14 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Entre plaguicidas y nitratos ¿es segura el agua que bebemos?

La Química, amigos, no es el problema, es la solución, pero para que el desarrollo que propicia sea sostenible estamos obligados a tomar decisiones ingratas.

| Enrique Vaqué Edición Valencia

La persistencia del problema de los nitratos en aguas potables y las periódicas alertas por la detección de plaguicidas en los acuíferos de algún punto de nuestra geografía hacen preguntarse legítimamente al ciudadano si el agua que bebe es sanitariamente segura.

Hay hombres y mujeres en nuestro Colegio que conocen la calidad de los acuíferos casi pozo por pozo y nos aseguran que no hay nada que temer. Pero esto no significa que la gestión que está haciendo la Generalitat para acotar este problema esté siendo eficaz ni mucho menos sostenible.

Vamos por partes:

Los nitratos se empezaron a detectar a finales de los años setenta del pasado siglo. Son, por lo tanto, un viejo enemigo, predecible, detectable con tecnología analítica de dificultad baja y bastante localizado, pero terriblemente persistente y acumulable. Lenta pero inexorablemente, avanzan.

Los plaguicidas (y especialmente los herbicidas) plantean, en cambio, problemas de campo equivalentes al que enfrentaron los norteamericanos en Vietnam: un adversario difícil de detectar que nunca sabes exactamente por dónde ha venido, que te enfrentas a varias generaciones (porque estas especies químicas se degradan en el medio generando nuevos tóxicos) y, lo que quizá sea peor: cuando creías haberlos erradicado, vuelven misteriosamente. La buena noticia es que los más recientes son biodegradables y tienen por lo tanto un plazo de extinción cierto.

Este problema es particularmente grave para los municipios que geográficamente no forman parte de área metropolitana de Valencia (la ciudad y la comarca de l´Horta) o del sistema de La Ribera donde disponen de ETAPs para el tratamiento de aguas superficiales procedente de los ríos Turia y Júcar.

Por todo lo anterior, la supervisión de los plaguicidas requiere programas de campo y de laboratorio sumamente flexibles que tienen un elevado coste. Esto es porque hay que adaptarse a los períodos de aplicación, utilizar muestras del medio más adecuado (agua, sedimentos, biota), aplicar métodos analíticos complejos para alcanzar los niveles de detección y distinguir entre los plaguicidas “históricos” de los que se están utilizando en el presente. Requiere, en suma, una estrecha colaboración entre las Consellerías de Agricultura y de Sanidad.

Ahora bien, nos consta que la Administración Autonómica dispone de los medios necesarios. ¿Qué falta, entonces?

Falta concienciar a la ciudadanía de que la preservación del Medio Ambiente es obra de todos y de que tiene un coste legar a nuestros hijos un entorno viable. Falta exigir a los ayuntamientos que actualicen los métodos de potabilización de las aguas municipales (y que sean, de paso, los primeros en cumplir escrupulosamente las reglas de aplicación de plaguicidas en su ámbito). Falta un control exhaustivo de los vertidos de las depuradoras municipales.

Todo esto tiene un coste político que la Generalitat tiene que asumir si quiere cumplir con sus compromisos con los ciudadanos de hoy y con las nuevas generaciones.

La Química, amigos, no es el problema, es la solución, pero para que el desarrollo que propicia sea sostenible estamos obligados a tomar decisiones ingratas.

 

Enrique Vaqué Urbaneja

Decano Ilustre Colegio de Químicos de la C. Valenciana