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Mario Camus, Goya de Honor 2011
Mario Camus, Goya de Honor 2011

Mario Camus, adiós a un escritor de imágenes

Mario Camus, autor de películas como 'Los santos inocentes' y 'La colmena', ha fallecido en Santander a los 86 años, siempre será el cineasta que "enseñó a leer".

| Milagros Martín-Lunas Medios

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Entrar en el universo de Mario Camus siempre fue una tarea harto complicada. Este cántabro de mirada huidiza detestaba ser el foco de atención. La fama le producía cierta urticaria insoportable, jamás trabajó para ella o para los premios.

Regateaba las entrevistas con monosílabos aterradores que no eran más que el resultado de una timidez patológica. Afortunado aquel que consiguiera quebrar esa ciudadela defensiva, puesto que al otro lado se hallaba un gran maestro de la vida capaz de parar el tiempo con un discurso lúcido, ilustrado y versátil. Imposible no caer en la tentación. Mario Camus fue, a su pesar, un seductor nato.

Huyó de una vida predestinada a togas y notarías, se alistó en la Escuela Oficial de Cine en 1956 y sus primeras películas fueron la punta de lanza de aquel recién bautizado Nuevo Cine Español que en la década de los años 60 renovó la cinematografía patria. Una etiqueta colocada por los medios y los críticos culturetas de la época cuando la verdad es que los directores de su generación fueron, cuando menos, inclasificables por su genialidad.

Directores, guionistas y creadores de la talla de Carlos Saura, Basilio Martín Patino, José Luis Borau, Julio Diamante, Miguel Picazo y Manuel Summers metidos en un mismo lote donde cada uno rezumaba un sobresaliente estilo propio. "En ningún momento esperamos que nuestras carreras fueran a durar tanto. El cine era nuestra obsesión y queríamos dedicarnos a ello, pero nunca tuvimos grandes pretensiones", confesó en 2018 en El Escorial en Camus, la escritura de las imágenes, un curso que impartió la Universidad Complutense centrado en su figura y en su legado.

Entre aquella tropa de jóvenes ávidos de beberse la vida a tragos largos, Mario Camus, lector empedernido, fue quien más vocación y sensibilidad mostró por la adaptación de textos literarios clásicos y contemporáneos, desde Lope de Vega, Galdós, Lorca y Barea, pasando por Cela, Delibes y Mendoza.

 

Al principio destacó como escritor, nadie esperaba que el joven cántabro se colocara tras las cámaras. Él lo tenia claro desde el principio, tenía que irrumpir de puntillas, de incógnito, sin hacer ruido.

Camus destacó por su soberbio uso del lenguaje narrativo, con guiones cuidados y muy sólidos en los que sobresalía su destreza para adaptar textos literarios. Se atrevió con grandes clásicos con los que sin duda alguna invitó a leer a miles de españolitos seducidos por sus películas. Entre sus adaptaciones destacan La leyenda del alcalde de Zalamea (1972), Young Sánchez (1964), Con el viento solano (1967), Los pájaros de Baden-Baden (1975), La colmena (1982), Los santos inocentes (1984) o la lorquiana Casa de Bernarda Alba (1987).

Eficaz artesano, poseía una mirada singular que rezumaba personalísimos encuadres, planos y movimientos precisos. Camus para poder continuar con su trabajo también se vio obligado a aceptar obras de encargo.  "Hay dos tipos de cine: el que a uno le gusta hacer y el que le encargan", solía recordar siempre. Así firmó proyectos comerciales protagonizados por estrellas de la época como Raphael o Sara Montiel. Cuando tú no estás, (1966), Digan lo que digan (1968), Esa mujer (1969).

Mario Camus en televisión 

No le hizo ascos a la televisión. Eran tiempos de cadena y media donde trabajó con entusiasmo en Televisión Española. Dirigió documentales como la serie Conozca usted España, Históricos del balompié, Cuentos y leyendas o Si las piedras hablaran. Su labor en Los camioneros le abrió a puerta para dirigir Curro Jiménez, la serie que la Navidad de 1976 revolucionó la televisión de la época. Mario Camus compartió dirección con talentos como los de Antonio Drove, Pilar Miró, Fernando Merino, Romero Marchent, y Francisco Rovira Beleta.

Entre sus brillantes trabajos en 625 líneas de esa época destacan también Los desastres de la guerra, un trabajo que partió de la serie homónima de aguafuertes de Goya para presentar la Guerra de la Independencia Española en el que contó con la presencia de Francisco Rabal para volver a meterse en la piel del pintor. El actor ya había protagonizado Goya, historia de una soledad de Nino Quevedo, personaje al que regresaría en su madurez de la mano de Carlos Saura.

La forja de un rebelde, basada en la trilogía de Arturo Barea fue su último éxito televisivo en 1990.

A finales del siglo XX su carrera se afianzó en el cine español y dio un giro sorprendente. En esa década Mario Camus alcanzó la admiración y el reconocimiento que, desde entonces, jamás le abandonó. Se atrevió a dibujar con su cámara la vida española marcada por ETA (Sombras en una batalla, 1993, o La playa de los galgos, 2002), se postuló como crítico social (Después del sueño, 1992; Adosados, 1997, El color de las nubes, 1998) y continuó con las adaptaciones literarias que siempre le sedujeron (La ciudad de los prodigios, 1990).

Su cine derivó hacia un destino muy personal. Engrandeció el oficio con su fuerza expresiva, rigor en el planteamiento, la puesta en escena y la presencia de unos actores que supieron engrandecer su oficio. Mario Camus ya forma parte de nuestro recuerdo.