| 12 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La coz y el martillo

El comunismo en edades adultas es un fracaso ético, estético e intelectual

| Roberto Granda Opinión

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Se estuvieron manifestando estos días en Madrid distintas facciones anti-OTAN, convocadas por IU, el PCE y (más disimuladamente) Podemos. Aunque no sea necesario repetirlo, conviene recordar que gran porcentaje de esos organizadores y algunos de los manifestantes forman parte de la piara gubernamental. En una disonancia enfermiza, teníamos pues a medio Gobierno promocionando la cumbre y sus bondades y al otro medio justo lo contrario, berreando consignas en la calle, envueltos en banderas rojas, tricolores, arcoíris y lo que tocase. Que las banderas sólo son un trapo, pero sólo algunas.

Como me pillaba cerca de donde vivo, me acerqué con curiosidad más antropológica que periodística. El despliegue de símbolos y enseñas en desuso daban un aspecto anacrónico a la estampa, como de 'Doctor Zhivago', o esa otra de Bertolucci con De Niro y Depardieu, con aquel tramo final tan insoportable.

Una de las cosas que había que evitar preservar para ser un manifestante en esos días de cumbre era el sentido del ridículo. Había bastante gente ya talludita, lo que niega eso de que las canas acaban enderezando los desvíos de la juventud, pues muchos mantienen de adultos una serie de siniestras perversiones dogmáticas. A tenor de lo que vi, se puede decir que el comunismo es un fracaso ético pero también estético.

Además de intelectual, claro. Es un calamitoso error ir de modernos y de progres mientras vociferas para tumbar el sistema capitalista, implantar reformas necesarias en la realidad social que son un plagio del pensamiento de Friedrich Engels, que no está precisamente de actualidad.

El comunismo, culturalmente, sigue teniendo esa romántica connotación relacionada con la justicia proletaria, la bondad en completa armonía con el prójimo y la búsqueda de la felicidad humana y por lo tanto, la superioridad moral del bolchevique por encima del vacuo liberal y el resto de lo que para ellos es ultraderecha.

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Toda esa ilusión y ese imaginario colectivo tan espurio es la sustancia que mantiene engrasada la maquinaria del totalitarismo, pues esos cambios siempre están diseñados no para los demás, sino contra los demás.

Si ser comunista (o alguna cosa parecida) es casi una prerrogativa del adolescente, tan impetuoso como descolocado y lleno de certezas que son incertidumbres, serlo de adulto te lleva directamente a los terrenos de la banalización del mal, donde la estupidez se ve gravemente exacerbada por la ideología.

Y para ejemplos, ahí tenemos las dramáticas carencias educativas de Alberto Garzón, el sectarismo fanático de Irene Montero, los siniestros contactos delincuenciales del no menos siniestro Enrique Santiago, la simpleza biliosa de Echenique, la vacuidad insustancial e insufrible de Yolanda Díaz, o el enriquecimiento desacomplejado del discursivo Iglesias, que tanto recuerda al cerdo Snowball de 'Rebelión en la granja', pues tenía el gorrino creado por Orwell capacidad para la oratoria y para incitar a la revolución a los camaradas, mientras se iba quedando con todo en pos del bien de los camaradas, a los que esquilmaba sin pudor.

A las sociedades hay que imponerles su particular visión del mundo, y cuando escribo imponer me refiero a hacerlo de las formas que sean necesarias, incluyendo los asesinatos en masa y la purga del disidente.

Todas esas ensoñaciones de utopías revolucionarias acabaron en el sótano de la Lubianka con un tiro en la nuca, en las checas de Madrid, fusiladas contra un árbol de la sierra cubana o aplastadas en la plaza de Tiananmén.

No sé si en los programas educativos actuales se enseña, si es que se enseña algo, los delirios criminales de Lenin, los métodos de la KGB, las pulsiones genocidas de Stalin, el exterminio cultural maoísta, las ametralladoras apostadas en el muro berlinés y los países subyugados bajo la bota del Pacto de Varsovia.

Que todas esas ensoñaciones de utopías revolucionarias acabaron en el sótano de la Lubianka con un tiro en la nuca, en las checas de Madrid, fusiladas contra un árbol de la sierra cubana o aplastadas en la plaza de Tiananmén. El ideal de la fe en el hombre nuevo se enfrentó a la cruda realidad de los tanques en Praga y en Budapest, de la misma manera que el ultranacionalismo ruso, ese que tantas simpatías genera entre nuestro putinejos de las manifestaciones, masacra al pueblo ucraniano.

Y si las críticas a la Alianza Atlántica pueden ser legítimas y hay que señalar sus errores o excesos, desde debates razonados y posturas razonables, no es posible hacer algo así con los de las insignias soviéticas que pululaban por las calles de Madrid, dada su incapacidad de aceptar la complejidad de las cosas.

Sin reparar en la dimensión histórica de lo que las banderas rojas significan, con la hoz y el martillo enarbolado tanto como reivindicación como amenaza, el grupúsculo anti-OTAN se dispersa imaginando mundos mejores, allí donde ninguna organización atlántica de defensa pone trabas a las ilusiones imperialistas de los gerifaltes de acero. El problema es que, después de las calles, algunos ilustres cameos que allí estaban van a cocear al Congreso.