| 13 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Monseñor Cañizares dijo a Mónica Oltra que le recordaba a los tiempos de Franco.
Monseñor Cañizares dijo a Mónica Oltra que le recordaba a los tiempos de Franco.

La Iglesia católica: 80 años después

Como católico y nieto de mártires no quiero tener nada que ver ni con la actual situación ni con aquellos que la han gestado.

| Eduardo Arroyo Opinión

He leído en Religión Confidencial un artículo del escritor y sacerdote Ernesto Juliá Díaz, titulado 80 años después, que trata sobre el aniversario del comienzo de la guerra civil española. Nada que decir salvo un par de detalles aparentemente nimios. Primero, la escasa aportación general al asunto: la reconciliación llegará a través de la investigación histórica y no de la ideología o de la propaganda. La Ley de Memoria Histórica está destinada a despertar odios ya fenecidos, etc.

Segundo, en un momento del texto, Juliá introduce la duda sobre si en 1936 existían “solo” dos Españas. Dice el autor: “¿Había solamente dos bandos, me pregunto?”.

Este tipo de comentarios por parte de eclesiásticos, me trae a la cabeza otro detalle, también insignificante en apariencia, de la película Poveda, sobre la vida del famoso sacerdote, pedagogo y docente jienense, asesinado en Madrid, en 1936. A lo largo de esta película, el padre Poveda, persona dulce y afable, se muestra irascible solo en el momento en que le hablan de “vencer” en la guerra civil en curso. Según recuerdo aproximadamente, el padre Poveda manifiesta airado que no quiere un país con “vencedores y vencidos”. No se si la anécdota es cierta pero, sinceramente, lo dudo. Más bien, tanto los citados “tics” del padre Juliá como ese afán de neutralidad y equidistancia de la película Poveda son síntomas de la postura de la Iglesia actual en torno a la guerra civil, el régimen de Franco y, en definitiva, sobre la historia de a Iglesia católica en el siglo XX. Esta auto-percepción de la Iglesia católica es la que ha sellado desde hace medio siglo la política y las alianzas de la Iglesia actual y, en definitiva, la que ha dado los frutos que hoy vemos en lo que a vocaciones, conversiones y actividad pastoral se refiere. Esto es así porque las anécdotas relatadas son la punta del iceberg de algo de mucho más calado: el cambio de paradigma de la Iglesia española –y, naturalmente, de sus consecuencias- producido al final de los años sesenta y principios de los setenta.

Dicho esto cabe preguntarse: ¿cuál es la relación entre la guerra civil española y la Iglesia de hoy? Yo diría que es esencial. La Iglesia católica actual se define en sus formas y actuaciones por contraposición a la Iglesia nacida de la guerra civil. El cambio se operó después del Concilio Vaticano II a instancias de la mismísima cátedra de Pedro.

Para comprender el asunto hay que entender en qué situación se hallaba la Iglesia en 1939. Un régimen político, el republicano, había sido derrotado militarmente pero a lo largo de casi tres años había sido gobernado por tres fuerzas, que se decían representantes exclusivas del proletariado y que guerreaban con Franco y entre sí, pero que coincidían en el afán de exterminio físico, político, cultural y patrimonial de la Iglesia en España. Al final de la contienda los diversos actores del régimen republicano habían asesinado a la totalidad de los obispos de la zona controlada por ellos –salvo uno, viejo y ciego- y habían eliminado físicamente, en promedio, a la tercera parte de los clérigos de cada provincia, llegando en algunas de las provincias a casi la mitad. Algunos de estos crímenes revistieron características especialmente brutales, demostrando los rasgos psicopáticos de una parte significativa de las “milicias populares”. No comentaremos en el estrecho margen de un artículo los destrozos en conventos, iglesias, patrimonio artístico, bienes diversos, etc. Diremos sencillamente que fueron innumerables. Por si fuera poco, el régimen republicano se encargó de plasmar una legislación increíblemente agresiva y excluyente no solo de la Iglesia sino también de los católicos.

