04 de Marzo de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Los indignados indignantes

Los que vinieron a imponer justicia populachera y a recuperar la decencia que los liberalotes habían arrebatado a la política, permiten, ahora que cabalgan poltrona, el rejonazo energético.

| Juan Vicente Yago Edición Valencia

Los indignados ésos que tanto lo estuvieron o fingieron estarlo—; las juventudes robinhoodianas, que dispararon su metralla cinicomarxista contra los bancos y las eléctricas; los paladines de los pobres; los defensores de la «gente», del pueblo llano, de la plebe, de la chusma, que vinieron a imponer justicia populachera y a recuperar la decencia que los liberalotes habían arrebatado a la política, permiten, ahora que cabalgan poltrona, el rejonazo energético en plena ventisca, dejan que sucumba la industria del automóvil, preparan la mayor estocada fiscal de la historia, reparten corbatas por gruesas y disfrutan intensamente las tres ches de la casta chalé, coche oficial y despachoque antaño anatematizaron.

Es evidente que llegarán a lo máximo, que reventarán sin paliativos las plusmarcas del bolchevismo, el madurismo y el castrismo en las modalidades de mistificación democrática y prebostazgo mayestático.

Y mientras persiguen el chilindrón anarcoide se quedan vacunas en el congelador, aguardando que las ponga el sistema repúblico de salud porque los gobernantes no han aceptado hasta el momento y quizá nunca lo acepten el apoyo de la sanidad privada; se ponen los guarismos al rojo vivo y no regresa el confinamiento porque supone remunerar desempleados, gastarse la guita de los contribuyentes en los contribuyentes, y eso sí que no.

Porque ahora los indignados —aquéllos que lo fueron o lo fingieron— resultan indignantes. Han roto el decorado fabril y currante

El gasto y el desgasteque lo pague Ayuso, pepera de campanillas y encima presidenta redomada. Ellos, los adalides de la patria, no se apartan de lo suyo: la parola y el barroquismo dialéctico, la denuncia compulsiva y la tergiversación sistemática, el embuste audiovisualoide y la visita, cámara en ristre, a la Cañada Real, uno de tantos corrales donde interpretan la farsa de la filantropía, el entremés del escándalo y la mojiganga de la indignación. Cualquier catástrofe sirve para señalar con dedo inquisitorial quizá el mismo que no cesa de nombrar paniaguadosa la presidenta matritense.

Para señalarla y nada más, porque no se ha visto en lugar alguno el barracón libertario del auxilio social, como tampoco se ha visto un banco de alimentos, un comedor social, un asilo de pobres o un ropero de caridad regentado por el partido de la gente, ni a las hordas antidesahucio abonando el alquiler de sus protegidos en lugar de organizar peloteras. Mucha ideología y pocos hechos. Mucho silogismo carcomido, mucha extemporaneidad, mucho de boquilla y nada en absoluto de coherencia.

Los médicos han sido los primeros en rebelarse contra tanto despropósito, dejando que hospitales privados acojan pacientes al margen de las autoridades entre otras cosas porque, al fin y al cabo, las únicas autoridades competentes en el asunto de la pandemia son ellos—. Pronto les imitarán otros, en vista del encono, de la obsesión, del delirio ideológico que tiene patidifuso al politburó. Será un impeachment popular, una rebelión contra los rebelados, una indignación contra los indignados. Porque ahora los indignados aquéllos que lo fueron o lo fingieronresultan indignantes; porque pasan de puntillas, o directamente de largo, junto a los problemas que nos acucian, y solamente les importa que prosiga su labor de propaganda, su revuelta demodé, su parola de falansterio y proletariado, su patriotismo demagógico y su política de pega. Como si no hubiese ocurrido nada tras la moción de negrura.

Cuando recogieron el acta no eliminaron los aforamientos, ni redujeron los carguetes, ni se bajaron el sueldo ni se preocuparon de la pandemia

Que no ayude la UME allá donde su presencia molesta; que no vacune la sanidad privada porque de la pandemia sólo puede sacarnos la pública; que sea el soviet supremo el que asigne centros escolares, no sea que los padres esos matrimonios católicos, burgueses y con aire de propietarioselijan colegio privado; que nadie informe al margen de los medios estatales; que brillen, y mucho, las gestas del revanchismo apolillado; que refulja lo público, lo repúblico, lo antimonárquico y lo anticlerical. Que viva la republicona violeta. Los indignados indignan porque han roto el decorado fabril y currante, y el respetable ha visto a su través el atalaje oligárquico, tiránico y arbitrario; porque lo llaman escrache para ellos y jarabe para ti; porque aprueban cincuenta y pico millones para financiar los partidos y no adecentan la famosa Cañada.

Nos indignan los que se llamaron aunque nadie sabe si lo fueronindignados; los que traían el método asambleario y el fin de los privilegios pero cuando recogieron el acta no eliminaron los aforamientos, ni redujeron los carguetes, ni se bajaron el sueldo ni se preocuparon de la pandemia. Ya les vemos venir. Ya sabemos, por ejemplo, que jamás volverán a confinarnos, puesto que al hacerlo paga el estado y el personal no cotiza. Todos a trabajar, zamarros; a cotizar de lo lindo; a sostener el inmenso armatoste burocrático y el desorbitado vodevil político.

Ya sabemos que jamás volverán a confinarnos, puesto que al hacerlo paga el estado y el personal no cotiza

Si os habéis contagiado es porque no vais del trabajo a casa, porque no veis a todas horas el pantallón lobotómico, porque hacéis lo que os da la gana. Incluso hay, entre vosotros, peligrosos amotinados que denuncian lentitud administrativa en la inmunización, cierta pachorra intencionada; e insinúan, sin pudor alguno, que los científicos, con su extraordinaria eficacia, les han aguado el plan a los poderes fácticos del orbe, que buscaban el pleno empleo y el ahorro en las pensiones mediante una guerra mundial incruenta.

Son los conspiranoicos, gente desconfiada y emperrada en levantar alfombrotes, apartar cortinas y atisbar por el ojo de la cerradura. Uno, en cualquier caso, no se ocupa del zascandileo internacional; se contenta con señalar la irritante incoherencia de unos dirigentes que llegaron a serlo gracias a la indignación que sentían o aparentaban sentiry que ahora, sin el más mínimo recato, la provocan.