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El agua es nuestro oro líquido

Entre sequías e inundaciones: la falta de una visión continua en la gestión del agua

Cartel de la presa de Valmayor, Madrid

Cartel de la presa de Valmayor, MadridGabri Solera

Javier Dorado

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España habla del agua solo cuando falta. O cuando sobra. Un par de meses sin lluvias activan el debate sobre la sequía. Un episodio de precipitaciones intensas lo sustituye por el riesgo de inundaciones. Y entre ambos extremos, el agua desaparece de la conversación pública. Sin embargo, no estamos ante un problema meteorológico, sino estructural: el agua es uno de los grandes retos estratégicos de nuestro país.

En 2024 colaboramos con OIKOS en la publicación de un informe que contemplaba un diagnóstico integral de un desafío urgente y compartido como es el agua. Y lo interesante es que no planteaba el agua como un debate moral, aportaba datos para la reflexión: un déficit inversor estimado en 3.000 millones de euros anuales, redes que llegan a perder hasta un 25% del agua suministrada y una ejecución irregular de lo planificado en muchos planes de cuenca.

Nos preocupa la sequía cuando pasan dos meses y no llueve. Sin embargo, si a continuación vivimos un periodo de precipitaciones intensas o incluso inundaciones, nos olvidamos de esa necesidad y pasamos a pensar qué hacer para evacuar las ingentes cantidades de agua que nos rodean. Un invierno lluvioso como el que acabamos de vivir no cambia por desgracia los escenarios que dibujan una España con un clima más seco y con menores precipitaciones a futuro.

Estos vaivenes están bien para comentar, y lógicamente deben ser afrontados con inmediatez y a la orden de la necesidad imperante, pero en cualquier caso existe un recurso capaz de abordar esos episodios con mayores garantías y reducir drásticamente sus riesgos y, para ambos casos, ese recurso es una dotación infraestructural adecuada.

Y detrás de esa planificación hay algo más que cifras. Hay territorios que dependen del agua para sostener su actividad y personas que necesitan previsibilidad para poder trabajar. Agricultores que deciden si siembran, industrias que planifican su producción o municipios que dependen de un abastecimiento estable. Para ellos, el agua no es un debate abstracto: es una condición para seguir viviendo y produciendo en el territorio.

Hace unos meses tuvimos la oportunidad de visitar Finca Sinyent, un maravilloso centro de referencia para la expermentación agrícola gestionada por AVA-ASAJA donde su presidente, Cristóbal Aguado nos dio, junto con su equipo, una masterclass sobre los niveles freáticos y la inmensa cantidad de agua con la que contamos en nuestro subsuelo y que, en ocasiones, pasa desapercibida a los ojos de todos, incluso de los que deberían decidir cómo gestionar ese tesoro.

Por todo ello soy optimista en torno al agua, se empieza a percibir un relato distinguido donde el agua ya no es un recurso metafórico y se liga cada vez más a tres aspectos tangibles y estratégicos, como son la infraestructura productiva, el equilibrio territorial y la capacidad de adaptación.

Habida cuenta de esta consideración, es congruente pensar cómo gestionarla con seriedad, alejada de los vaivenes políticos del momento y sin el alarmismo condicionante que pueda, como en tantas otras ocasiones, propiciar apropiamientos que alejen a una parte de la población del debate.

Para ello, en mi opinión la primera palanca es una gobernanza clara, con decisiones basadas en cuenca, datos y escenarios, no en impulsos u oportunidades. España ya trabaja por demarcaciones hidrográficas, pero necesitamos que la planificación sea más operativa: previsión de sequías, reglas claras cuando llega la escasez, y coordinación real entre usos (abastecimiento, regadío, industria, ecosistemas). La vulnerabilidad creciente a la que nos vemos expuestos no es solo sobre la intensidad de las lluvias, es sobre si estamos preparados para amortiguar los eventos extremos que, por desgracia, se producirán cada vez con mayor recurrencia.

Esto último nos lleva a la segunda palanca, que es infraestructura. Y aquí conviene decirlo sin complejos: modernizar regadíos, reducir pérdidas en redes, digitalizar la gestión y apostar por recursos no convencionales no es gastar, es invertir en nuestra resiliencia, nuestra productividad y también, ojo, en nuestra soberanía.

Además de las buenas reservas en agua subterránea, en España somos líderes europeos en reutilización de agua regenerada. Se habla de 500–600 hm³ anuales, siendo la agricultura su destino principal. Eso no resuelve todo, pero sí es una palanca real, escalable y que ya funciona.

La tercera y última palanca es probablemente la menos vistosa pero es muy determinante: la seguridad jurídica. Los productores agroalimentarios no pueden planificar inversiones si cada campaña cambian las condiciones, aparecen nuevas restricciones o se caen ciertos incentivos. Previsibilidad es un valor determinante también en la gestión del agua.

Porque el agua también es un contrato social territorial. Un equilibrio entre quien necesita producir y quien necesita conservar, entre el corto plazo y el largo plazo, entre el derecho a vivir del territorio y la obligación de no agotarlo, para que los que consumimos, que somos la mayoría, podamos seguir disfrutando de las bondades naturales de nuestro país.

En Legados solemos insistir en que cuidar el medioambiente no va de consignas, va de hacer viable lo que funciona. El agua es un buen ejemplo para pedir alejarnos de la fluctuación del termómetro conversacional de cada momento. Un precio demasiado alto que asume nuestro territorio, el impacto en nuestra producción y las generaciones futuras que, como con tantas otras cosas, podrían recordarnos con cierto amargor si no sabemos afrontar con valentía aquello que es realmente importante para nuestro futuro.

España necesita tratar el agua como lo que es: nuestro oro líquido. No como un debate puntual, sino como una política estratégica de país.

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