| 15 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Cifuentes, en marzo durante el Congreso del PP madrileño
Cifuentes, en marzo durante el Congreso del PP madrileño

La hora de Cifuentes

Cristina Cifuentes arranca el curso con Madrid en calma y un papel decisivo en el futuro del PP en toda España. Con Carmena y Errejón enfrente, Pablo Casado puede acabar a su lado.

| Antonio R. Naranjo España

 

 

La política madrileña siempre fue observada con mirada nacional y practicada con el mismo espíritu. El personal recuerda más a Leguina, Gallardón, Aguirre y la propia Cifuentes por su actitud ante el independentismo, el aborto, el terrorismo o la monarquía que por haber construido, entre todos, la región más dinámica de España.

Por tener de los mejores índices nacionales -y en algunos casos europeos- de progreso escolar, renta, deuda y déficit -con menor presión fiscal y una estructura pública más contenida-, el madrileño les votó, obviamente, pero lo que les movilizó fue la capacidad de todos ellos de ser un referente nacional de la máxima jerarquía.

Eso explica que, salvo honrosas excepciones, de la presidencia para abajo apenas nadie conozca a quienes ocupan responsabilidades de la máxima enjundia, pero también que en la política madrileña ocurran cosas impensables en otros lares: ¿Alguien se imagina un consejero de Cultura madrileño en la Generalitat? ¿O un alcalde castizo en Donosti? Aquí sí hubo un catalán al frente de la consejería, Santiago Fisas, y un sevillano ostentó la vara de mando que ahora pasea Manuela Carmena, Álvarez del Manzano.

En ese sentido, el Debate del Estado de la Región siempre fue un hito político de gran relevancia real pero tibia difusión regional en el que se dirimían las distintas percepciones de la realidad madrileña con una altura parlamentaria no tan usual en otros lares.

Con la excepción de los enfrentamientos entre Esperanza Aguirre y Tomás Gómez, que dejaban corta la expresión "a cara de perro", las cosas que se decían y se escuchaban en el viejo parlamento de la calle San Bernardo o ahora en la moderna Asamblea de Vallecas remitían más a las disputas mordaces y eruditas de los Azaña y compañía que al lodazal en el que, demasiado a menudo, ahora hozan los Rufián y sus precuelas. 

 

El mapa nacional otorga más relevancia a Cifuentes y consolida la opción de Pablo Casado a su lado

Es en ese contexto donde hay que ubicar, pues, a la actual presidenta, Cristina Cifuentes, ubicada en una paradoja que ha resuelto con éxito y poderío: es tal vez la presidenta más al borde del abismo aritmético -depende de otro partido y entre ambos sólo suman un diputado más que el resto- y, a la vez, nadie discute su liderazgo, sus posibilidades de renovar en el cargo no muy lejos de la mayoría absoluta y su papel determinante en el futuro del PP en su conjunto.

Con un mapa político polarizado en el que los vasos comunicantes transversales son imposibles por la certeza de que Ciudadanos y Podemos jamás se entenderán; la política madrileña y la nacional vuelven a converger en un punto: por difícil y complejo que parezca siempre hacer presagios; en ambos tableros de juego todo va a depender de que el PP y C´s saquen o no un diputado más que la suma del resto.

Obligados a quererse tras las sucesivas elecciones pero también a distanciarse antes de ellas para movilizar a los suyos, el terreno parece no obstante mucho más confuso para sus rivales, ese heterogéneo magma de siglas, confluencias y mareas que incluye desde la izquierda clásica del PSOE -si acaso sigue siéndolo; pues en Madrid ha coqueteado con la absurda plurinacionalidad- hasta el independentismo pasando por el llamado populismo que tiene en los socialistas un ingrediente básico de su nada vegetariana dieta política.

Y es ahí, en ese contexto, donde la figura de Cifuentes emerge soportada en sus propios méritos y un paisaje que pronuncia más sus virtudes: porque si su imagen y gestión es crucial para el PP madrileño, la antítesis igual de moderna que representa ante una Carmena que también simboliza como pocos un ideario antagónico; va a ser imprescindible en el conjunto de España.

 

La buena versión madrileña de C´s hará que, en el futuro, tengan que entenderse siempre

Hasta hace nada hubiera sido inimaginable que un alcalde de la capital del Reino se mostrara más sensible con los impulsores de un referéndum de independencia que con los podereos constitucionales y democráticos que no pueden tolerarlo; pero eso es precisamente lo que está ocurriendo en estos momentos, con el simbólico eje Carmena-Colau o Madrid-Barcelona que se eleva por encima incluso de la figura de Iglesias y de la marca Podemos. Aun siendo lo mismo, aunque nos les guste oírlo, son algo más.

Por todo ello Cifuentes es un mirlo blanco para el PP y un emblema de cómo hacer compatible la disputa política desde las propuestas con la comprensión correcta de unos tiempos, livianos pero inevitables, que necesitan de envoltorios inteligentes: aunque se trate de extender la idea de que la presidenta autonómica y regional tiene descontenta a la parte más tradicional del PP; en realidad ha logrado calmar las tempestades -a menudo injustas y artificiales- en ámbitos tan sensibles como la educación o la sanidad; ha enfriado la inmensa tensión política de Madrid pese a tener enfrente a los mejores en la especialidad con la irrupción de Podemos; ha pactado con la positiva versión madrileña de Ciudadanos y le ha entregado a su partido un mensaje de renovación nacional que no gusta en toda la organización pero va a ser indispensable para mantener sus opciones a corto y medio plazo.

La previsible llegada de Íñigo Errejón, tan duro en sus conceptos como Iglesias pero mucho más vendible por su trabajada imagen de buen tío, aún otorga más relevancia a Cifuentes y consolida la necesidad de que le acompañe un Pablo Casado -¿Cómo no va a optar el PP por laguien tan joven como Errejón y tan listo como él para completar un ticket con la inquila de Sol?- en un viaje que hará de la enésima 'Batalla de Madrid' un hito decisivo para el cómputo global del país.