13 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

× Home España Medios Tribunales Opinión Estilo Chismógrafo Deportes Tecnología Tvcine Economía M. Ambiente ESdiario TV Mundo C. Valenciana Vanidad
Y llegó el día en que Trump se encerró en su búnker

Una ola de indignación recorre el mundo

No solamente en Estados Unidos las manifestaciones pacíficas han convivido con violentos disturbios y saqueos

El coronavirus ha hecho buena la máxima de Mafalda, según la cual lo urgente no deja tiempo para lo importante. Sin embargo, lo importante acaba por abrirse camino cuando la urgencia se va disipando y nuevos hechos vuelven a poner sobre la palestra la cuestión postergada.

 

La reciente muerte del afroamericano George Floyd durante su detención por parte de la policía, uno de los cuales le clavó la rodilla en el cuello hasta su fallecimiento por asfixia, ha disparado una oleada de indignación que se ha extendido como la pólvora por Estados Unidos y que amenaza con dejar en una mera anécdota la reacción ante la brutalidad policial empleada contra el también afroamericano Rodney King en 1991.

 

La mayor de las minorías norteamericana lleva décadas siendo doblemente castigada por una peor posición económica y social y unas expectativas bastante poco halagüeñas en lo que al trato de las fuerzas del orden se refiere. King o Floyd son, desgraciadamente, dos nombres más de una larga lista de abusos policiales que han estigmatizado más si cabe a una población vulnerable.

 

La presunción de inocencia no existe para ellos. Sólo poder demostrar fehacientemente y sin ningún género de dudas su inocencia, como el hombre que el pasado mes de mayo grabó como una mujer blanca le acusaba falsamente de amenazas mientras llamaba a la policía, lo que provocó el despido de esta última e incluso que perdiera el perro que paseaba, es garantía de justicia. Pero, en realidad, la justicia habría estado en no ser presumido culpable tras una acusación.

 

Como ya se ha visto antes, no sólo en Estados Unidos las manifestaciones pacíficas han convivido con violentos disturbios y saqueos, provocados por indignados oportunistas cuya brújula moral está, como mínimo, dañada. Dudo mucho que la violencia, y menos la destrucción indiscriminada y el saqueo, sean respuestas razonables. Encuentro mucho mejor el pacifismo y los testimonios de apoyo de figuras de autoridad, como el propio expresidente Obama.

 

Donald Trump, cada vez más arrinconado e impopular, pese a mantener unos niveles de apoyo sorprendentemente altos, pero no lo suficiente para una reelección, no parece querer comprender el problema de fondo que subyace a la ola de indignación popular que ha llevado las protestas frente a la propia puerta de la Casa Blanca y obligado a que se tuviese que refugiar en el búnker que se encuentra bajo esta.

 

La militarización de la respuesta a los manifestantes no es inteligente y, además, ha abierto grandes brechas con el ejército estadounidense, habitualmente silencioso y poco dado a encontronazos abiertos con las autoridades civiles. Intentar resucitar la Insurrection Act de 1807 para poder desplegar el ejército en las calles es algo inaceptable fuera y dentro del estamento militar, que se lo ha hecho saber.

 

Difícil resulta hacer pronósticos sobre la evolución de estas protestas. Sería positivo que sirvieran para visibilizar de modo definitivo el problema del racismo, que no es exclusivo de Estados Unidos, y sensibilizar a las nuevas generaciones y las ya maduras sobre esta lacra.