| 20 de Mayo de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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El "Síndrome de la cabaña": ¿Existe el pánico a volver a salir a la calle?

Los largos confinamientos por razones como la pandemia de coronavirus pueden tener consecuencias psicológicas. ¿Pero son las que algunos sostienen? Aquí está la respuesta.

| José Carlos Fuertes Opinión

 

 

¿Existe el llamado síndrome de la Cabaña? Esa sería la primera cuestión sobre la que habría que pronunciarse. En principio y según los medios de comunicación no habría la menor duda. También algunos blogs y canales de psicólogos preconizan su existencia, señalando que hay una entidad específica y denominándola precisamente de esta manera. Lo que nadie duda es que el cuestionado síndrome se ha puesto de moda últimamente con la llamada “desescalada”. 

Los médicos denominamos síndrome al conjunto de signos y síntomas específicos que determinan la existencia de una entidad clínica. Si seguimos esa definición decir que existe el “síndrome de la Cabaña” seria un tanto aventurado y no excesivamente riguroso, y mucho mas el aplicarlo a la situación que estamos atravesando estos dias por el COVID-19. 

El síndrome de la cabaña se describe como: “el fenómeno que experimentan algunas personas tras pasar un confinamiento forzoso, resultando de ello una sensación de miedo intenso al volver a salir a la calle y a una vida normalizada como la que tenían previamente”. 

Desde el punto de vista médico psiquiátrico sería muy cuestionable la existencia de dicho síndrome, mas “mediático que clínico” en mi opinión, ya que no sería otra cosa que un cuadro de ansiedad mas o menos relevante, acompañado de agorafobia (miedo desproporcionado a espacios abiertos), si es que los síntomas fueran intensos y llegaran a producir una crisis de pánico y necesidad imperiosa de volver a casa de forma imperiosa. 

Además, este tipo de reacciones o respuestas dependen mucho, como siempre, de la personalidad previa del sujeto, del tiempo que ha durado la situación excepcional y, sin duda, de la forma como se lleve a cabo la vuelta a la normalidad. 

 

Lo cierto es que tras cincuenta días encerrados como es el caso de nuestro confinamiento por el COVID-19, ha habido personas que han tenido malestar y sobre todo inseguridad y miedo, pero no tanto por salir a la calle en si mismo, si no por el riesgo de contagiarse de la enfermedad.

Tras todo lo que hemos vivido y la “infodemia” sufrida (epidemia de información), es esperable que haya necesidad de una readaptación a lo que han dado en llamar “nueva normalidad”. Si a eso le llaman síndrome de la cabaña, debe verse como una licencia literaria sin base técnica ni científica. 

Si al exceso de información que estamos recibiendo se le une un confinamiento en soledad y rasgos obsesivos de personalidad previos, es mucho mas fácil desarrollar un trastorno de ansiedad a la hora de cambiar del aislamiento a la vida social, sobre todo si se han vivido de cerca situaciones traumáticas (fallecimientos de familiares o haber pasado la enfermedad). 

 

 

En estos últimos tiempos el hogar se ha convertido en un castillo inexpugnable para el virus y volver a la calle es perder parte de esa supuesta que no real protección, y por ello salir produce incertidumbre, inseguridad, dudas y a la postre miedo que puede dar lugar en según quien a episodios de angustia. 

Existe, creo yo, una “sindromitis” o tendencia irrefrenable a crear síndromes, sobre todo en psiquiatría, donde la objetivación de la sintomatología es complicada cuando no imposible. Y eso ni es bueno para la ciencia medica ni para los posibles enfermos. Ya tenemos suficientes trastornos y anomalías psíquicas como para ir creando nuevas al albur de acontecimientos, por dramáticos que estos sean. 

Hay que diagnosticar con precisión y conociendo, en nuestro caso la psicopatología, es decir los síntomas y signos que tiene cada enfermedad. Dar rienda suelta a la imaginación y poner etiquetas diagnósticas folclóricas y vistosas, puede ser quizá atractivo para la vanidad personal, pero ni es eficaz ni riguroso. Y, lo que es peor, podemos generar a medio plazo problemas mas graves como aumento de la hipocondría social y contribuir a mayor estigmatización de la enfermedad psíquica.