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Puigdemont, en uno de sus ya incontables actos soberanistas

Puigdemont, un juguete roto

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El viaje suicida de Puigdemont es una purga constante: en su partido, en su Gobierno y en la sociedad catalana. La limpia de sus propios compañeros resume la locura de su inviable proyecto.

 

 

La remodelación a la desesperada del Gobierno de la Generalitat es la prueba definitiva, si acaso hacía falta, del desvarío secesionista que Puigdemont encabeza. De un lado demuestra la imposibilidad de gobernar no ya un estado independiente inviable, sino también la actual autonomía: ¿cómo va a atender las necesidades de los ciudadanos quien no es capaz ni de mantener la cohesión de los suyos y necesita purgarlos para seguir en su huída hacia adelante?

En cuanto han visto que su locura política tendrán que pagarla en persona, ha habido una estampida que les retrata a todos

Pero también retrata muy bien a los independentistas catalanes, que sólo lo son si la ley no les replica y si su alocado viaje no les cuesta personalmente nada: en cuanto el Estado de Derecho se ha puesto en marcha, aplicando una ley que además representa la letra y el espíritu de la democracia constitucional española, el miedo a asumir responsabilidades personales -pérdida del cargo público y abono de elevadas sanciones económicas- ha provocado la estampida de quienes sólo se atreven a desafiar a las normas y al sentido común si la factura la pagan otros.

Perrito faldero

Puigdemont, digno sucesor de Artur Mas, tiene pues un Gobierno desecho con un partido hundido y entregado a ERC y las CUP, en una imagen que resume como ninguna otra lo que está pasando en Cataluña merced a la irresponsabilidad de quienes tiene por encargo buscar soluciones a los problemas y no problemas para cada solución.

Con Convergencia desaparecida y transformada en el perrito faldero de históricos rivales electorales e ideológicos y la Generalitat enfrentada a sus propios cargos públicos y funcionarios; tildar a Puigdemont de juguete roto es incluso benévolo. En realidad es un insensato que defiende, al precio que haga falta, una idea socialmente agresiva, legalmente inviable y políticamente repugnante. Y lo hace desde la purga a quienes no comparten su viaje suicida: sean catalanes de a pie o compañeros de gabinete.

 

 

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