| 24 de Mayo de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Vladimir Putin, este lunes.
Vladimir Putin, este lunes.

La presión ética del consumidor vacía Rusia de empresas occidentales

Más de 600 firmas cortaron con la economía del líder ruso tras publicarse su identidad, pero permanecen operando en el país cientos bajo diversas coartadas.

| Francisco Mercado Investigación

 

Rusia es vulnerable a las sanciones. Tiene casi igual PIB que España con más del triple de población. Rusia, con 144 millones de habitantes, registraba en 2020 un PIB de 1.293.052 millones de euros. España, con 46 millones de habitantes, alcanzaba un PIB de 1.121.948 millones de euros. Eso daba un una riqueza nacional de 8.846 euros por ruso y de 23.690 euros por español.

El súbdito de Vladimir Putin es tres veces más pobre que el español (y que el de otros 42 países). Ni siquiera este dato de pobreza es definitivo porque el índice de inequidad salarial de Rusia es de los mayores del mundo. Supera de lejos a la Ucrania que Putin tilda de nazi. Rivaliza con Somalia.

Y se cifra en un 10% los rusos bajo el umbral de la pobreza, mientras los oligarcas no caben en el Kremlin. Aunque destina más de un 11% del gasto público a Defensa, los soldados rusos apenas cobran entre 200 y 600 euros mensuales.

La guerra se podría parar abonando 10.000 euros por recluta que tire las armas. Los más de mil millones de euros donados en armamento dan para sobornar al ejército ruso al completo (3 millones, incluidos reservistas). Ahorraría muertes y colapsaría el régimen de Putin. No hay arma que combata la huida en masa del ejército propio.

Pero las sanciones son eficaces…si se ejecutan. Las restricciones a la compra de combustible no están funcionando. La dependencia europea, con Alemania a la cabeza, hace que este grifo no se corte, mientras Putin halla nuevos clientes.

Resultado: ingresa mil millones al día sólo de ventas del petróleo. Y España recibía el mes pasado todavía el 7,7% de su gas de Rusia. El castigo a los oligarcas también es mejorable. Bill Browder, experto en corrupción rusa, es claro: “¿Qué más puede hacer Biden? Sancionar a 100 oligarcas rusos, no a 20”.

Pero mientras occidente cierra el grifo del combustible y bloquea al dream team económico de Putin, hay expertos que abren un tercer frente con la lista de la ignominia: las empresas que siguen negociando con la invasora Rusia.

El oprobio ha drenado esta nómina. El consumidor ha descubierto que puede bombardear pacíficamente a Putin con la cesta de la compra. Sólo tiene que tener en cuenta el listado (https://www.yalerussianbusinessretreat.com/) de empresas nacionales (o que operan en su territorio) que siguen trabajando en Rusia.

Estas firmas a veces invocan el humanitarismo para no dejar de vender sus alimentos o medicamentos en Rusia. El argumento queda cojo por varios motivos: la mayoría de empresas que siguen operando nada tienen que ver con tales productos, sino con calzados, electrodomésticos, teléfonos, combustible o productos financieros. Y Putin no ha dudado en restringir ventas alimentarias a Europa.

 

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, este lunes.

 

Pero, incluso en el caso de los productos esenciales, los expertos que promueven esta ola de repudio creen preferible que los rusos se queden sin yogur o aspirinas a que sus bombas revienten embarazadas o sus soldados dejen una alfombra de ejecutados a la salida de las ciudades. No se busca sólo ahogar el comercio occidental con Rusia.

El objetivo es hacer visible a su población que Rusia está en guerra. Y lo ha decidido su presidente. Porque no lo sabe. Los medios rusos les dicen que es una operación de paz para salvar a un pueblo vecino de un holocausto nazi que sólo vislumbra Putin.

El pueblo ruso necesita saber que está en guerra. Lo confirman periodistas rusos exiliados que ven con desesperanza a sus progenitores sufrir miserias mientras engullen sin queja la propaganda. Sólo el pueblo ruso puede detenerla. Pero necesita saber que miseria y guerra son méritos de su líder.