Por el contrario, el régimen franquista, vencedor de la contienda, no solo restauró las propiedades y el crédito de la Iglesia ante el pueblo, sino que convirtió a la Iglesia en el fundamento del propio régimen. No se trataba, sin duda, de una Iglesia “a la china”, en la que el poder político coloca a hombres de paja con apariencia de clérigos. Esto queda demostrado con la progresiva sustitución por parte de Roma de altos cargos eclesiásticos afines al régimen de Franco con otros que no lo eran en absoluto, todo ello sin que Franco mostrara una oposición importante. La situación verdaderamente hegemónica de la Iglesia de entonces puede verse en la separata del Boletín Oficial del Obispado de Cuenca (nº 5, mayo 1986), escrito por Monseñor Guerra Campos, bajo el título “La Iglesia en España (1936-1975)”. Es difícil aducir, ante la rutilante recopilación de datos del citado documento, la condición de eclesiástico afín al régimen de Franco del entonces obispo de Cuenca: los datos hablan por sí solos. Este escrito debería ser de lectura obligada para todos los católicos porque explica precisamente la otra cara de la Iglesia que hoy no se cuenta. Explica, además, cosas como por qué la Iglesia de hoy huye aterrada ante la mera sombra de asociación con el régimen de Franco o por qué alguien como el padre Juliá no se entera a estas alturas de que en 1936 había efectivamente SOLO dos bandos: el del exterminio físico y el de la dignidad.

El caso es que hacia 1965, amplios sectores de la Iglesia empezaron a ver con otros ojos a sus antiguos verdugos y poco a poco algunos incluso se alinearon con ellos (no los verdugos con la Iglesia, si no al revés). Este cambio profundo afectó, en un principio, a sectores de base pero luego también a la jerarquía, todo ello con la aquiescencia de Roma. Pese a este cambio, el régimen de Franco dejó hacer, en la creencia de que la Iglesia era la Iglesia de siempre. Craso error. Al final lo que cambió fue el paradigma mismo de la propia Iglesia católica: la idea central en el hacer de la Iglesia de la unidad católica de España como bien esencial a proteger, dejó paso a la idea de la sociedad “en libertad” omnicomprensiva: desde los católicos hasta los enemigos seculares de la Iglesia, todos ellos en “convivencia” democrática, basada en el “respeto” y la “tolerancia”.

La Iglesia esperaba funcionar casi como un partido político más y que, además, le fuera bien. De hecho, toda la retórica eclesiástica y lastimera de hoy, apelando precisamente a la terna de “libertad” de los católicos, “respeto” y “tolerancia”, es la constatación del fracaso de esta nueva orientación ante el hecho incontestable de que los enemigos de la Iglesia no han dejado de serlo ni un ápice, pese a que la Iglesia parece querer ignorar que la buena voluntad no basta. La persecución tácita de hoy es el síntoma principal del fracaso de la Iglesia española con su nuevo paradigma, un paradigma que explica cosas tan aparentemente dispares como el desprecio incomprensible a organizaciones de religiosos no afines con los nuevos tiempos –aunque mayoritarias, como la Hermandad Sacerdotal Española- hasta las quejas de Monseñor Cañizares que, ante la persecución abierta hace poco contra él, decía a la presidente valenciana Mónica Oltra: “"Me recuerdan ustedes a los tiempos de Franco, cuando se censuraban homilías".

Pero es la Iglesia la que ha cambiado realmente; sus enemigos solo han cambiado su estrategia, condicionados por los imperativos de una época distinta. Ha sido la Iglesia la que por el camino se ha dejado la defensa de la verdad a todo trance y prefiere flirtear –e incluso mucho más- con los economistas liberales y los globalistas del PP. Ha sido la Iglesia la que se ha hecho más del mundo abandonando la liturgia multisecular en pos del compadreo con el pueblo y proyectos sociales diversos. Ya no navega con mano firme en el océano proceloso de los tiempos y por eso detesta y se escandaliza cuando alguien le recuerda que sus males son en buena parte responsabilidad suya. Muchos de los hombres que hoy detentan la jerarquía fueron parte activa de esos nuevos tiempos que hoy han vaciado los seminarios. De ahí que se enroquen en sus posiciones en el fondo trasnochadas.

Como católico y nieto de mártires no quiero tener nada que ver ni con la actual situación ni con aquellos que la han gestado. De momento, sirva esto a modo de explicación pero que cada uno recuerde aquello de que “se os pedirá cuentas”.