| 13 de Septiembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El vértigo del presidente

Con el actual ritmo de vacunación, un sencillo cálculo matemático optimizado arrojaría no más de cinco millones de españoles antes del verano.

Reconozco que me siento incapaz de seguir el ritmo de los aciagos acontecimientos a los que asistimos a diario. En la dramática situación de enfermedad universal, la sucesión de catástrofes locales, naturales o producto de la negligencia, la estupidez humana o el infortunio, se han convertido en España en una constante demostración de la incapacidad de nuestros dirigentes para gestionarlas. Mayormente por falta de preparación y buen juicio.

Se une a ello, y para más inri, una intencionada y decidida voluntad de desconexión de la realidad, que se manifiesta en un salpicado de falsas soluciones, precipitadas y cambiantes sin mayor comprobación o criterio, y una cascada de medidas legislativas transversales -¡ay los decretos ley!- ajenas a lo prioritario y cargadas de ideología (si no puramente ideológicas).

Cayó en la basura la “nueva normalidad” que cacareó Sánchez

Más dificultoso me resulta intentar trasladar, mediante estas letras y con el rigor y respeto que merecen mis amigos lectores, una reflexión de síntesis que suscite su interés.

El vértigo es una sensación curiosa y, por lo visto, de difícil evaluación médica puesto que los indicadores de una propensión patológica son muy personales y se mueven en una franja muy amplia. Mi amigo Maikel, por ejemplo, que es un tipo joven, sano, fuerte y deportista, no sólo no puede mirar al vacío, sino que se altera simplemente presuponiendo su cercanía. Incluso, como pasa con la vergüenza, padece una suerte de vértigo ajeno, que le hace temer la posibilidad de riesgo en un tercero.

Y la sensación de riesgo, al igual que la térmica, no coincide exactamente con la real, sino que en función de numerosas variables -muchas de ellas propias de la personalidad del sujeto- es inferior, o excede, al riesgo cierto.

Un riesgo medido es, a tenor de lo establecido por los teóricos de la Innovación -y así lo aprendí de Justo Nieto entre ellos- un componente inevitable. Pero Innovación no es novedad simplemente. Cayó en la basura la “nueva normalidad” que cacareó Sánchez antes de invitar a sus amigos el verano pasado a los palacios residenciales, como cayeron tantas novedades anunciadas en los programas electorales sin otro ánimo que la pura captación del voto. Como caerán otras inicuas novedades impuestas a golpe de autoritarismo, cobardemente justificado en la pandemia como excusa permanente.

Iglesias humilla al exilio republicano con la comparación del delincuente Fraudemont.

Como Sánchez carece de la empatía de mi amigo, nada le debe preocupar el riesgo ajeno. (Diría que se la refanfifla). Ignoro honradamente cuál es su sensación de riesgo; si minimiza inconscientemente los niveles objetivos o, por el contrario, maximiza las amenazas -él es de máximos- mediante algún complejo razonamiento y un asesoramiento oportuno, y las enfrenta, convencido de vencerlas. Es sabido el subidón de adrenalina que produce el peligro y su afición por aventureros carentes del equilibrio mental adecuado.

Pero sobre lo que no tengo dudas es, que su sensación de vértigo, a la vista de cuanto está pasando en España, es tan reducida que se pasea ufano por la línea que lo separa del precipicio con la soltura del mejor funambulista.

Con el actual ritmo de vacunación, un sencillo cálculo matemático optimizado arrojaría no más de cinco millones de españoles antes del verano. El ministro candidato y su escudero Tezanos a lo suyo y los jueces catalanes enredando con el calendario. Los del Supremo defendiendo, con un insólito escrito, su independencia con respecto al Ejecutivo y la separación de poderes. La UE aclarando
responsabilidades que no son suyas en cuanto al IVA (primero de las mascarillas, después de la luz) y alertando de derivas autoritarias. PSOE y Podemos votando contra Guaidó en el parlamento europeo mientras Iglesias humilla al exilio republicano con la comparación del delincuente Fraudemont. Okupas e inmigrantes ilegales -en ocasiones coincidiendo- a sus anchas ... Y así, una retahíla de vértigo.

Ha resultado llamativa la cantidad de preceptos anulatorios de la llamada era Trump que ha firmado Biden tras tomar posesión. No será menor la que tendrá que firmar el presidente de un gobierno sensato que algún día sucederá a éste, para deshacer tanto entuerto de la era sanchista.