| 13 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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El disfrute

El prurito del disfrute ha llegado a tanto que las privaciones de una pandemia planetaria lo han avivado en lugar de mitigarlo, Disfrutar el doble para compensar el ascetismo del encierro

| Juan Vicente Yago * Edición Valencia

Como ya no es vivir hondo sino vivir fofo; como hay que gastarse y gastarlo todo en uno mismo; como se ha entronizado el instante; como la posteridad ya no cuenta; como se cultiva la caducidad y se huye la trascendencia; como brilla el espejismo y rechina la responsabilidad; como no se quiere dejar huella, dejar algo, dejarse un poco, al final ha quedado, en este mundo que acaba, la diversión.

El disfrute da el tono; el goce marca tendencia; el refocile rige con mano de hierro la existencia mediocre de las últimas generaciones, para las que nada tiene valor al margen del solaz. Disfrutar y disfrutemos, que si trabajamos y nos afanamos padecemos, nos alejamos de la bagatela y contravenimos de gravedad el imperio inapelable del hedonismo.

El prurito del disfrute ha llegado a tanto que las privaciones de una pandemia planetaria lo han avivado en lugar de mitigarlo. Disfrutar el doble para compensar el ascetismo del encierro. Es curioso que la consigna del momento, en este primer cuarto del siglo xxi, sea la misma que la del primer cuarto del siglo xx: disfrutar.

Incluso compartimos la circunstancia epidémica. El gripazo español, en aquellos rijosísimos veinte, no hizo reflexionar a los europeos, como el Covid no ha mermado, en los veinte actuales, el delirio colectivo. En los dos inicios de siglo ha primado el gomorrismo, la sensualidad, el abandono del espíritu y el nulo escarmiento aun con la muerte danzando en derredor.

Sólo hay diferencias tecnológicas entre la lubricidad 1900 y la porcachonería 2000, a pesar de las guerras mundiales y los cataclismos varios que han sacudido el intervalo. No hemos aprendido nada en cien años. Y parece que tampoco aprenderemos en el futuro.

De momento estamos tan ciegos que, sin haber dejado atrás la pandemia y con el único agarradero de una vacuna, volvemos a las andadas. Comportamieno estúpido a más no poder, pero no extraño en una especie a la que no infunden sencillez, humildad y empatía ni las atrocidades de la guerra ni las hambres, los bombardeos, los terremotos, los huracanes y los virus. Nada nos arredra. Diversión y entretenimiento; disfrute, chifladura, ofuscación y culto al ocio.

Faltan camioneros y camareros, albañiles y mozos de almacén, temporeros y profesores de bachillerato: son trabajos que requieren más tiempo del que pueden dedicarles las masas disfrutadoras; oficios que no se pueden ejercer entre gimasio y tardeo. Ahora lo que se lleva es maestro/a/e/i de primaria o subvencionadura; sumas y restas por la mañana y la tarde libre para los absorbentísimos quehaceres del asueto.

El homo-disfrutensis, acuciado por la opresión del confinamiento y las cortapisas de las restricciones, hallará pronto la piedra filosofal, el chilindrón, el repóker, la manera de vivir sin trabajar, de atravesar la existencia sin ideales, ni valores, ni proyectos, ni esfuerzos, ni sacrificios, ni aportaciones, ni más objetivos que la pura diversión.

Culminará la rebelión de las masas llegando al cénit, al colmo, a la cumbre del disfrute. La vida se irá en disfrutar y consumir, cantar y bailar, comer y viajar, subir y bajar sin sentido ni satisfacción en un círculo vicioso de vértigos y vacíos, en un paroxismo de histeria y aturdimiento.

Se acabarán —están acabándose ya— las vocaciones, las ilusiones, el gusto por el trabajo bien hecho y la sensación de ser útil. Todo lo eclipsará el ansia de parranda, la necesidad, la urgencia y la obsesión de acabar pronto, cobrar enseguida y ofrendar las horas muertas al disfrute, a la diversión, a la engañifa del refocile y a la podredumbre de la holganza.

La lectura será placer o no será; prescindirá de la lucha intelectual por la comprensión, que tanto atractivo le resta, y descartará los libros densos y jugosos, excesivamente arduos, cuyo provecho requiere algo más que mero divertimento. El cine se volverá elemental, simple, instintivo: acción y espectacularidad sin mensaje.

Las relaciones humanas no exigirán compromiso, ni lealtad, ni correspondencia, ni siquiera verdad; serán todas capricho, conveniencia y egoísmo —sólo faltaba—, y no habrá sitio para nada que implique desgaste, molestia o atención. La enseñanza será —es ya— juego, permisividad y aparcadero; y la política humorismo y pasatiempo.

Seremos felices y comeremos perdices, porque la cosa es disfrutar, el caso es divertirse, y lo sustancial —eso tan incómodo y abstruso— cuanto más lejos mejor. En la era del disfrute no hay sitio para caras largas, preocupaciones ni escrúpulos. En el siglo pandereta los teléfonos móviles cuelgan de los matorrales, los aprobados llueven, la comida es gratis y el dinero, la paguita, el uniforme, la vivienda, la cartilla y la esclavitud los da el gobierno, la cúpula, el partido, el comité a través de las oficinas regionales, comarcales y locales. En cuanto al criterio, viene de regalo con la trepanación audiovisual. A disfrutar.

*Escritor. Puedes contactar con él en el correo juviyama@hotmail.com