| 18 de Noviembre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Gestión cinegética sostenible: edulcorar para seguir matando

Hasta 20.404.957 son los animales cazados en el Estado Español durante 2019, sin contar los ejecutados en Cantabria, Canarias y Asturias, que no han facilitado los datos al Ministerio

| Raquel Aguilar Edición Valencia

 

1, 2, 3, 4, 5, ...eran los nombres que un cazador me contaba había puesto a sus perros.

1, 2, 3, 4, 5,...y hasta 20.404.957 son los animales cazados en el Estado Español durante 2019, a falta de los ejecutados en Cantabria, Canarias y Asturias, que no han sido facilitados para elaborar este último censo del Ministerio de Agricultura.

En esta abrumadora cifra, de más de 20 millones de vidas sesgadas a manos de los cazadores, no se contabilizan tampoco ni los animales ejecutados de forma furtiva, ni los miles de perros que, en un mes como este, al finalizar la temporada de caza y ser considerados instrumentos ya inservibles o poco rentables, son colgados de árboles, tirados a pozos o acribillados a balazos.

No es gratuito que las entidades de protección animal tiemblen al llegar el mes de febrero, por la cantidad de galgos, podencos y otros perros utilizados para cazar que son abandonados a su suerte (esto, cuando la tienen y no los matan) y que deben rescatar y atender.

Y mientras las ONG’s se desesperan y carecen de recursos públicos para atender una emergencia de la que deberían ocuparse nuestras instituciones, el Gobierno de España se muestra reticente a desprenderse del tufillo a rancio de “La escopeta nacional”, pese a que nuestra sociedad ha evolucionado mucho respecto a aquella España del NODO que trata de sostener invirtiendo nuestros recursos en preparar una Estrategia Nacional de Gestión Cinegética, es decir, está trabajando en promover, promocionar y activar la caza, una actividad que agoniza sin relevo generacional.

Porque aunque intenten adornarla con falacias como “gestión cinegética sostenible”, cazar consiste en matar animales, secuestrar el monte y llenarlo de plomo y otros residuos y en este país, bien avanzado ya el siglo XXI, la mayor parte de la sociedad  considera que es mejor disfrutar de nuestros espacios naturales que destruirlos y que matar animales por diversión es algo inadmisible.

Por si no fuese poco vergonzoso tratar de seguir ensalzando esta anacrónica y repugnante lacra social, desde el gobierno se está tratando también de etiquetar a los perros, esos que para los cazadores no son más que un número, esos que son considerados como simples herramientas con las que matar a otros animales, esos que suelen malvivir en zulos y son desechados como basura cuando ya no son útiles, como animales distintos a los perros (¿?), de modo que las leyes de protección animal les dejen desamparados y puedan verter sobre ellos quienes hacen de la muerte un modo de diversión todo su odio, su violencia y sus frustraciones sin consecuencias y sin que la ley les señale como maltratadores de animales, aunque les causen tanto dolor y sufrimiento que les lleven a la muerte, igual que a la muerte llevan conejos, jabalíes, palomas y otros tantos animales cuyo cuerpo convierten en una miserable diana.

Por suerte para esos perros y todos los otros animales víctimas de la caza, cada vez son más las personas que no sólo no la practican ni encuentran justificación alguna a matar para entretenerse, sino que  abiertamente se posicionan en contra de estos actos de crueldad, como las miles de personas que este domingo se han manifestado en decenas de ciudades de toda nuestra geografía.

No me cansaré de decirlo. Aunque el avance no es el que nos gustaría y aunque cada víctima que se queda en el camino produce un inmenso dolor, las cosas han cambiado, y mucho.

Hasta hace poco, quienes hacen de la crueldad extrema hacia los animales un negocio y un modo de diversión, miraban con prepotencia desde su pedestal inexpugnable.

Hoy, ya con los pies en el suelo, deben pasearse por los despachos de quienes nos gobiernan mendigando ayuda para poder seguir manteniendo su estatus. Hoy se ven obligados a salir a la calle para reclamar no perder sus privilegios, incuestionados durante siglos. Hoy incluso deben utilizar estrategias de marketing para disfrazar aquello que hacen, porque saben que sin engaño, sólo les queda la extinción.

De quienes nos gobiernan depende que la violencia deje de campar a sus anchas por el monte ya, y quienes nos oponemos a ella, debemos posicionarnos alto y claro.

Porque en juego hay demasiadas vidas que necesitan que alcemos la voz por ellas.