| 04 de Julio de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Mónica Oltra en su dimisión
Mónica Oltra en su dimisión

La fiesta terminó para Mónica ‘Evita Perón’ Oltra

El karma fue el invitado inesperado que ha apagado las luces de Oltra compartiendo destino con su odiado Camps. Se va como ascendió: entre cámaras, con un sonoro estruendo y cero autocrítica

| E. M. Edición Valencia

Mónica Oltra se va de la Generalitat Valenciana tras una carrera política que inició nada menos que con 15 años y de la misma forma con la que alcanzó fama nacional: con un sonoro estruendo, entre victimismo, reproches y cero autocrítica ante las cámaras de toda España.

Con un tono a lo Evita Perón o Teresa de Calcuta, donde ella ha venido a rescatar a los pobres valencianos porque sin ella los débiles están perdidos -"a mí lo que me duele es que la gente del pueblo se sienta abandonada", afirmaba-, ha mostrado sin embargo a la vez un carácter soberbio en el que, como en todo en Compromís, la culpa siempre es de los demás y nunca de ellos.

Presentándose como víctima del sistema y de los poderosos -nada nuevo bajo el sol-, Mónica Oltra ha mencionado hasta a Mariano Rajoy para atacar a la Justicia en su comparecencia y a la corrupción de la que ella se ve como adalid, aunque no ha mencionado a Francisco Camps con el que ahora comparte destino: la dimisión tras la imputación en el TSJCV y su salida de la Generalitat y del escaño. El karma, que dirían algunos.

 

Sin darse cuenta, Mónica Oltra ha acabado como aquel al que en su día pedía la dimisión, víctima de sus propias palabras. Devorada por el propio personaje que ella creó. Alucinante ha sido ese momento de ataque a los medios de comunicación, como un elemento más de esa conspiración de extrema derecha que ella sigue vendiendo y que se cayó como un castillo de naipes cuando el juez, la fiscal y el TSJCV, nada sospechosos de ser ultras, vieron indicios de delitos en Oltra por el encubrimiento de abusos de su ex marido a una menor tutelada.

Pero ella y sus más fanáticos seguidores siguen en su realidad paralela, como bien demostraron en la polémica fiesta, donde a Mónica Oltra poco más que hay que elevarla a los altares. En su comparecencia de dimisión se ha visto el auténtico carácter del personaje, en un paroxismo donde quien no comparte el argumento de "la cacería de la extrema derecha" es un aliado del fascismo.

El portazo de Mónica Oltra ha sido igual de ruidoso y teatralizado que su ascenso al poder entre chillidos en las Cortes Valencianas y camisetas de show, pero ahora con mucho menos público aplaudiendo al otro lado de los focos salvo sus más fieles. La que se creía, y se sigue creyendo, intocable porque vino a "rescatar personas", cae porque no supo proteger -o no quiso, eso ya lo dirá un juez- a un menor tutelada, Maite, uno de los eslabones más débiles del sistema que ella decía proteger pero que nunca ha mencionado -ni tampoco los que le apoyan- en sus comparecencias.

Quien por cierto crea que Mónica Oltra se ha ido, se equivoca. Ella sigue creyendo en su vuelta, que en 2023 en su partido irán a suplicarle ser su candidata y La Sexta le seguirá llamando como adalid contra la corrupción. Que Ximo Puig tendrá que volvérsela a tragar en un gobierno. Pero al igual que su archienemigo Paco Camps, aunque el caso -que ahora vuelve al juez instructor y abandona el TSJCV- quede archivado, agua pasada no mueve el molino. Pero Oltra intentará que la rueda corra.