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Que vienen los nazis

TVE vive una furia documental, una obsesión por divulgar, por prevenir, por conjurar, por exorcizar el espanto nazi que, al parecer, no terminó en 1945, sino que ha perdurado

| Juan Vicente Yago Edición Valencia

Una mentira que se repite mil veces acaba convertida en verdad”, afirmaba, ebrio de cinismo, allá por 1940, Joseph Goebbels, ministro nazi de propaganda; y bombardeaba las acogotadas conciencias de los alemanes con patrañas engañosas, capciosas, afiladas e insultantemente simples, auténticos rejones ideológicos que surtían efecto, en un terreno predispuesto, a base de machaconería.

Me viene al pensamiento el subnormalísimo teutón, aquel zambo de letra diminuta y complejos enormes, porque su lema sociológico parece tener hoy continuidad en Televisión Española, que lleva meses emitiendo, misteriosa e incesantemente, un aluvión de documentales en blanco y negro, una tromba de monografías audiovisuales acerca del holocausto nazi, de la vesania nazi, de la locura nazi, de las esquizofrenias que la fiebre nacionalsocialista hizo perpetrar a individuos intelectualmente sanos.

No está mal que se recuerden las atrocidades del pasado, por aquello de que no se vuelvan a cometer: las del tercer Reich y las del soviet supremo; las de Hitler y las de Stalin; las del Che, las de Castro y las de Mao; las de Franco y las de Lenin; las de Auswitz y las del gulag. Que se recuerden las checas y los «paseos».

Pero un miasma esotérico, una humareda selectiva descompensa la proporción; una extraña niebla serpentea por el entretenimiento, repta bajo los contenidos televisivos, haciendo que resbalen hacia la tiniebla goebbeliana. Nos abruman, un día tras otro, con la porfía, el análisis y el pormenor de las mil y una barbaridades del nazismo. Nos las embuten, con rigor filosófico, diligencia servil y puntualidad nórdica, después de la cena, y siempre con alguna pincelada, con algún toque, con alguna salpicadura —durante los resquicios del autobombo, los recordatorios de la programación y los flashes completamente arbitrarios— que relacione aquello con la Iglesia. Como si no supiéramos de sobra que los nazis, endemoniados por antonomasia, bufaban de horror y despecho al ver sotanas. Pero insisten, con la insistencia morbosa, obsesiva y deforme —¿qué tenía de ario?— de Goebbels; compartiendo con él su inquebrantable confianza en la repetición, en la tabarra, en el incordio.

Contrasta y despierta sospechas, como si tanto documental y tanta mandanga nazi fuera el camuflaje, la contramedida, el despiste burdo para que miremos a otro lado mientras nos arrojan encima un reich comunista, un gulaguismo rampante, un panteísmo dictatorial

La diferencia es que nos repiten una verdad, en lugar de una mentira; que glosan hasta la náusea un episodio terrible, funesto de la historia, y lo presentan de variadas maneras, desde numerosos puntos de vista, dando la impresión de que todos los horrores fueron ése, de que todas las pesadillas del siglo xx fueron una y única, desdibujando las otras y diluyéndolas en una ensaladilla deliberada. Televisión Española vive una furia documental, una obsesión por divulgar, por prevenir, por conjurar, por exorcizar el espanto nazi que, al parecer, no terminó en 1945, sino que ha perdurado, escondido en los albañales, y se aproxima de nuevo tapado con estameña verde. No está claro, sin embargo, que las antiguas fórmulas propagandísticas de Goebbels funcionen hoy como funcionaron ayer. El público es distinto.

No analiza ni asimila demasiado ninguna consigna, por mucho que se le repita. No escucha; y, si lo hace, no comprende. La reiteración, pues, la cansa. Tanto apocalipsis nazi le da ganas de Netflix, a ver si echan algo de apocalipsis zombi. Hitler no está de moda; lo que gusta, lo que arrasa entre la multitud ignara y embrutecida por los bodrios de Seagal, Norris y Bronson, es zombilandia.

Quizá si emitieran algo sobre las mortíferas hambrunas maoístas y stalinistas; si explicaran por qué pasan gazuza, desde hace décadas, los habitantes de Cuba y Venezuela; si desvelaran, con el esplendor detallista que se gastan para desvelar las monstruosidades de Josef Mengele, Sigmund Rascher o Heinz Tilo, las negras maniobras de las checas republicanas, o las refinadas torturas bolcheviques, o los pavorosos ensañamientos stalinianos, pudiera suceder que, por contraste, por variación o por lo que fuera, la descomunal trulla televidente se tomase algún interés.

Desde las zahúrdas en que fermentan los contenidos de la nueva televisión pública nos endiñan, una y otra vez, el mismo fragmento de verdad, la misma verdad aislada, el mismo capítulo de la historia; nos aplican su emulación particular del método Goebbels, del tostón Goebbels, de la subnormalidad Goebbels —Goebbels, caligrafía constreñida, espíritu acongojado, narcisismo frenético, rostro escrutador y grito vacío, era sub- en todo—.

Nada complace más a un comunistón que la mesa bien servida, la ropa lavada, el billete de primera, el chófer cobista, el dinero a buen recaudo, la reverencia del mucamo y la dacha impecable.

Contrasta la súbita monomanía de la televisión pública, unívoca, dogmática, propagandística y tiránica con el imaginado y casi fantasmagórico regreso del fascismo. Contrasta y despierta sospechas, como si tanto documental y tanta mandanga nazi fuera el camuflaje, la contramedida, el despiste burdo para que miremos a otro lado mientras nos arrojan encima un reich comunista, un gulaguismo rampante, un panteísmo dictatorial —con la cara de Greta y la corambre vieja y fuliginosa de Aqueronte—, un imperio inverosímil de amazonas amargadas, hombrunas y castradoras, un despropósito cualquiera de los muchos que pueden segregar las anti-/sub- doctrinas libertarias y neoburguesas del postpoder.

Nada complace más a un comunistón que la mesa bien servida, la ropa lavada, el billete de primera, el chófer cobista, el dinero a buen recaudo, la reverencia del mucamo y la dacha impecable. Y sobre todo que no se le vea venir, con el desafuero en ristre, a reventar la puerta; que no se note su absoluta indiferencia por la gestión; que no se descubra el garrote que lleva entre los pliegues del discurso hasta que tunda con él —con el garrote o con el discurso— el costillar de la plebe; que no se atisbe ni por asomo el tijerazo que oculta en la manga para cortar la faltriquera del contribuyente. Pero cuidado, que vienen los nazis.