26 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El palacio olvidado

En Valencia se encuentra el Palacio de los Condes de Cervelló, lugar donde se firmaron dos de los decretos más importantes del siglo XIX en España. Aún espera un reconocimiento a la altura

| Juanjo Crespo * Edición Valencia

"Era costumbre en los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor”. Así comienza el manifiesto firmado en 1814 por varios diputados de las Cortes partidarios de la monarquía absoluta en la persona de Fernando VII.

Este “Manifiesto de los Persas” –nombre con el que quedaría bautizado- animó a Fernando VII a firmar el decreto para derogar la Constitución de Cádiz. El lugar elegido no fue el Palacio Real, ni El Escorial, ni ninguna otra de las residencias del monarca en tierras castellanas, sino el Palacio de los Condes de Cervelló, edificio neoclásico construido un siglo antes y que era la residencia oficial de los reyes en Valencia.

La vida de este rey felón, egoísta e incapaz de devolver la generosidad y sacrificio que el pueblo español le había ofrecido expulsando al invasor francés, llegó a su fin en 1833.

Fernando VII murió sin hijo varón y, con su hermano ya esperando el trono, comenzó una guerra a su muerte entre los partidarios de su pequeña hija –Isabel- y el hermano ambicioso –Carlos-. Durante la  Guerra Carlista, la regencia de la corona la ocupaba la viuda de Fernando VII.

El resultado de aquella larga y terrible guerra civil -que llegó hasta 1840- fue una victoria de los “isabelinos” frente a los “carlistas”, en parte gracias al genio militar del general Espartero que consiguió rendir las fuerzas del pretendiente en el norte de España.

La reina María Cristina, que al poco de quedar viuda de Fernando se había casado en secreto con uno de sus guardias y que no levantaba las simpatías de parte del pueblo, se vio forzada a ceder la regencia a aquel victorioso general.

Era una operación política de alto riesgo. El panorama aún andaba revuelto entre los partidarios carlistas (que sí, habían perdido la guerra, pero aún tenían fuerza), las camarillas de militares, los políticos liberales y conservadores….

Y para aquella firma, al igual que con la derogación de la Constitución de Cádiz, se eligió el Palacio de Cervelló, en el número 3 de la Plaza Tetuán, frente a Capitanía General, a pocos metros del paso del río Turia por la capital valenciana.

La ratificación de aquel decreto, uno de los momentos delicados del siglo XIX, también fue en Valencia.

Este palacio está lleno de historia. El último rey que durmió allí fue Amadeo de Saboya. A Alfonso XII y luego a su hijo Alfonso XIII ya les gustaban más los hoteles.  

Al comenzar la II República fue la sede del partido Derecha Regional Valenciana y durante la Guerra Civil allí se instaló el Partido Comunista.

Durante el franquismo fue una pensión, y no sería hasta 1976 hasta que el palacio fuera declarado Monumento Histórico Artístico Provincial y su propiedad pasara al Ayuntamiento de Valencia, que rehabilitó el edificio en 2003.

El Palacio de Cervelló nos observa cada mañana a los valencianos entre desganado y enfadado. Allí se vivieron dos momentos trascendentales, pero pasamos y traspasamos sin hacerle caso.

Entramos a la Parroquia castrense con su capilla de los reyes, visitamos el Convento de Santo Domingo de Capitanía o nos deleitamos con alguna exposición artística en el edificio de la Fundación Bancaja.

Pero seguimos viviendo de espaldas al Palacio de Cervelló.

Siempre que paso por la Plaza de Tetuán miro entre los ventanales del palacio intentando descubrir los fantasmas que allí moran. Otro de sus ilustres huéspedes fue el Mariscal Suchet, general de Napoleón que conquistó Valencia y que recibió por ello el título de Duque de la Albufera.

Los ecos de todos aquellos reyes y políticos –de muy diverso signo- comparten a escondidas los salones de baile y piensan: ellos se lo pierden.

Y caminando por aquella plaza, siempre pienso ¿por qué aquí? ¿qué tenía este palacio que no tuviera otro en toda España?

Entonces sigo andando y al llegar al antiguo cauce del Turia lo entiendo todo. En aquel siglo, este río era transitable y por barco se podía llegar fácilmente a alta mar. Al exilio o a buscar aliados, pero se salvaba la vida.

Firmar decretos impopulares o de resultado incierto era una torpeza que ni Fernando VII ni su viuda años después quisieron hacer. Cuando estás rodeado de una turba enfurecida, apenas puedes escapar unos metros con tu guardia de corps; lo justo para subir a un barco en el Turia y salir de ahí.

Instinto de supervivencia lo llaman.

Y así, entre reyes y huéspedes de hostal, es como ha visto su vida pasar este palacio.

Un mariscal francés, unos persas extemporáneos, un felón desagradecido, una madre que se retira, un rey de quita y pon… Todos aquellos fantasmas aún siguen allí ocultos. Olvidados.

La soledad acompaña al palacio en el que se firmaron aquellos dos decretos. Unas rúbricas con unas manos consortes y un único temblor. Aquellos refrendos se hicieron mirando de reojo al barco que esperaba en el muelle del río.

Aquel miedo de los firmantes se quedó atrapado en las paredes y aún retumba silencioso.

Aunque lo que de verdad da pánico, y pena, es que los valencianos nos hayamos olvidado del Palacio de Cervelló.

*Experto en Seguridad y Geoestrategia.