| 07 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Rajoy, con Rivera durante un encuentro en el Congreso
Rajoy, con Rivera durante un encuentro en el Congreso

Un Gobierno fuerte, una legislatura larga, unas reformas profundas

Todas las negociaciones políticas comienza con un No, que es la manera de hacerse valer, por un lado, y de preparar a la clientela propia para los sacrificios que al final se harán.

| Antonio R. Naranjo España

Todas las negociaciones políticas comienza con un No, que es la manera de hacerse valer, por un lado, y de preparar a la clientela propia para los sacrificios que al final se harán para alcanzar el pacto.

Tomarse al pie de la letra los discursos de cada dirigente y amplificarlos ovinamente, como si fueran palabra de ley, sólo contribuye a regalar a sus tácticas un precioso altavoz pasivo, algo más propio de la tecnología robótica que del periodismo y que le hace renunciar a éste a la parte de liderazgo social e intelectual que le toca asumir en cualquier momento, pero especialmente en uno de crisis.

Bastaría con rememorar la reciente hemeroteca, sin remontarnos a épocas pretéritas que aún harían más evidente esta certeza, para confirmar el carácter exclusivamente estratégico de discursos, anuncios, vetos y decisiones presentadas como gestos de firmeza inalterable que apenas unas horas después quedan derrotadas por los hechos y justificadas por compromisos, intercambios y acuerdos que ya estaban presentes desde el primer momento.

Tal vez tenga sentido imponer la confusión como moneda de cambio en las relaciones políticas prenupciales, pero ésa es casi la única mercancía incompatible con la claridad que ha de reclamarse en el periodismo, cuyo primer requisito es contar informaciones veraces, generalmente escondidas en la formulación literal de las expresiones políticas en momentos como el actual: lo que va a pasar, y lo que debe pasar, es justo lo contrario de lo que dicen que va a pasar.

La única incógnita tras el 26J no es el qué ni el quién, sino el cómo

La única incógnita tras el 26J no es el qué ni el quién, sino el cómo, y a la respuesta de esa pregunta debería consagrarse toda la energía constructiva de tanto circo televisivo dispuesto a servir como plato principal una generosa dosis de tinta de calamar.

El qué es que va a gobernar el PP, y el quién es Rajoy; pues la otra alternativa son unas terceras elecciones en las que ambos dos incrementarían sus resultados y los tres restantes, empezando por el PSOE, los reducirían. Y aunque nunca es descartable que Pedro Sánchez esté dispuesto a hacer historia por tercera vez en pocos meses, resulta evidente que al nuevo PSOE que ha de salir tras dos cataclismos consecutivos no le interesa iniciar su compleja reconstrucción desde más abajo todavía.

Al nuevo PSOE que ha de salir tras dos cataclismos consecutivos no le interesa iniciar su compleja reconstrucción desde más abajo todavía

El líder socialista, un desastre sin paliativos que ha llegado a celebrar como una gran victoria haber vencido por poco a una amalgama de antisistema trufada de secesionistas creada hace apenas dos años y reorganizada hace unas semanas con un pacto con la antigua IU, es bien capaz de embarcarse en esa aventura y en las que haga falta sin con ello gana algo de tiempo (única razón de todo lo que lleva haciendo desde que fue elegido secretario general con avales prestados); pero ya es imposible que el PSOE le deje repetir su alocado viaje a ninguna parte.

La opción del bloqueo

Y como ya ni puede gobernar con Podemos&Co ni puede volver a las urnas en otoño, la opción del bloqueo simplemente no existe: lo extravagante, dado que los socialistas tienen por delante tres o cuatro años de travesía y como primer objetivo acabar con Podemos; es que nadie con mando en plaza en este partido haya pedido en el minuto uno la cabeza de Sánchez para empezar cuanto antes con las maniobras de reanimación: sin el candidato ya en la pista de baile, su propia militancia entendería mejor que en ese estado de derribo y reconstrucción la primera tarea es no poner zancadillas a la investidura de un presidente y la conformación de un Gobierno.

Pero Susana Díaz y el resto de barones tienen la misma valentía política que Cagancho en Almagro y una proverbial torpeza para calcular los tiempos de cocción del arroz.

