21 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El periodista Luis Motes, la ministra Carolina Daries y el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, durante el acto de homenaje a las víctimas de la Covid.

De ministros y expertos

Contamos con un gobierno sobredimensionado y sobreactuado, capitidisminuido e inactivo en la práctica política real.

Confieso que me he enterado de la existencia de la ministra de Política Territorial, Carolina Darias, con motivo del acto -pelín cursi como es habitual cuando la izquierda pretende ponerse trascendente- de recuerdo a los valencianos víctimas de la pandemia, celebrado en el Umbráculo de la Ciudad de las Ciencias y las Artes (la pieza a mi juicio más interesante del conjunto de Santiago Calatrava) la víspera del 9 d`octubre. Siquiera soy capaz de enunciar el organigrama completo de este gobierno sobredimensionado y sobreactuado, capitidisminuido e inactivo en la práctica política real. (También del nombre y trayectoria de la flamante autora, al parecer por encargo, de la emblemática escultura seleccionada a tal efecto)

No he sabido cuáles dos no pudieron acompañarnos en el Acto institucional de Sant Dionis, entretenidos en el singular estado de alarma para Madrid, en la descarada confrontación con la presidenta de la Comunidad, y menos rápidos que la colítica ministra Celaá y su ya famosa escapada a Bilbao (los irresponsables somos siempre el común; ellos son los chulos). Lástima, porque tratándose de nuestro particular día de los enamorados, pudiéramos haber iniciado con ellos, como en Casablanca, una gran amistad.

Aunque no ha sido en Casablanca sino en Argel y en torno al gas natural, donde nuestro semoviente presidente ha conocido la noticia y ha ordenado a sus esbirros poner en marcha un nuevo episodio de asedio a la resistencia madrileña. “Más madera”, que no es exactamente lo que dijo Groucho en su conocida película sobre el oeste americano, pero pudiera resumir la estrategia de D. Carlos en el manifiesto escrito con su colega (¿amigo?) Friedrich.

El próximo martes -martes y trece- disertará el bueno de Campo (¿justicia?) en nuestro brosetiano Club de Encuentro. No podré asistir … pero tampoco si lo hiciera le preguntaría por amores (¿Batet? ¿los ERES andaluces de su propio gobierno?) o desamores (¿la Monarquía parlamentaria? ¿la independencia del poder judicial?). “No hay mejor desprecio que no hacer aprecio” se empeñaba en inculcarme mi santa madre que, por suerte, no tuvo que padecer a esta panda.

Hay unos pocos que conocemos más por sus pillerías y apodos que por su efectividad y sus méritos. Encabezados por Illa, alférez de complemento, mamporrero de excepción para la coyunda de los separatistas en la investidura de Sánchez, filósofo por estudios aunque ignoto por ágrafo en la comunidad científica, y a la postre mentiroso compulsivo en lo sanitario. También por sus habilidades fiscales o por sus chapuzas laborales, como es el caso de Duque o el de Ribera. Por sus exabruptos de diferente calado, en lo que compiten los podemitas Garzón y Castells. O por su cinismo e hipocresía servido en estilos tan diferentes como el de cada una de las dos Montero; de bronco desparpajo la portavoz, glamourosa y hortera -neófita en el couché- la de la supuesta igualdad.

Los expertos son otra cosa. Lo son los epidemiólogos Kulldorf (Harvard), Gupta (Oxford) y Bhattacharya (Stanford) y también los que, de manera razonada y científica discrepan. Y Pedro Cavadas. Lo son los doce integrantes del Comité (nacional) de Bioética que, por unanimidad, han escrito: “Ni la eutanasia ni el auxilio al suicidio son signos de progreso. Sino un retroceso de la civilización” en su contundente rechazo a la formulación ahora de una norma que, cuando menos significa total ausencia desensibilidad contextual. Y continúan: “… en un contexto en el que el valor de la vida humana … se condiciona a criterios de utilidad social … la legalización de muerte temprana agregaría un nuevo conjunto de problemas.

“Frente a autoritarismos debemos extender aún más la democracia”, acaba dedictaminar la profesora Adela Cortina.

Y debieran haberlo sido, de haber existido, los fantasmas que acunaron a Simón (¡ Ay, el pobre Simón!) primero enarbolados y luego negados por esta caterva de judas a España que componen un gobierno de ministros fantasmas e inexpertos. Dios lo remedie. O mejor, los españoles en cuanto tengamos ocasión de hacerlo.