08 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Cifuentes este viernes a su llegada a los juzgados.

Caso máster de Cifuentes: el castigo por no decir la verdad

Éste es un asunto más de los que se producen diariamente en la vida política. Un alto cargo se encuentra con un problema. Pega un grito y todo el mundo se vuelve loco por miedo a represalias

| Pedro Blasco Opinión

 

Cristina Cifuentes, y otras dos personas más, se han sentado en estas últimas semanas el banquillo de los acusados por la falsificación de unas actas públicas del famoso máster de la Universidad Rey Juan Carlos I.

El asunto era serio pues la Fiscalía ha pedido prisión para las acusadas, tres años y tres meses en el caso de la expresidenta de la Comunidad de Madrid.

Es una auténtica vergüenza que hace años los partidos políticos se apoderaran de las universidades madrileñas, y por desgracia me temo que de muchas otras de España. Y me causa también vergüenza que personas que yo consideraba serias (y no me refiero sólo a Cifuentes) compraran máster que además de prestigio les permitiera beneficios docentes o de currículum.

Los peor parados de esta burla a la Educación son los estudiantes

Los más perjudicados no son el prestigio, o la libertad si hubiera condena, de los acusados. Los peores parados de esta burla a la Educación son los miles de estudiantes que con su esfuerzo tienen un título universitario de este centro, enfangado por el talante de un catedrático sin escrúpulos y de los amigos que compraban máster.

Me produce arcadas pensar que en la universidad española siguen aún personajes como el catedrático Enrique Álvarez Conde, que en paz descanse, del que lo más suave que se ha dicho en el juicio ha sido que era un personaje "autoritario, posesivo y agresivo".

Desgraciadamente, en la dirección de muchas empresas y entes públicos abundan este tipo de jefes, personas que establecen el terror (si terror) como principal argumento para lograr los objetivos profesionales. Generalmente, y he sufrido a algunos de ellos, suelen ser muy déspotas y mal educados. A todos les suele gustar demasiado el dinero.

 

Que en 2012 existiera y ejerciera como virrey un señor como el catedrático Álvarez Conde no es culpa sólo de este triste personaje, sino de toda la cadena universitaria donde los hábitos son, en general, los mismos que en el siglo pasado. La endogamia pasea por la mayor parte de universidades.

Es una vergüenza que la institución que tendría que ser ejemplo de seriedad intelectual, y del saber, siga manteniendo tics del pasado más negativo. Los pelotas, en muchos casos, llegan antes que los que saben y, lo más importante, saben enseñar pero que carecen de esa virtud rastrera que es el peloteo al líder.

Uno más, no el único

El asunto del máster de Cifuentes es uno más de los que se producen diariamente en la vida política. Un alto cargo se encuentra con un problema. Pega un grito (o hace una sugerencia) y todo el mundo se vuelve loco por miedo a las represalias o, simplemente, por dar gusto al que manda (y medrar).

El caso de este juicio es claro. Cifuentes, por las razones x, decide hacer un máster que regalaban tras pagar la matrícula. La Universidad Rey Juan Carlos, aunque parezca mentira, facturaba máster a los amiguitos, en este caso del PP, sin esfuerzo ni presencia ni nada.

En vez de reconocer que no hizo los trabajos, Cifuentes se empeñó en decir que sí

Cifuentes no va a las clases, porque no puede o no quiere, y cuando se descubre el pastel de que le regalan el título y la prensa lo denuncia se equivoca. En vez de reconocer que no hizo nunca los trabajos y no presentó ninguno se empeña en decir que lo hizo todo. E incluso que lo llegó a defender, algo que no se cree ni ella misma.

Álvarez Conde, catedrático de Derecho Constitucional, no de física cuántica, ejerció presión sobre las personas más débiles de su entorno para que falsificaran actas. Un hombre de Derecho, no de Matemáticas, aprieta a una de las profesoras más precarias de su equipo, con sueldo y contrato temporal, para que elaborara y firmara un acta falsa.

Cuando esta mujer, llamada Cecilia, se da cuenta de lo que ha hecho, y es convenientemente asesorada, lo cuenta todo y explica la cadena de falsedades. No se sabe si por encargo del equipo de Cifuentes o por propia iniciativa propia, aparece la asesora política María Teresa Feito, que pilota una operación blanqueo absolutamente suicida. En el juicio no la ha creído ni el micrófono.

En los juicios uno siempre descubre, presuntamente, además de a los mentirosos, a los buenos profesionales. El presidente del Tribunal pareció hombre sabio. La fiscal cumplió, los abogados defensores también, pero sin más.

El letrado de la acusación particular (la Rey Juan Carlos) ha ido de menos a más. Tras ser muy plano en los interrogatorios, en las conclusiones repartió estopa y dejó a Cifuentes por los suelos "cuando lo que tenía que haber hecho era haber pedido perdón". "No ha presentado una prueba de nada", concluyó.

El juicio quedó visto para sentencia.