12 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El presidente Pedro Sánchez en el acto de destrucción simbólica de 1.400 armas.

No tienen vergüenza

El déficit de vergüenza de un dirigente suele abocarlo al populismo. Y el déficit absoluto de vergüenza de un gobernante, al absolutismo político.

Por manido que resulte, es conveniente recordar de vez en cuando el primer principio de la termodinámica, o de conservación de la energía, que de forma didáctica suele enunciarse como que “la energía ni se crea ni se destruye; se transforma”. Naturalmente, de ello se deriva un sinfín de consecuencias aplicables al conjunto del universo y de la humanidad. No hay sector, por específico que resulte, ajeno a tan contundente enunciado. Tampoco criterios de tamaño o cantidad. En los
megaprocesos naturales o artificiales, o en el intrigante campo de la nanotecnología, la energía propia se encuentra sujeta a ese doble principio de conservación y transformación, normalmente simultáneo.

Otra cosa es la ausencia de energía. De lo que no hay nada se puede sacar, esto es una obviedad. “Dónde no hay harina todo es mohína”, reza el dicho popular.

La carencia de “honorabilidad” es defecto o patología menos frecuente de lo que algunos indicadores de actualidad parecen denotar. Al menos en las personas, porque las instituciones resultan más vulnerables en la práctica. La honorabilidad es un valor consustancial al ser humano, a la esencia del individuo y anida en el corazón del noble, con independencia de otros atributos circunstanciales. También se cultiva, con la compasión y el sentido de la justicia, con el amor al prójimo y el respeto al diferente. Fundamentalmente con el respeto por uno mismo. El honor y el embuste no resultan compatibles, y la mentira permanente como forma de supervivencia elimina de cuajo todo atisbo de honorabilidad.

Ahora que se acerca el lío de Semana Santa, se niegan en solitario y fingen unidad cuando se encuentran. Mucho judas en la misma mesa.

El “pudor” es un sentimiento más complejo, sujeto a la tradición y la costumbre, y por supuesto en el marco amplio de la diversidad de legítimas creencias y principios. También íntimo, y relacionado con la propia personalidad. Como con la moral, cabe carecer de él sin llegar a violentar al otro. Aunque su ausencia definitiva suele conducir a la inexistencia de empatía y la incapacidad para comprender el sentimiento ajeno.

Admítase “vergüenza” como resultado de una rara combinación de valores y sentimientos, entre los que honorabilidad y pudor cursan como principales. Del más elemental de los silogismos, que como tantas otras nociones han ido cayendo de los encerados (o de los plasmas) de Celaá, se deduce que nula honorabilidad y nulo pudor conducen a cero en vergüenza. El déficit de vergüenza de un dirigente suele abocarlo al populismo. Y el déficit absoluto de vergüenza de un gobernante, al absolutismo político.

Me agota esa información atolondrada en tiempo real, producida por unos y difundida por otros. Esos globos sonda, esos cambios de medidas, esas amenazas veladas. Ahora el baile de las cepas, desde la británica (no será relevante, Simón dixit) hasta la amazónica, y su afección en las vacunas. Y esos porcentajes imposibles que se retuercen y repiten para convertirlos en dogma. No tienen vergüenza.

Leña al padre y cucamonas al hijo. Diatribas del Vicepresidente Iglesias al Jefe del Estado ante quien prometió lo que a la vez ataca, la Constitución.

Ahora que se acerca el lío de Semana Santa, se niegan en solitario y fingen unidad cuando se encuentran. Mucho judas en la misma mesa. Se hostigan pretendiendo disimular la perversidad que les une y cohesiona. Buscan consuelo -de libro- señalando un enemigo común. Ora Vox, ora Ciudadanos, siempre el PP, etiquetados para cada ocasión con el recurrente e insólito calificativo de fascistas. Y es que no tienen vergüenza.

Con la Corona, triple salto mortal. Leña al padre y cucamonas al hijo. Peticiones al Parlamento, literalmente impresentables, de los socios del Gobierno. Diatribas del Vicepresidente Iglesias al Jefe del Estado ante quien prometió lo que a la vez ataca, la Constitución. Las vacunas de las Infantas … Es que no tienen ni pizca de vergüenza.

No me importa que copiaran a Uruguay, donde han gobernado un Sanguinetti y un Mujica (a ambos he tratado) bien distintos, con la liturgia trasnochada de las apisonadoras y las armas. Me importa la falta de honorabilidad al atribuirse una victoria ajena y colectiva. Me importa la falta de pudor al elegir tan oportunista fecha. Me importa la falta de vergüenza al verse sin la compañía natural de quienes por dignidad declinaron hacerlo. Me importa que el presidente Sánchez no tenga vergüenza, ni pudor, ni honorabilidad alguna. Me avergüenza que sea Presidente de España.