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El populismo desborda a España

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TAGS: populismo
La presión contra Moix y Maza resume un proceso inquietante: la consolidación del populismo como primer ingrediente del debate político, la acción judicial e incluso la labor informativa.

 

La dimisión del Fiscal Anticorrupción, Manuel Moix, supone el clímax de un fenómeno inquietante que, sin embargo, es paradójicamente percibido como un hito de una inexistente regeneración democrática: el del ataque sistemático a la separación de poderes, desde distintas trincheras políticas amplificadas mediáticamente; y el del linchamiento preventivo, presentado como un ansia de justicia que exige acortar los tediosos procedimientos de la misma para dictar condenas preventivas de urgencia reclamadas por "el pueblo".

¿Y era más ejemplar especular con una vivienda, cobrar millones de una dictadura o recibir a dedo un trabajo que no se hacía?

Seguramente no es del todo estético que un Fiscal tan relevante posea una participación en una empresa en Panamá, pero resulta indecente juzgar y presentar ese hecho con una inmensa cadena de falseades para caricaturizar a Moix como una especie de evasor fiscal al objeto de lograr su caída: ni tenía una empresa mercantil, ni Panamá es un paraíso fiscal (por decisión del PSOE en su momento), ni había dejado de declarar a Hacienda nada ni, en definitiva, había hecho nada ilegal.

Una caricatura

Pero conseguida la imagen opuesta, que presentaba al primer adversario de la corrupción como un ejemplo de la misma, bastaba con apelar a su dudosa ejemplaridad para lograr el objetivo de echarle.

Una ejemplaridad mancillada, cierto, pero no tanto por los hechos en sí cuanto por la forma de presentarlos y deformarlos para que parecieran más graves de lo que en realidad son: una simple herencia familiar declarada por Moix en tiempo y forma que procedía, en exclusiva, del patrimonio dejado por sus padres a él y a sus tres hermanos, a través de una sociedad sin ninguna actividad económica que sólo se podía liquidar, en el caso de que eso fuera necesario, por acuerdo de los cuatro beneficiarios.

Ejemplaridad a ratos

Apelar a la ejemplaridad cuando se ha intentado destruirla primero no sólo coloca el debate sobre las responsabilidades personales en un punto inquietante, pues basta con que alguien se empeñe en minar la de cualquiera al margen del criterio objetivo que marca la ley; sino que además resuta indignante si no se invoca siempre.

¿O acaso es ejemplar revender con sobreprecio una vivienda pública como hizo Ramón Espinar, paladín contra la especulación? ¿O pertenecer a una fundación, como la cúpula fundadora de Podemos, financiada con millones de euros de un país donde se reprimen libertades y los ciudadanos pasan hambre? ¿O haber pertenecido, como Pedro Sánchez, al Consejo de la Caja Madrid que provocó un rescate millonario? ¿O haber disfrutado, caso de Errejón, de una canonjía económica en una Universidad pública gracias al dedazo de un amigo?

 

"Quizá a Moix y Maza no les presionan por lo que hacen, sino por lo que no hacen: sumarse al populismo imperante en España e intentar aplicar la ley al margen de criterios políticos"

 

Que apelen a la estética quienes, en menos tiempo, más la han pisoteado, debería como mínimo servir para poner en tela de juicio cualquier campaña en ese sentido encabezada por ellos, sin que nadie les reproche la contradicción o les exija la aplicación de su propio discurso.

Porque, más allá del humo, este episodio es la antítesis de la regeneración política y tiene mucho más que ver con una injerencia de la política en un pilar fundamental de la Justicia, cual es esta fiscalia, a base de medias verdades, mentiras absolutas y un linchamiento público impropio de un Estado de Derecho en el que las garantías no son, como se suele presentar, un auxilio cómplice para culpables, sino una necesidad innegociable del proceso.

El asalto a la separación de poderes y el linchamiento como forma de Justicia no regeneran nada, deterioran la democracia

La pregunta que hay que hacerse es, pues, por qué se ha querido derribar a toda costa a Moix y, a continuación, por qué se pretende hacer lo mismo con el Fiscal General del Estado. Que ambos hayan sido reprobados en el Congreso no es un indicio de la gravedad de sus comportamientos, sino una prueba de la peligrosa tendencia de la política actual a saltarse la separación de poderes, pareja a una politización de la Justicia igual de perversa.

Ver a asociaciones de jueces o fiscales inmersas en batallas alejadas de su naturaleza (¿de verdad es mejor que al CGPJ lo elijan ellos en lugar de 3/5 partas de Congreso y Senado?) y alineadas con descaro con distintas posiciones partidistas es grave, pero no lo es menos la utilización de las Cámaras, los medios de comunicación y las siglas con el fin de convertir la impartición de Justicia en una herramienta más de la estrategia política.

Presión secesionista

Si en el caso de Moix resultaba molesta su defensa de las garantías procesales, aunque ello aguara la desagradable transformación en Auto de Fe de la necesaria batalla contra la corrupción, en el del Fiscal General del Estado parece obvio que su independencia y papel crucial contra el desafío secesionista está detrás de la presión que sufre desde su llegada.

Es decir, no se ha presionado a ambos por lo que hacen, con la autonomía y el escrupuloso respeto a sus obligaciones, potestades y normas; sino por lo que tal vez no quieran hacer: sumarse a los linchamientos con condenas anticipadas al margen de las de los tribunales o, en el caso de Maza, olvidarse de la ley por razones de supuesta conveniencia política en Cataluña.

Es tan grave la simple sospecha como previsible, de algún modo: basta con recordar cómo Podemos defendió públicamente el sometimiento de la Justicia, al igual que los medios de comunicación, a un modelo de supuesta democracia que obviamente encabezaría -por supuesto- Pablo Iglesias.

La complicidad quizá involuntaria de PSOE y Ciudadanos con ese discurso destructivo, incompatible con la regeneración que pueden y deben defender por otros caminos; y la indolencia del Gobierno, incapaz de contrarrestar el relato populista con pedagogía, dibujan un panorama desolador que diluye la separación de poderes en un magma político rupturista en el que ninguno de los actores sabe estar del todo en su sitio y todos parecen competir por cumplir el primero con los postulados de una agenda perniciosa presentada, de manera grosera, como la quintaesencia de lo regenerador. Y es justo lo contrario.

 

 

 

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