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Otegi, Tardá, Llach y Fernández: Batasuna, ERC, PdeCAT y las CUP

POR ANTONIO R. NARANJO

Nunca habrá independencia; pero heridos tal vez

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España no se romperá nunca. La ley prevalecerá. Es un asunto de orden público cuyo relato correcto es el de una guerrilla, las CUP y sus cómplices, contra la democracia española y catalana.

 

 

Cataluña no va a ser independiente. Porque no se puede y, además, porque no lo quiere ni la propia Cataluña ni España ni, desde luego, Europa, que se juega todo en una crisis cuádruple histórica por el nacionalismo, el populismo, la economía y el fanatismo.

Esto lo saben Puigdemont y Junqueras. También lo saben las siniestras ANC y Ómnium. E incluso lo saben las CUP, esa especie de Baader Meinhoff en pijo que encabezan toda la revuelta y tienen cogido por la entrepierna al president y a su Govern, nacido enfermo y con taras tras estrellarse en las urnas y entregarse a lo peor del Parlament.

La independencia, en fin, no sólo es ilegal e inmoral; también es imposible. Ni aunque Rajoy se volviera loco, que no es el caso, y con él Sánchez y Rivera a la vez (Iglesias ya lo está); la independencia de Cataluña sería viable: tendríamos que trastornarnos al menos el 51% de los españoles, en quienes reside la última decisión.

No es una opinión ni un lema, es un hecho incontrovertible: la reforma de la Constitución obligatoria para cambiar la estructura territorial de España culmina con un referéndum en el que estarían invitados a participar todos los ciudadanos mayores de edad. Punto.

El relato correcto es el de las CUP, blanqueadas por Podemos, contra España y contra Cataluña

Y antes de llegar a eso, tendría que aprobarse la reforma por dos tercios del Congreso, disolverse la legislatura, celebrarse Elecciones Generales, ratificarse la reforma previa por las nuevas Cortes y, finalmente, pedirle su opinión a los españoles. A todos.

La independencia nunca llegará

No hay otro camino: ni aun en el caso de que, con una componenda jurídico-política, se cediera a Cataluña la capacidad de convocar consultas, habría alternativa. Imaginen que un 80% de los catalanes -no se lo cree ni la borrica de Anna Gabriel-votara a favor de la independencia. Hasta en ese caso, seguiría haciendo falta todo lo anterior.

Las leyes fundamentales es lo que tienen: no están sometidaas al apaño ni pueden ser sorteadas ni cambiadas sin respetar el procedimiento, que es la esencia básica del Estado de Derecho. De la democracia, pues.

No va a haber independencia, aunque es probable que Puigdemont corone su biopic de Jim Jones (aquel reverendo del 'Templo del Pueblo' de la Guyana que, tras prometer el paraíso a sus feligreses, les llevó a todos al suicidio en masa más aparatoso de la historia reciente) y se inmole anunciándola en el Parlament, en los retretes del Parlament o en una de las legendarias entrevistas con final feliz en la televisión del régimen, TV3.

Los catalibanes

Esto no va ya de la secesión, por mucho que el relato mantenga ese artificial pulso de soberanías y legalidades y los paladines del Golpe, desde los más blandos hasta los más brutos, sigan insistiendo en que lo lograrán. Es un comportamiento entre tonto y yihadista, de catalibanes dispuestos a explotar su cinturón constitucional creyendo, o queriendo creer, que les aguarda el paraíso. Y sólo les espera el relevo, la inhabilitación y, probablemente, la cárcel.

Como esto ya no va de la independencia, sólo puede ser ya un asunto -crucial- de orden público. No es algo menor, en su versión más extrema acaba en una confrontación bélica y, en la más probable, en unos largos disturbios callejeros provocados por las mismas guerrillas que apedrearon a turistas, invaden Davos o hirieron a 70 policías en las llamadas 'Marchas de la Dignidad' de Madrid: al diferencia es que esta vez, como nunca, utilizan a la población civil como voluntarios escudos humanos, sean niños de teta o ancianos engañados.

Lo que ahora está en juego, por mucho melodramatismo cursi que le ponga el movimiento secesionista a su inexistente odisea y por muchas estupideces e indignidades que diga parte de la prensa extranjera, ya no es la unidad de España; sino el precio para sofocar la asonada.

Puigdemont, un muyahidín

No hay nada peor que darle a un lego una bandera y una misión épica para hacerle sentirse un héroe en una cruzada histórica: el mecanismo, grosso modo, es similar en una secta que en el separatismo, un tipo de fundamentalismo que viene a justificar cualquier medio que acerque el loable fin y premia a quienes aceptan el martirio.

Que Cataluña se pueda convertir en el Lejano Oeste o en la selva colombiana, con guerrillas pululando dispuestas a defender su patria mística del invasor, explica el cuidado del Gobierno, a quien se ha reprochado tibieza sin entender el significado de su razonable cautela para defender a los propios catalanes de sus secuestradores : nunca ha estado en juego la unidad de España, ni por tanto la aplicación de la ley hasta sus últimas consecuencias, por confusos que parecieran algunos mensajes e impacientes que estuvieran los amantes de la acción; pero sí lo está la integridad de demasiadas personas. Y Rajoy, en quien reside la última palabra, felizmente es consciente.

Las CUP, una guerrilla

El conflicto soberanista nunca ha sido de Cataluña contra España y tampoco ha estado a punto de lograr la desmembración del país que conocemos. Siempre ha sido, entre disfraces y ayudas externas tan infames como la de Podemos, un pulso de las guerrillas CUP contra la democracia española, que incluye obviamente la catalana. El nacionalpopulismo más retrógrado maquillado de inexistente modernidad.

 

Esto no es un debate sobre la ruptura de España; sino un asunto de orden público que explica la actitud sensata de Rajoy

 

Cuando Puigdemont detone el cinturón que se puso entre tontamente contento e inevitablemente obligado por quienes le dieron la presidencia, habrá empezado el terrible espectáculo, del que también serán responsables él y todos los sinvergüenzas e irresponsables que han prestado apoyo o comprensión a la locura, solemnizándola en lugar de ayudando a desmontarla.

Rajoy acierta

Y llegados a ese punto, al Estado de Derecho no le quedará más remedio que actuar, con toda la contundencia a la que está, más que autorizado, obligado. Lo hará, sin la menor duda, pese a la infinita paciencia mostrada por un Rajoy incomprendido por todos que, sin embargo, ha estado en el lugar correcto: compaginar la inevitable aplicación de la ley que garantiza la subsistencia de la democracia con la necesaria precaución en los medios para sofocar a la insurgencia. Sólo Rivera está a la altura, y junto a él un Felipe González ejerciendo de padre de la Patria, en el sentido norteamericano más noble del término.

Esto nunca ha ido de Cataluña contra España como ahora ya no va de lograr o no la independencia. El relato correcto es el de las CUP, blanqueadas por Podemos y su infame cercanía a cualquiera que odie "el Régimen del 78", contra España. Y contra Cataluña, como evidenció la fantástica manifestación de orgullo cívico nacional de Barcelona.

El desenlace

Que Puigdemont sea el aparente líder cuando en realidad es un absurdo muyahidín a punto de explotar contra sí mismo, no varía el relato auténtico, tan evidente como escandalosamente escondido por demasiados; ni altera el desenlace de esta trágica historia: nadie se va a separar de España, pero vamos a ver barricadas y, ojalá me equivoque, heridos o muertos. Échenle la culpa a las CUP, a ERC y a sus cómplices por acción y omisión, que no son pocos.

 

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