Bien mirado, al PSOE le interesa más ser útil permitiendo la investidura de Rajoy que a éste recibir el respaldo socialista

Bien mirado, al PSOE le interesa más ser útil permitiendo la investidura de Rajoy que a éste recibir el respaldo socialista, y que mantenga la retórica oferta de una gran coalición ya innecesaria e inviable es un favor del PP a los socialistas pues les confiere una relevancia que ya no tienen: una simple abstención de un diputado sería suficiente, así que la oferta de coalición es más una manera de mantener la respiración asistida al PSOE y de azotar un poco a Ciudadanos durante unos días que una propuesta estructurada y creíble a largo plazo.

El cómo, pues, es la duda. Todo lo demás son fuegos artificiales pasajeros, maniobras evanescentes con fecha de caducidad a muy corto plazo que todos comprobaremos en breve. Y es aquí donde, si de verdad nos importa España, más deberíamos ayudar todos a que el cómo fuera sólido y estable, para un ciclo legislativo completo, con una agenda reformista sin locuras y una hoja de ruta que prescindida de una vez de la pavorosa superficialidad de la agenda política española y se sumerja, sin miedos y con liderazgo, en la imprescindible tarea de cambiar el ritmo del país y dejar de someterlo a la agenda agresiva y pueril de tantas redes sociales y tanto circo televisivo.

Exito en el plebiscito personal

El mejor cómo es, pues, una coalición formal de Gobierno entre PP y Ciudadanos soportada en 169 diputados, con el liderazgo de Rajoy, cuyo veto quedó derribado por su resultado personal el 26-J: por muchas dudas que genere el presidente, el segundo paso por las urnas ha sido un plebiscito personal resuelto para él satisfactoriamente que debe ser entendido por sus eventuales socios y puede ser explicado a sus detractores de una manera bien sencilla: intercambiando la sanción a la persona, que nunca fue muy acertada, por un ramillete de reformas que recupere el espléndido valor germinal de Ciudadanos, libere a Albert Rivera de un discurso personalista para que florezcan sus evidentes virtudes políticas y le obligue al PP a incorporar unas reformas que, con tal socio, puede presentar como sacrificios inevitables que en realidad estaría deseando aplicar pero no lo tiene fácil en solitario.

El PP bien sabe que es mejor gobernar con 169 que con 137; y Ciudadanos ha de tener claro que, de igual modo que su pacto con el PSOE le sirvió para ponerse bajo los focos y esquivar la irrelevancia tras el 20-D aun a costa de pagar un precio; su coalición con el PP y su participación en el Gobierno es la mejor, sino la única forma, de dar sentido a su nacimiento y existencia y de demostrar que, efectivamente, vinieron para ser útiles. Y los cambios no se hacen en la oposición.

Lo deseable para el propio PSOE es ayudar lo justo y pasarse a la oposición al Gobierno y a Podemos al día siguiente.

Antes de esto, que es lo razonable para una España agotada en una Europa desafiada, hay que llegar a la investidura y lograrla, y para eso lo deseable para el propio PSOE es ayudar lo justo y pasarse a la oposición al Gobierno y a Podemos (que a su vez elevará la tensión callejera de nuevo mientras sus facciones se despellejan a la vez) al día siguiente.

Sólo hay una opción mejor, tan descabellada como sin embargo necesaria: que el PNV y la vieja CiU –ésta sumergida en una deriva independentista suicida; ambos sometidos o amenazados por sus antisistema abertzales de cabecera- dieran y recibieran luego el respaldo para librarse de sus ataduras y, no seamos tan líricos, mantenerse en el poder.

Pero esto es España, y viendo la tendencia incluso de los ingleses a celebrar como una fiesta su pavorosa capacidad de autolesión, nunca hay que descartar que se haga lo contrario de lo oportuno y lo enemigo de lo correcto. Aunque esta vez, me temo, la cuerda se ha estirado tanto como para contar con que todos harán un esfuerzo por no romperla de la única manera convincente: con un pacto fuerte para un Gobierno fuerte con una agenda fuerte.