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Montero, en la sesión de posados para la revista

UN DÍA, UNA FOTO

Irene, Miss Congreso

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Es guapa, inteligente, buena en lo suyo y famosa para todos. El posado de Irene Montero revela, sin embargo, todas las absurdas contradicciones que tantas como ella han generado.

 

 

Cierta izquierda vive con pesar sus contradicciones, no tan porque lo sean para cualquier otro cuanto porque lo son para ella misma, lastrada por unos discursos superficiales que chocan con sus propios comportamientos: nada de malo tiene cobrar un buen sueldo, salvo que previamente hayas presentado eso mismo como un atraco al respetable, siempre de memoria sólida para las cosas del bolsillo.

Montero no deja de pedir absurdas disculpas en su entrevista, por los clichés injustos que ella misma ha ayudado a crear

Tener dinero, vivir en un chalet, veranear en Ibiza o conducir un BMW puede ser de izquierdas si, antes, no has dicho que todo eso forma parte del 'kit de la caverna', algo así como el atrezzo indispensable de quien le ha mangado todo al pueblo para darse la vida padre. Y algo así ocurre con la moda, ese capricho burgués para quienes deben creer que a un verdadero progresista le llega con taparse para no enfriarse ni mojarse, un utilitarismo cromagnon superado -felizmente- por los tiempo.

El famoso reportaje de Vogue, con todas las ministras de Zapatero posando como Sissy Emperatriz y su corte, removió las tripas de no pocos al comprobar que a Teresa Fernández de la Vega le gustaba tanto gustarse como a Isabel Tocino y que si el hábito no hace al monje, el trapo no borra al progresista: sólo se enfadaron quienes antes habían picado en el anzuelo del cliché previo y vivían aún en ese territorio mítico donde el único textil tolerable era el tergal o la pana.

 

La célebre foto de 2004 en Vogue, con las ministras de Zapatero posando elegantes para pedir igualdad

 

Con lo fácil que hubiera sido callarse y escuchar el susurro de cualquier lector: "La verdad, la chica lo vale".

Ahora es Irene Montero, chica guapa y de evidentes méritos retóricos y políticos los compartas mucho o poco, quien vuelve a sumergirse en la aparente contradicción, con un posado digno de Inés Sastre para una revista, Fashion & Arts, donde no parece previsible encontrar un ensayo sobre Kant ni un análisis sobre los avances en neurociencia.

Montero, poseída por Winona Ryder, luce hechuras, disfruta de la cámara, elige modelitos y goza de esa encantadora bisutería del prestigio que es la fama. Nada que objetar. Ella puede, y quiere, y no hay nada más feminista ni femenino que elegir. Pero quizá deba explicárselo ella misma a 'Podemos Feminista' y a otras franquicias del feminismo oficial, convencidas de que otras decisiones iguales de libres e iguales de merecidas de otras damas ilustres sólo sirven para prolongar el estereotipo de la mujer y utilizar su cuerpo como un objeto.

Patriarcado fashion

A ellas parece dirigirse nuestra Miss Congreso cuando dice lo único imperdonable de la revista, una concesión innecesaria que evidencia cómo en ella también habita ese absurdo fantasma del complejo, ese espíritu castrante que siempre pide unas disculpas que no hacen falta: "Aunque tengas muy claro que el mito del amor romántico es algo opresor, patriarcal y tóxico, nuestra educación de forma implícita nos construye (...). Cuando he tenido pareja, me he preguntado si a las mujeres no se nos educa más para vivir en pareja que para enfrentarnos solas al mundo".

Con lo fácil que hubiera sido callarse y escuchar el susurro con que cualquier lector sensato ha acompañado la lectura de su reportaje: "La verdad, la chica lo vale".

 

 

 

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