| 14 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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De izquierda a derecha,  Sansón, Moisés, Patricio y Ferdinand, los toros del santuario Compasión Animal que esperan la llegada de Pepe.
De izquierda a derecha, Sansón, Moisés, Patricio y Ferdinand, los toros del santuario Compasión Animal que esperan la llegada de Pepe.

¿A quién le importa Pepe?

No deberían de subestimar a las organizaciones de defensa animal, porque, pese a la adversidad, están rompiendo inercias

| Raquel Aguilar * Edición Valencia

 

Pepe es un ternero.

Pepe vive en una granja escuela que, como consecuencia del estado de alarma y el obligado cese de la actividad escolar presencial, ha cerrado sus puertas y su propietaria dice no poder mantenerlo (sobre ésto, pese a ser una cuestión relevante, ya hablaré en otra ocasión).

Pepe ha sido donado a un Santuario, Compasión Animal, uno de los más importantes del país, ubicado a algo más de 100 km de la granja escuela.

Sin embargo, pese a pertenecer ahora al santuario, Pepe lleva casi un mes esperando ser trasladado a sus instalaciones.

¿La culpa? La falta de empatía de la administración y su demasiado lenta capacidad de integrar nuevos paradigmas que nuestra sociedad ya ha incorporado.

La Generalitat Valenciana, aferrada a su lógica antropocentrista, no es capaz de entender que cada vez somos más las personas que asuminos que los animales son alguien a quien respetar y no algo que utilizar.

No es capaz de entender que un santuario de animales no es una granja y que sus animales nunca serán explotados.

No es capaz de entender que hay personas que dedican su tiempo y sus recursos a trabajar por los animales, con la única contraprestación que hacer de éste un mundo mejor, también para ellos.

Y lo que es más grave, desatienden la demanda que hace un sector de la población cada vez mayor: respeto y dignidad, también para los animales.

Hace ya décadas que nuevas formas de entender nuestra relación con los otros animales se han normalizado en nuestra sociedad.

Y una de esas realidades, una demostración de que para los animales considerados por la administración “de granja” hay alternativas, es la existencia de santuarios, espacios donde estos refugiados (sí, refugiados, porque fuera de esos lugares su destino está escrito de miseria, dolor y sufrimiento y tiene por punto final la muerte) pueden tener nombre, ser tratados con respeto y vivir una vida, la suya, con dignidad.

Por eso un santuario no es una granja.

Porque sus cuerpos nunca serán una mercancía, porque sus cuerpos nunca acabarán en un plato, porque sus cuerpos nunca serán el negocio de quienes generosamente han renunciado a una vida de privilegios para poner a salvo la vida de otros, aunque no sean humanos.

Y como no es una granja, no se puede seguir aplicando la misma legislación que a las granjas.

De hecho, Compasión Animal está registrado en la Consellería de Agricultura como un “centro de animales abandonados o perdidos para bóvidos, caprino, cerdos, équidos, gallinas, ocas, ovino, patos y pavos”, algo bastante alejado de una explotación ganadera.

Por cierto, por si no lo sabes, las ganaderías de lidia están exentas de procedimientos obligatorios en granjas que sí se están exigiendo a Compasión Animal.

Cuanto menos resulta curioso este trato preferente para quienes viven a costa de la tortura de animales y esta falta de sensibilidad con quienes no piden a la administración otra cosa que les dejen seguir salvando vidas, como la de Pepe. 

Hace ya tres años que PACMA registró ante la Generalitat Valenciana una propuesta desarrollada para que la ley de protección animal de la Comunitat Valenciana contemplase la figura de los santuarios. Durante estos tres años, no es que la administración valenciana no ha tenido tiempo de aprobar una ley de protección animal decente y adecuada a las demandas sociales actuales, es que ni siquiera ha tenido tiempo de modificar la ley actual para incorporar este reconocimiento.

Esa misma administración en cambio sí ha tenido voluntad para modificar la ley de caza (eso sí, por la puerta de atrás, en la ley de acompañamiento de presupuestos, para que no podamos alegar) y complacer a los cazadores, cuyo número de licencias cae año tras año.

Está claro que, como dice el refrán, hace más quien quiere que quien puede.

Y de momento, ciudadanía y organizaciones de defensa animal vamos ganando. Y no deberían subestimarnos, porque pese a la adversidad, estamos rompiendo inercias.

Inercias como las que, de momento, impiden que hoy Pepe esté en el santuario.

Aunque no me cabe ninguna duda que la Conselleria de Agricultura va a tener que romper esa inmovilidad, como ya se ha hecho en otras autonomías.

Porque, de no ser así, demasiadas personas la recordaremos siempre como la administración que privó a Pepe de la vida que cualquier ternero soñaría. Una vida en el Santuario Compasión Animal.

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia