08 de Mayo de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Si la Jurado levantara la cabeza

No tengo más ojos que para esos niños a los que han robado la paz. Me da igual lo que vaya a contar Carrasco me cansa el exceso de cebo, me estomaga ver cómo se blanquea la imagen de Rociíto

| Milagros Martín-Lunas Medios

 

 

Rocío Jurado, allá donde se encuentre, debe estar retorciéndose de dolor. Ella, la más grande, la voz, la artista entre las artistas, la cantante que osó desafiar a la censura con sus transparencias y aquellos escotes interminables, jamás hubiera consentido este sainete televisivo en el que se ha convertido la familia Jurado y sus adláteres.

Confieso que soy Rociista, ni de la hija, ni de la nieta. Beso el suelo por donde haya caminado la de Chipiona. Nadie ha pisado jamás un escenario como lo hizo Rocío Jurado. Era única. La matriarca de un clan que saltó por los aires la madrugada del 1 de junio de 2006.

 

Como una ola se fue la más grande, dejando tras su estela una panda de comensales económicos hambrientos, enfrentados por una herencia que se me antoja inverosímil. Un legado emocional desestructurado y un patrimonio suficiente como para gozar varias vidas. Llevan 14 años aireando sus excrementos. Todos, absolutamente todos.

Por eso asisto atónita al bombardeo comercial de Telecinco tras el anuncio del estreno de Rocío, contar la verdad, para seguir viva, una docuserie de nueve capítulos en la que se supone que Rociíto (para mí y los que crecimos con ella en el Hola siempre será Rociíto) contará su historia. Confiesa que "para renacer hay que morir, como el Ave Fénix, quemar las alas empapadas de la inmundicia, dejar que nuevas alas crezcan, alas de oro, alas de Rocío".

 



Estupefacta. No doy crédito. Telecinco, de la mano de La fábrica de la tele, ceba la docuserie como el final de 25 años de silencio. ¿Perdón? ¿Silencio de qué? ¿25 años? El silencio es relativo. En estos 25 años, Rociíto ha protagonizado entrevistas en exclusiva en la biblia del papel couché, por ejemplo.

Ha visitado platós como el de Tómbola, en el que vivió momentos incómodos y enfrentamientos con Karmele Marchante (30 de julio de 1998) y se paseó cuando quiso y como quiso por el programa de María Teresa Campos, hasta la contrataron como colaboradora habitual. Participó en Lazos de Sangre…

¡Bendita hemeroteca! No nos dejemos engañar, los protagonistas de este entremés tragicómico han hablado todos, absolutamente todos. Se han tirado detritos públicos unos a otros TODOS, con mayúsculas.

De lo único que Rociíto no ha hablado jamás es de su movida familiar como madre, de su relación con sus hijos y de por qué un día decidió cortar el cordón umbilical con su primogénita y tiempo después con su hijo menor. Ella decidió callar aferrada al "soy dueña de mis silencios y esclava de mis palabras. Y a mí la esclavitud no me gusta".

Anuncian los cebos de la docuserie que a Rociíto la ha juzgado la industria sin escuchar su versión. ¿Qué industria? ¿La del corazón? ¿La de los tertulianos de Unicorn Content o de La fábrica de la tele? Por favor, seamos serios, la industria televisiva es más grande, abarca más que el corazoneo. No nos creamos la última Coca-Cola del desierto.

 

Antonio David y Rociíto llevan desde 1999 peleándose y machacándose entre juzgados y platós, desde el mismo nanosegundo que decidieron anunciar su divorcio. Como en toda separación, sólo hay un perdedor, en este caso dos, Rocío y David Flores, sus hijos. Maldita manía infantil que tenemos los supuestos adultos.

Los seres humanos, henchidos de despecho o ávidos de codicia, nos dedicamos a jugar con nuestros hijos como moneda de cambio en todas las separaciones. Lo confieso, me importa un comino lo que haya pasado entre la pareja. Las historias siempre tienen dos versiones. Nada es blanco o negro. En una separación cada miembro puede contar su batalla y, según como se mire, el espectador le dará la razón a uno o al otro.

Las historias siempre tienen dos versiones. Nada es blanco o negro. En una separación cada miembro puede contar su batalla y, según como se mire, el espectador le dará la razón a uno o al otro.



Lo dicho, me trae al pairo tanta batalla judicial infinita. Por dinero, siempre por dinero. No me importa que Antonio David, exguardia civil y exinmobiliario, lleve años viviendo como tertuliano, concursante de realities o consejero del amor. Menos me importa que Rociíto haya vivido los últimos años encerrada en su jaula de cristal, abrazada y besada únicamente por Fidel (que a la chita callando también tiene su intríngulis).

De toda esta cruzada catódica lo único que me espanta es el desamparo de dos niños que han crecido viendo como sus padres libran su batalla en un cuadrilátero público, sin poder disfrutar de su padre y de su madre, sin saber lo qué es una familia emocionalmente sana.

Porque las hostias mediáticas han pasado sobre sus tiernas cabezas, de papá a mamá, de mamá a los tíos y las tías, de papá a los tíos. Ora con unos, ora con otros. Jamás olvidaré la angustia con la que lloraba Rocío Flores reclamando el amor de su madre en la palapa de Supervivientes.

De toda esta cruzada catódica lo único que me espanta es el desamparo de dos niños que han crecido viendo como sus padres libran su batalla en un cuadrilátero público



Rociíto, la maternidad es algo tan visceral e inexplicable que, hasta los más pérfidos, hasta los psicópatas reciben su amor incondicional. Como madre no me cabe en la cabeza tirar la toalla y ser capaz de pasar años sin ver a mi hijo, por muchas perrerías que me hiciera. Me asombra que no muevas ficha si piensas que están en manos de un ser diabólico. No lo entiendo, no lo comparto, tampoco lo juzgo. Hace tiempo que aprendí que para juzgar a los demás antes tienes que caminar con sus zapatos.

Me da igual lo que vaya a contar la hija de la más grande. Ella ha crecido entre cámaras y micrófonos. Su historia es la historia de una pobre niña rica que vivió eclipsada por la figura de la Jurado. Mimada por todos. Adolescente de carácter rebelde que decidió abandonar los estudios para ser modelo y estudiar Diseño en Milán.

Logró debutar en las pasarelas de la mano de Garbiñe Abasolo (ex Miss España), entre alfombra y alfombra, entre luces de neón y fiestas conoció al padre de sus hijos. Se le puso en el papo seguirle hasta Argentona, se quedó embarazada, le montaron un bodorrio de escándalo, tanto como las lentillas azules y el postizo inenarrable tipo Sissí que lució aquel 31 de marzo de 1996. El resto de la historia ya la conocen.



Nos venden los nueve capítulos de Rocío, contar la verdad, para seguir viva como una bomba, como el descubrimiento de la verdad absoluta. Asisto atónita al supuesto proceso de blanqueamiento de la imagen de Rociíto. Parece que no deja títere con cabeza, que habla a tumba abierta de todo el clan Flores-Jurado-Mohedano-Cano. Veremos. Personalmente sólo le voy a regalar una noche de mi vida a esta serie.

Me cansa el exceso de cebo de los programas, de todos los tertulianos, me importuna ver cómo ahora, por arte de magia, sientan cátedra y, aferrados al sol que más calienta, se posicionan del lado de Rociíto. Me balda escuchar calificativos como desgarrador, sobrecogedor…

Personalmente, cuando veo los totales de Rociíto, grabados por La fábrica de la tele en una de las naves que heredó de la más grande, sólo oigo impostación en la voz y cierto grado de declamación aprendida que me estomaga. Lo siento, no tengo más ojos que para esos dos niños a los que les han robado la paz.

Como cantaría ELLA: "Luego viene su recuerdo. Y su canción de despedida. Y me encuentro noche a noche, en el punto de partida".