| 14 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Macrobotellón en la ciudad universitaria de Madrid
Macrobotellón en la ciudad universitaria de Madrid

Fracasar y sufrir

Estamos educando a los españoles, desde niños, en una cultura blandengue - además de reinventada- y egocentrista que dejan como insensible a la princesa del conocido cuento del guisante.

| José María Lozano Edición Valencia

El fracaso, como el sufrimiento -si no han leído en este sentido recientemente a Rosa Belmonte, háganlo- no parecen sensaciones de normalidad en esta sociedad alejada del estoicismo (hedonista tal vez resulte exagerado) que vivimos. Según algunos, diseñada a capricho de unos pocos poderosos que eluden ocupar escaños de poder político mientras controlan económicamente a los que previamente han preparado para ello casi como esbirros. Foros con nombre suizo del cantón de los
Grisones, listas con el del fundador de la revista norteamericana dedicada a las finanzas y los negocios antes de la crisis del 29, fundaciones científico filantrópicas de ámbito mundial al amparo nominal del primero y más famoso multimillonario del petróleo de EEUU, o centradas en la pobreza, la educación y la sanidad impulsadas por magnates yanquis de la inteligencia artificial aplicada, son algunos ejemplos prácticos que me producen, al menos, un cierto desasosiego. (Póngales ustedes nombres a cada uno … que a mí me da risa).

El riesgo medido, la posibilidad del fracaso, está en el fondo de la innovación

Y si en algo son coincidentes -lo cierto es que sus semejanzas abundan- es en propugnar e incentivar el emprendimiento (quizás un eufemismo de empresa que opaca el perfil común de sus propulsores) y celebrar la innovación. Es sabido por cualquier manual o charla introductoria al respecto, que el emprendedor -el empresario- no puede tener miedo al fracaso. Ni mucho menos abandonar ante su anuncio. Un proyecto estratégico debe contemplar eventuales patologías sobrevenidas o derivadas del uso (o del abuso) que pudieran conducir al colapso. Y los correspondientes indicios o indicadores que permitan adelantarse, así como las eventuales soluciones para paliar las peores consecuencias. Lo que no cabe es aventurarse en una repetición rutinaria de lo que ya condujo al fracaso. Ni siquiera en la justificación del error, normalmente fruto de la ignorancia, y pelillos a la mar. El riesgo medido, la posibilidad del fracaso, está en el fondo de la innovación. Así lo aprendí de mi maestro Justo Nieto, pionero en la materia. Como aprendí que las
estrategias de innovación deben ser abordadas en momentos de desarrollo y de éxito empresarial y no en situaciones ya críticas.

Estamos educando a los españoles, desde niños, en una cultura blandengue - además de reinventada- y egocentrista que dejan como insensible a la princesa del conocido cuento del guisante del genial Hans Chr. Andersen. El abandono de la compasión a favor de un individualismo desmedido, unido al pavor por la frustración y fobia hacia el sufrimiento -sobre todo hacia el propio- nos ha hecho todavía más débiles. Más inermes me decía esta misma tarde, al respecto, mi amigo Javier. Y más manejables, más dóciles, cabe añadir. La modernidad líquida, el pensamiento líquido, que Zygmunt Bauman acuñó terminando el siglo XX, evoluciona en España hacia lo
gaseoso.

Es el mapa de la España carente de un líder político con un proyecto estratégico -lo dijo el otro día el “antipático” Aznar con acierto-, exhibiendo niveles de decadencia insoportables.

Y así, fracasados por impericia y soberbia, nos resistimos al sufrimiento. A la manera del Gobierno, a imagen de Sánchez, no es de extrañar la radicalidad negacionista, la insolidaridad cívica, el botellón y hasta la execrable violencia callejera. Es el mapa de la España carente de un líder político con un proyecto estratégico -lo dijo el otro día el “antipático” Aznar con acierto-, exhibiendo niveles de decadencia insoportables.

Estrategias de prevención y reconocimiento del fracaso, ausentes de excusas vanas y despojadas de tactismo, de rectificación por el contrario son las necesarias.

Estrategias de puesta en valor de la verdad y del esfuerzo, de la libertad individual pero de la responsabilidad colectiva, sin miedo al trabajo y al sufrimiento, son de las que carecemos. No será este Gobierno el que lo remedie.

Tras los episodios de Mondragón y la retirada ante las cámaras de la bandera de España, todo se ha dicho ya. Y todo se ha callado.

Otros ruidos entretienen al personal. Desde mi independencia partidaria lejos estoy de entrometerme en los criterios y organigramas de cada uno. Pero no imagino a una muy probable alcaldesa María José Catalá disputando la presidencia del PPCV a Carlos Mazón. Mucho menos si éste alcanzara la de la Generalitat.