en la calle y surgió una fuerte polémica, agravada por la actitud de determinados sacerdotes, hasta el punto de que, quien esto escribe, consideró oportuno publicar un artículo titulado “Evitar tensiones” en el que se advertía de que, por falta de sensibilidad de quienes tenían la obligación de haberle aconsejado, se viera un tanto empañada la entrada oficial del nuevo obispo.

Organizado, metódico y fino, exquisito en el trato personal, monseñor Álvarez veía por televisión algo de fútbol y los lunes seguía la marcha de los equipos de su tierra

 

Y continuaba el texto: “Flaco favor le habrían hecho entonces al prelado quienes, por razón de cargo, debieran detectar con prontitud el sentir popular y evitar tensiones, en lugar de encerrarse en su castillo y, una vez más, salir con exabruptos y anatemas. Pero yo no sé –probablemente no- si los interlocutores que se entrevistaron con el nuevo obispo en Madrid le explicaron bien los pros y los contras, a nivel popular, de una u otra decisión. Si le dijeron que, aunque muchos pensemos que la cosa no tiene mayor importancia, habría gentes que lo iban a encajar difícilmente. Por eso y, en cualquier caso, antes de que la polémica pueda desbordarse, no estaría de más tratar de hacer un esfuerzo para llegar al punto de encuentro entre la tradición y los signos de estos tiempos. Se evitarían tensiones innecesarias. Y todos contentos”.

Perdón por la larga autocita, pero la hemeroteca también está para ayudar a comprender mejor la historia. Y en esta historia de la entrada en mula blanca jugó un papel decisivo el vicario general del obispado de Logroño-Calahorra-La Calzada quien, cuando se desplazó hasta Orihuela y Alicante para preparar la entrada del nuevo obispo, captó con fidelidad la situación. Servando Argaiz, que inmediatamente puso al corriente de la situación a monseñor Álvarez, manifestó a este periodista, respecto a la polémica suscitada por el tema de la entrada del obispo en mula, que al nuevo prelado no se le había informado suficientemente sobre el significado y el arraigo popular de esta tradición: “Teniendo en cuenta esto –dijo el vicario general- la cosa se ve de manera distinta. El obispo se lo va a repensar un poco y, como por su parte no existe una actitud cerrada ni mucho menos es una cuestión de honor, se van a ponderar todos los aspectos de la cuestión para hacer lo más oportuno y tratar de evitar que una parte del pueblo pueda sentirse molesta con su nuevo obispo. Sinceramente, por una mula de más o de menos, yo no me estrellaría con la gente”. Ante un eventual cambio de posición y sus posibles interpretaciones, Argaiz demostró tener muy claras las ideas: “No por rectificar se es menos. No por cambiar de opinión, después de ponderar todas las circunstancias, el obispo quedaría desmerecido, sino todo lo contrario. Y monseñor Álvarez es muy consciente de ello porque es un auténtico pastor de la Iglesia. Es una persona extraordinaria, como tendrán ocasión de comprobar pronto todos”.

 

Se pudo comprobar. Primero, porque el nuevo obispo –“un obispo que contesta, un prelado de talante abierto y cordial, un auténtico pastor espiritual” como pudimos constatar durante su episcopado- demostró ser persona sensible al sentir popular. Tan sensible que, pese a su propósito de humildad expuesto inicialmente como justificación a la negativa de utilizar la mula tradicional, fue capaz de modificar su personal criterio en aras de una mejor comprensión hacia los sentimientos mayoritarios. Y monseñor Álvarez se encontró con una multitudinaria acogida: Orihuela se volcó con el nuevo obispo en un recibimiento apoteósico que él jamás olvidó: “Fue algo impresionante y entendí el significado que para los oriolanos tenía el símbolo de la entrada en una mula blanca. Si esto ha servido para entrar con mayor arraigo en Orihuela, pues bendita borriquilla”, afirmaba poco después.

El nuevo obispo pasó su primera noche en el Asilo de Ancianos de Orihuela –convertido a partir de entonces en su “cuartel general oriolano”- y antes, en el Seminario, cantó el “Asturias, patria querida’ –guiño a su tierra natal- con los sacerdotes riojanos que le acompañaron a la toma de posesión. Cuatro días después, se presentó de improviso en los conventos de clausura oriolanos y hasta tuvo el detalle de acercarse al Ayuntamiento para saludar al alcalde, Luis Fernando Cartagena y felicitarle en el día de su onomástica.