Una tienda sin yogures o chorizos es una realidad menos cruel que la guerra que ya existe en Ucrania o la que podría desencadenarse. El consumidor debe considerar si con su dinero premia a las empresas que corajudamente han abandonado Rusia o a las que miran que hacia otro lado telediario tras telediario.

 

Más de 600 firmas han restringido su negocio tras verse retratadas el pasado 28 de febrero, pero quedan cientos que permanecen impertérritas. La parte positiva: sólo una docena había cortado con Rusia antes de verse oprobiadas públicamente.

En la escala más grave de incumplimiento de las demandas de salida o reducción de negocio en Rusia se sitúan las empresas que siguen operando igual que antes de la invasión de Ucrania.

En este tramo, según Yale School Management, y con presencia en el mercado nacional hispano destacan varias firmas: las españolas Acerinox, Maxam, Grupo Borges, Grupo Fuertes y Fluidra; las chinas Oppo, Alibaba, Huawei y Xiaomi; la taiwanesa Asun, las francesas Euteltstat, Boiron, la Redoute, Leroy Merlin, Lacoste y Bonduelle; las italianas Zegna, Geox y Calzedonia; Emirates Airlines; Lenovo (Hong Kong); las alemanas Liebherr y Thyseenkrup; Qatar Airways; la japonesa Toyota Tsusho; Turkish Airlines y las indias Mahindra y Tata.

Algunas ya han dado explicaciones, justificaciones o coartadas frente a su inclusión en tal listado. La armamentística Maxam alega que Putin le ha confiscado su filial rusa. Acerinox aduce que posee una oficina en Rusia con “unos pocos empleados”, y “no tiene actividad”.

Y cuando existe dicha actividad supone un 0,5% de su facturación total. La aceitera Borges esgrime argumentos humanitarios: “Nuestra presencia en Rusia es meramente comercial, con el único objetivo de alcanzar la población rusa con productos de primera necesidad enfocados al cuidado de la salud. La no comercialización de los mismos provocaría un daño a la población civil, la cual no es la culpable del conflicto existente”.

El Grupo Fuertes, propietaria de la conocida marca cárnica El Pozo, “decidió congelar sus movimientos financieros en Rusia desde el mismo inicio del conflicto”. Pero poco antes del estallido, el pasado enero, elevó su participación a un 11% en el mayor productor cárnico de Rusia. Fluidra ha explicado que estudia cómo abandonar el negocio en Rusia, relacionado con la construcción de piscinas.

Luego está el grupo de las empresas que no han cerrado sus negocios en Rusia, pero airean que han suspendido futuras inversiones. Yale lo llama “comprar tiempo”.

Aquí figuran, a tiro del consumidor español, las británicas Astrazeneca y Unilever; las italianas Barilla y Campari; las germanas Hochland, Siemens, Basf y Bayer; las norteamericanas Abbot Laboratories, Subway, Procter and Gamble, Pfizer, Philip Morris, Colgate-Palmolive, Vimeo, Hilton, Hyatt, Johnson and Johnson y Marriott; las francesas Sanofi, Yves Rocher, Blablacar, Auchan y Danone; la italiana Delongui; las suizas Glaxosmithkline, Novartis y Nestlé; las holandesas Philips e ING, la austriaca Red Bull y la suiza Roche.

Y la española Anecoop. Esta cooperativa agroalimentaria valenciana asegura que no ha vendido en Rusia «ni un litro de vino» desde hace más de un mes.

A continuación, figuran las firmas que han rebajado algo sus operaciones en Rusia, pero continúan haciendo negocio a menor intensidad. Es el caso de la reina del rón, Bacardi (Bermuda). Y de las germanas Miele, Bosch, Boehinger Ingelheim; las norteamericanas General Electric, Whirlpool, Pepsi, Elsevier, Mars, Microsoft, Philip Morris y Kellog; las italianas Ferrero y Pirelli.

Y las españolas Amadeus IT group y Amrest. Amadeus ha anunciado que no firmará ningún nuevo contrato con aerolíneas rusas. AmRest, cadena de restauración que incluye marcas como La Tagliatella, Bacoa o Sushi Shop, anunciaba el pasado 9 de marzo que iniciaba la suspensión de actividades en Rusia.