26 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Nuestra chusmización

Sus poltroneces nos quieren chusma. Nos quieren proletarísimos y tan obedientes que nos amontonemos por la mañana en el tren para producir y nos arriesguemos luego en la taberna para gastar.

| J.V. Yago Edición Valencia

Sale, como en fuga consciente o inconsciente, del subconsciente. Sale de vez en cuando, esporádica, sorpresiva, casi disimuladamente, de alguna boca prócer —esos próceres de boca taimada, calculadora, y de cometido incierto, desdibujado, que pululan por las altas esferas internacionales—: “el mundo atraviesa el período sin guerras más largo de su historia”. Y suena como congratulación, si le pilla desprevenido a uno; aunque suena también, sobre todo si acaba uno de ver el desinformativo de TVE, con cierto matiz de alarma o lamento. Suena como aquella frase lapidaria sobre los viejos que las malas lenguas atribuyen a Christine Lagarde, la jovencísima presidenta del Banco Central Europeo.

Sólo dicen, para justificar el riesgo sanitario, que si no salimos no comemos. Y la horrible sospecha de una intención oculta, de una trastienda tenebrosa, de un albañal mefítico sobrevuela nuestro aturdimiento.

Se deja uno atrapar entre las garras del otoño incipiente, o se acomoda en la mecedora de la intuición, y ve al dinero conturbado, mohíno, pensativo, irresoluto: desatar una guerra entre naciones civilizadas no es tan fácil hoy como lo fue hace un siglo; no sale así como así la jugada maestra, el chilindrón diplomático de la conflagración masiva, de la debacle mundial, de la muerte y el derribo que, perversamente gestionados, aseguran dos o tres décadas de reconstrucción y prosperidad. El gentío nace toreado, y pone pies en polvorosa cuando escucha ecos, no ya de reclutamiento, sino del más mínimo compromiso. De ahí que al poderoso caballero no le llegue, de un tiempo a esta parte, la camisa al cuerpo. Tiene planteado, en su pizarrón de las ecuaciones complicadas, el dilema, el enigma, el ovillo prieto que lo viene torturando en los últimos años, y no acierta con el cabo que lo desmadeja: cómo reducir la población y abrir solares a mansalva. Y se queja, y se aflige, y lo deplora, pero con fórmulas crípticas y baladros ambiguos, en los foros diplomáticos de infructuoso debate y menú copioso. Hay que hacer algo con esta masa díscola. Puesto que ni las modas ni los egoísmos la reducen, es urgente devolverle su docilidad, su permeabilidad y su implicabilidad. Y se definen, como al desgaire, como el que no quiere la cosa, las directrices generales. Y se cuelgan, para que vayan curándose y tomando cuerpo, en los dejos de una frase, de una sentencia, de un mal augurio, de un mármol, de un bronce. Luego es el turno de cada país, de cada gobierno, que se dan por aludidos y gestionan como pueden lo mandado. Toca, por tanto, hablar de lo nuestro, de lo de aquí, de las medidas, arbitrios o improvisaciones, pero siempre dobleces con que la casta delirante de la poltrona da curso al aullido crematístico. Y es tan voluntariosa, es tanto su deseo de agradar que cada día sale con algo. Esta vez ha sido la sensación —vamos a dejarlo en sensación— de que utilizan la pandemia como arma, como herramienta, como ariete, como excusa; de que se fingen preocupados por la salud colectiva y por la economía, y ante la disyuntiva del hambre o el contagio nos dejan trabajar, si bien un poco a pelo, a la remanguillé, a ver qué pasa, mientras nos observan con gesto paternaloide y mirada expectante. La inmensa maquinaria burocrática, el enorme armatoste administrativo necesita, para seguir engordando, sacarnos el jugo. Pero eso no lo dicen. Como tampoco dicen por qué no hacen test a todo quisque. Sólo dicen, para justificar el riesgo sanitario, que si no salimos no comemos. Y la horrible sospecha de una intención oculta, de una trastienda tenebrosa, de un albañal mefítico sobrevuela nuestro aturdimiento. Y la nebulosa imagen —duermevela televisiva, borrachera digital— de una vereda infame o una ciénaga de incertidumbres a la que nos abocan. ¿Quién les empujó a tan monstruoso escenario? ¿Su instinto de supervivencia sinecurista? ¿El demonio? ¿Lagarde? Todo está envuelto en un halo de misterio, en un vapor de recelo, en un hollín viscoso que nos deja en el cerebro pegotes de conjura y chorrones fantasmagóricos. La única manifestación reconocible de tan diabólico ectoplasma es el afán, ya consuetudinario e indisimulado, de plebeyizarnos y populachizarnos; de reducirnos a la dimensión material; de convertirnos en proletarios temerosos y sustituibles. Nos quieren menestrales y obreros, artesanos y tarugos, con la chola tolondra, el cuerpo regalado y el alma en barbecho, para que vivamos bajo el imperio de la carne y del soviet supremo.

Nos quieren menestrales y obreros, artesanos y tarugos, con la chola tolondra, el cuerpo regalado y el alma en barbecho, para que vivamos bajo el imperio de la carne y del soviet supremo.

El último infundio es que faltan graduados en FP, cuando lo que faltan son médicos, enfermeros, arquitectos e ingenieros. Faltan universitarios y faltan vocaciones; falta mentalidad humanística en el doctorado y en la fontanería, en la biología molecular y en la inmobiliaria. Espíritu de superación y conciencia del propio valor —eso que llaman autoestima—. No somos prescindibles, ni borregos, ni piezas de ningún sistema: somos cada uno de nosotros con su nombre y apellidos, y nuestro espíritu, y nuestros talentos, y nuestras ganas de mejorar el mundo en la medida que nos lo permitan las circunstancias. De modo que menos humos tengan vuesas marrajas mercedes; menos insultarnos la inteligencia con su chalaneo sociológico y su falacia permanente; menos tasajos de comunismo rancio y simpatizurronería estomagante; menos engaño, menos doble rasero y menos pizpiretismo. Dejen sus haraganeces de intentar volvernos chusma, que lo mismo será cansarnos que salir voacés de la España con tanta premura o más que Pepón Botella.