Este canonista asturiano –que ya había hecho lo propio en la diócesis riojana de procedencia- llegaba a tierras alicantinas con la clara misión de poner al día las estructuras de una Iglesia que seguía sin aplicar el concilio Vaticano II. Y vaya si se notó (en pocos meses tenía listo un Plan Pastoral, reorganizó la diócesis y cambió de destino a 150 curas de una tacada) porque para eso había sido en Oviedo estrecho colaborador del recordado arzobispo, luego cardenal, Vicente Enrique y Tarancón.

Apenas quince días después de su llegada, don Francisco ya había digerido el recibimiento y decía: “El día de mi entrada fue para mí, con toda verdad, sorprendente. Yo no sé exactamente cuántos habitantes tiene Orihuela pero me daba la impresión de que sus vecinos no cabían en las calles por donde pasaba la comitiva ni, por supuesto, en la Catedral; pero para mí lo ha sido más oír las cosas que los oriolanos me decían, camino de la Catedral, primero, y después en el prolongado besamanos de despedida”. Monseñor Álvarez pudo continuar disfrutando de la excelente acogida del pueblo de Orihuela cuando paseaba por las calles oriolanas o acudía a los actos del Pregón de las Fiestas de Moros y Cristianos o de Semana Santa.

Pasado poco tiempo, cuando -justo a los cinco meses de su llegada- mantuvimos en el Asilo oriolano una larga entrevista, no tuvo empacho don Francisco en reconocer nuevamente que estaba agradecido a quienes le hicieron ver lo que en Orihuela significaban las arraigadas tradiciones. Quedan de aquella conversación algunos titulares para el recuerdo: “Esta es una diócesis muy grande y con mucha potencialidad”; “En el tema de patrimonio vivimos momentos de esperanza: quisiera que las actuaciones empezaran por el Palacio Episcopal y la Catedral oriolana”; “Habrá que precisar los límites de algunos arciprestazgos, como Elche”; “La diócesis debe aprovechar mejor sus recursos”.

Apenas quince días después de su llegada, don Francisco ya había digerido el recibimiento y decía: “El día de mi entrada fue para mí, con toda verdad, sorprendente"

 

Era un obispo, frugal hasta el extremo en la comida, que se levantaba todos los días a las 6’30. En su mesilla tenía siempre varios libros de Teología y, en aquel momento, “La nueva vida de San Francisco, el pobre de Asís”. Aficionado desde joven a la fotografía, música y Bellas Artes en general, ya no disponía de mucho tiempo para ello: “Todo eso quedó enterrado cuando mi primer nombramiento para Tarazona”. Organizado, metódico y fino, exquisito en el trato personal (atendía con prontitud las solicitudes de audiencia de sacerdotes o laicos), monseñor Álvarez veía por televisión algo de fútbol, especialmente las finales de Copa y los lunes seguía por la prensa la marcha de los equipos de su tierra (Oviedo y Sporting de Gijón), el Logroñés (su anterior diócesis) y, desde su llegada aquí, el Hércules (“Vamos a ver si vuelve a 1ª”), el Orihuela (“Veo que se mantiene en cabeza después de su ascenso”), además de interesarse por la evolución del Elche.

 

Antes de despedirnos de aquella primera e intensa entrevista, pedí a don Francisco que pasáramos revista a las noticias (estábamos a finales de noviembre de 1989) que más le habían impresionado, positiva o negativamente, en los últimos días. Y destacó la reunión internacional convocada en Roma por Juan Pablo II en relación con el SIDA, sin olvidar la desaparición del Muro de Berlín. En el otro extremo del péndulo, citó el asesinato en El Salvador de seis jesuitas y dos religiosas servidoras de la residencia, y el asesinato en Madrid -que le sorprendió la noche anterior, cuando se disponía a hacer un rato de oración- del teniente coronel José Martínez Moreno, víctima de ETA.

Desde el pasado viernes a mediodía los restos mortales del cardenal arzobispo emérito descansan en la Catedral primada de Toledo. En Orihuela se le seguirá recordando como el obispo que mantuvo una tradición secular y renovó con decisión unas obsoletas estructuras diocesanas. Descanse en paz, monseñor Álvarez Martínez. Prometo volver a la ciudad imperial para, ante sus restos depositados al pie de la capilla de la Descensión, dedicarle una oración y agradecerle el exquisito trato que me dispensó durante su estancia en esta diócesis.

Vídeo de la entrada en mula blanca de Monseñor D. Jesús Murgui en 2012