21 de Junio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Una de cincuenteñas espléndidas y valientes ( a mi amiga C.)

Cuando crees que las despedidas son lo habitual, va la vida y te da una alegría

| Ely del Valle Opinión

Alguien dijo alguna vez que a partir de los cincuenta el balance de adioses le empieza a ganar la partida al de bienvenidas. No me pregunten quién fue porque ni me acuerdo, ni me apetece andar buscándolo en Google, ni voy a caer en la tentación de adjudicárselo a Churchill que es el recurso fácil, pero fuera quien fuese no dejaba de tener razón. Es mera cuestión de probabilidades; matemática pura. Sin embargo hay veces en que la vida te da segundas oportunidades y es ahí donde debemos celebrarlo por todo lo alto.

Mi amiga C. es una cincuenteña espléndida, de esas que todavía hacen silbar de admiración a los grupos de universitarios cuando pasea con su nieta de dos años a la que todo el mundo confunde con su hija. Estilosa, simpática a rabiar, guapa por dentro y por fuera. Se ha casado y se ha separado varias veces, pero que nadie se confunda: lo suyo, no han sido fracasos sino amores exprimidos hasta la última gota. Vive y deja vivir; trabaja en lo que le gusta y se deja la piel en ello; siempre atenta a sus amigos que son muchos y de verdad. Se cuida sin descuidar sus prioridades y, aunque todavía hay cosas que le hacen daño, ha aprendido a hacerles frente con una sonrisa luminosa.

Hace menos de un mes, y como quien no quiere la cosa, nos lo contó en una sobremesa. Soltó la bomba a modo de simple titular y siguió tomando café como si nada, como si la cosa no fuera con ella o como si su principal objetivo estuviera en informar, que es lo suyo, pero sin que a los que la queremos se nos atragantara el café. Hoy, cuando una ya se va a acostumbrando, como afirmaba el propio del que sigo sin acordarme, a que las malas nuevas abunden más que las buenas, he sabido por ella misma que C. acaba de ganarle la batalla al maldito cangrejo con el que ha estado conviviendo una temporadita y del que tuvo noticia gracias a un chequeo rutinario de esos que nadie deberíamos descuidar.

La clave de la felicidad está en vivir como si no supiéramos la edad que tenemos

Hoy por lo tanto es un día en el que solo puedo escribir sobre ella y sobre esas tantas personas, hombres y mujeres, que siguen sembrando juventud por donde pasan independientemente del calendario porque le ilumina una luz interior que impide que los años le hagan sombra. C. vuelve a tener toda una vida por delante llena de planes y de propósitos fruto de susto que ahora serán muy sensatos pero que, gracias a esa gran verdad de que el tiempo todo lo borra, volverán a su cauce anterior, repleto de disgustos absurdos por lo que tienen de banales y de alegrías pequeñitas que son, al final, las que construyen esa utopía que denominamos felicidad. A mi amiga C. le quedan unos días de convalecencia en los que no descuidará ni su manicura ni sus mechas ni esa línea recta abdominal que es la envidia de todo el grupo, y de aquí a unos meses volverá a provocar la tortícolis de más de uno, y aquí estoy yo celebrándolo como una adolescente en su primer día de discoteca. Y es que como suele decir C., hay que vivir la vida con los años que nos echaríamos si no supiéramos los que tenemos.