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Sánchez desmantela la democracia desde el Estado

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto solemne de homenaje a la bandera nacional y desfile militar por el 12 de octubre, Día de la Hispanidad.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto solemne de homenaje a la bandera nacional y desfile militar por el 12 de octubre, Día de la Hispanidad.EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

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España está entrando en una fase preocupante: la degradación institucional ya no es un efecto colateral del poder sin medida, es el método. Y cada día más ciudadanos —de izquierda, de derecha y de ninguna parte— empiezan a sentir que algo profundo se ha roto en nuestra democracia.

La condena del fiscal general no es un accidente. Es la constatación de un sistema: La Moncloa usó la Fiscalía como arma para destruir a una rival política. No para defender la ley. No para perseguir delitos. Para hundir a Isabel Díaz Ayuso.

Eso no es corrupción convencional. Es perversión del Estado. Delincuencia con toga y membrete oficial.

Y cuando una institución clave —que debería ser neutral, profesional y distante del poder— se convierte en herramienta personal del presidente, no estamos ante una crisis política: estamos ante un riesgo sistémico.

Porque la democracia no se quiebra cuando gana alguien que no nos gusta. Se quiebra cuando el Gobierno ocupa el Estado y lo pone al servicio de los suyos. Y cuando el poder decide quién es inocente y quién culpable, deja de ser poder democrático.

Eso es lo que el sanchismo ha hecho con la Fiscalía, con RTVE, con el CIS, con La Moncloa y con cualquier organismo susceptible de domesticar. No con torpeza, sino con voluntad. No como error, sino como proyecto.

Ahora, con la mayoría rota y la legislatura agonizante, Sánchez ha dado una orden explícita a sus ministros:

gobernar ignorando al Congreso. Gobernar sin mayorías. Gobernar sin acuerdos. Gobernar sin contrapesos.

El presidente que politizó las instituciones ahora quiere gobernar contra las instituciones. Un Gobierno antisistema con coche oficial.

Y lo peor no es su ofensiva.

Lo peor es que ha convencido a los suyos de que la democracia es un estorbo cuando no les sirve, y un escudo cuando están en el banquillo.

España no está exagerando. Está despertando. Porque el populismo sanchista —más que ideología— ha sido una operación de captura: convertir el Estado en herramienta de una “cuadrilla”.

Pero las democracias no mueren de golpe. Mueren de erosión. Una sentencia aquí. Un abuso allá. Un “¿de quién depende la Fiscalía?” convertido en axioma de poder.

España necesita aire regenerador. No porque la alternancia sea bonita, sino porque el sistema no soporta otro ciclo de ocupación y desprecio institucional.

El daño ya está hecho. Si.

La pregunta es si el país reaccionará antes de que sea irreversible.

Porque el problema no es Sánchez en La Moncloa.

Es Sánchez dentro del Estado.

A.M. BEAUMONT

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