| 06 de Febrero de 2023 Director Antonio Martín Beaumont

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Juan Vicente Yago
Juan Vicente Yago

El gurú del 'coaching'

La experiencia nos ha inspirado una desconfianza refleja frente a los predicadores de soluciones, los vendedores de consejos que para sí no tienen.

| J.V.Yago Edición Valencia

La experiencia nos ha inspirado una desconfianza refleja, instintiva frente a los predicadores de soluciones, los vendedores de consejos que para sí no tienen y los charlatanes que circunvalan problemas, contornean empleos y describen admirablemente dificultades pero no aportan remedios, fórmulas, trucos, procedimientos ni maniobras definitivas que las venzan.

Suelen ser individuos que se han liberado total o parcialmente del oficio por el que aseguran sentir pasión y se dedican a teorizar, a dogmatizar y a elucubrar; a visitar, abroquelándose con el aura de una larga experiencia interrumpida, lugares consagrados a lo que hace tiempo dejaron ellos. Allí soliviantan el ánimo del personal con su asesoramiento fantasmagórico. Son sabidillos profesionales, hablistas que ocultan bajo una supuesta serenidad, bajo un karma imperturbable, ampuloso, exagerado, las mismas o similares impotencias y frustraciones de su auditorio, el cual escucha, embelesado, el relato de sus propios apuros; experimenta —en realidad, es inducido a— la gratificante sensación de ser comprendido; aspira el intenso y tranquilizador aroma del rebaño; recibe su buena ración de gregarismo, de pertenencia, de comunidad; sus miembros se sienten clan y tribu, y resollan aliviados.

Pronto llega, sin embargo, el picor de la suspicacia, la turbadora comezón del desengaño, el molesto rapé de la contrariedad. La concurrencia se impacienta con la indefinición que, tarde o temprano, domina el discurso. Ya se han dado vueltas y más vueltas en torno al problema; ya se ha evidenciado hasta la saturación lo muy compartida que la experiencia está; el chicle del consuelo colectivo ha perdido el sabor, y el público aguarda otra cosa —un corolario, un colofón, un algo— que no llega.

El parlero ha quemado su pólvora. No le queda más. Y falta el remate, la solución, la panacea, que no se da porque no existe. Toma cuerpo la conciencia del petardo, y en el patio de butacas aumenta la desazón. Acabará de una vez, el farsante; nos hemos dejado halagar, hemos aplaudido sus gracias, hemos cubierto sus expectativas, y ahora tocan las nuestras. Desembuchará de inmediato, el mercachifle, si no quiere verse atrapado entre las iras del respetable. Pero no lo hace. No culmina la jugada. Es todo un farol. No trae la respuesta para el descubierto en que nos encontramos. No va, por tanto, a sacarnos del atolladero. No sirve como guía. No lleva nada en el zurrón, y lo cierto —lo que acaba viéndose a la legua— es que ha montado el tenducho de los elixires para escapar él mismo de la cuita que nos trastorna.

Ya nos extrañaba que tuviese tiempo libre para sus peroratas. Es uno más de nosotros, uno entre tantos, y sólo nos aventaja en lo ingenioso que ha sido para convertir su angustia en su negocio; para sacar provecho, agarrándolo por otro sitio, del quehacer amargo que arrastramos. No se puede negar que tiene habilidad, pero nos ha fastidiado, el sabihondo; y encima nos detalla su negocio paralelo, el medio de vida con el que ha reducido, si no eliminado, su dependencia de nuestra galera, que fue la suya pero ya no. Inocentes de nosotros, ingenuos, que con el regocijo inicial nos prometíamos felicidad.

Qué mal acaba la sesión, la conferencia, la filfa. Cómo nos ha sacado el vellón. ¡Si no trabaja ya en esto! ¡Si apenas tiene con ello un contacto mínimo! Y venía de colega, de compadre, a rescatarnos. Y sólo hemos podido sacar en limpio, de lo que ha dicho y de cómo lo ha dicho, lo muy canutas que las pasaría si ocupara un instante nuestro puesto.

En cuanto abandonan la brecha se olvidan; pero vuelven, como para resarcirse, con un catálogo de fórmulas inocuas, insustanciales y fallutas pero muy aparentes, muy vistosas y esperanzadoras; toda una botillería caldorrona y excipiente.

Nos ha dejado, el tío, con el mal sabor de boca del desencanto, con la exasperante halitosis de la contrariedad, con la sarna maldita de haberle comprado una caja vacía. ¡Cuántas aulas le arrumbarían el sombrajo! Basta imaginarlo en ésta o en aquélla para que surja, tan potente como espontánea, la risa espectral, desencajada y sardónica de Canterville, la cuerda risa orate de Salieri en su asilo voluntario, en su castigo autoinfligido, en la prisión de su mediocridad. ¡Cómo ha sabido medrar! ¡Cómo ha dado esquinazo, a base de maña y descaro, al aturdimiento y la programación! Vaya con el gurú del coaching. Vaya con el motivador profesional. Vaya con el repipi. Vaya con el mago del subterfugio y la prestidigitación. Vaya con el amante del oficio que apenas ejerce, del que gradualmente se aparta y con cuya sapiencia nos apabulla. No es posible más que admirarlo.