| 14 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La espera de los tontos

Los tontos, hoy, mitigan sus desasosiegos amorrándose al móvil, asomándose al orbe desde su balcón de colores y perdiéndose con ello lo inmediato, lo próximo, lo real

| Juan Vicente Yago * Edición Valencia

No media un minuto desde que se repantigan en la butaca de la consulta, del cine, del tren, del banco, del negociado, y sacan del bolsillo el ventanuco digital. Unos —muy pocos— tienen su movimiento propio, su gesto personal para desenfundar, mientras que la mayoría, por aquello del gregarismo, hacen lo que ven hacer, y de la misma forma que adoptan el sonsonete del habla común extraen la pantallita: con la pose standard, con el rictus general, con el mohín, la ñoñez y el esnobismo de la masa.

En cualquier caso, aquí lo importante no es la originalidad, sino la naturaleza del acto: el hecho de que los tontos, hoy, mitigan sus desasosiegos amorrándose al móvil, asomándose al orbe desde su balcón de colores y perdiéndose con ello lo inmediato, lo próximo, lo real, que puede ser un modigliani, unos consejos para desescorbutarse la dentadura o un retablo humano de sabrosísimo jugo antropológico.

Ya no queda en el planeta casi nadie capaz de una espera inteligente; ya no se practica, en las esperas forzosas, la observación directa: las multitudes prefieren el delirio cibernético, la enajenación audiovisual, el pasmo electrónico, el maldito engolfamiento en la mentira de bolsillo. Enormes cantidades de tontos aguardan su turno aislados, apantallados, enloquecidos; y en las esperas, como en los otros momentos del día que sacrifican al teléfono, se los van comiendo los vicios, las dependencias y las adicciones.

Los tontos esperan absortos en el dispositivo y se siente uno raro esperando a su lado, con el caleidoscopio en la mochila y la vista en los abundantes matices que contiene toda sala de espera. Se siente uno raro a causa del poder que han usurpado las masas en el siglo xxi —que ya empezaron a usurpar a mediados del xx mediante un proceso de chabacanización sin precedentes en la historia—: el poder de hacer que se sienta raro cualquier sujeto que ose apartarse un ápice de lo establecido, lo instaurado, lo sancionado por el populacho. Impera la vulgaridad en sus múltiples manifestaciones, una de las cuales, por supuesto, es ignorar a la concurrencia y lanzarse al mariposeo digital.

Uno se apoltrona en el tren, se dispone a enriquecer el trayecto con un libro y tiene la impresión, si levanta la vista, de ser un vejestorio, un intruso del pasado, un carcamal, un tipo estrafalario, extemporáneo, tan fuera de lugar como Sherlock Holmes —cervadora y gabán de cuadros— en un simposio informático. El propio libro, materia de complejas operaciones cerebrales, parece agrandado, aparatoso, antediluviano, impropio del entorno, cuando en realidad no hay nada más apropiado.

La masa, el conjunto de la sociedad, representado en la concurrencia del vagón, tamborilea estupefacta, curiosa, impaciente sobre unas placas rectangulares. El mundo entero en la salita, en la consulta, hipnotizado por la fosforescencia del artilugio, busca la realidad que tiene delante, pero sólo encuentra un sucedáneo, una farfolla, un espejismo que, inexplicablemente, le llena de alborozo.

El tonto, en trance, mata el tiempo y sonríe alelado, inocente, Azarías del tercer milenio; “Milana bonita”, parece decir, mientras acaricia el cacharro del demonio, de la tendencia, de la manipulación, del fisgoneo industrializado. Embiste a todos los capotazos, y se va retratando, y lo van registrando, y se vuelve mercancía, y vive una vida falsa que no es la suya.

El tonto en espera es víctima de una lobotomía colectiva, de un enchiqueramiento general. Cruza raudo el paisaje sin verlo, abstraído en el abismo insondable de los ceros y los unos, en el tocomocho de las actualizaciones, en el estercolero de las felicidades fingidas. La espera de los tontos es un apantallamiento deplorable, una esclavitud sin sentido, una masacre intelectual, un extravío en la second life, un vaciar la existencia para saturarla de irrealidades y lugares comunes, de multiversos y multimierdas.

Los tontos del capirote móvil esperan mucho de lo que no les dará nada; esperan y desesperan, escudriñan sin ver y disfrutan de lo que no está. Mira uno por la ventanilla y ve pasar, siempre igual y siempre nuevo, lo de todos los días. Y cuanto más tiempo transcurre, más convencido está de lo moderno que sigue siendo un libro, de la mucha higiene mental que aporta la contemplación del entorno y de lo productivo que resulta el aburrimiento. Mira uno la espera de los tontos y se siente viajero en el tiempo, testigo excepcional de una era paupérrima, espectador atónito de un terrible amodorramiento antropológico.

*Escritor. Puedes  contactar con él escribiendo a su correo: juviyama@hotmail.com