22 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El ciclo electoral del agua

La línea del Ebro marcó durante tiempo un límite electoral. Ante todo el compromiso respondía a no tocar nunca los caudales del río

En el verano del noventa y nueve, contra pronóstico, el socialista Marcelino Iglesias accedió a la presidencia de la Diputación General de Aragón. Lo hizo con el respaldo de los diputados de su partido, el segundo grupo de cámara, y los del PAR, que se convirtieron en sus socios de gobierno y a su vez devinieron en el principal impedimento para que el entonces en ciernes Plan Hidrológico Nacional pudiera ejecutarse finalmente.

 

Un año más tarde Zapatero llegó a la secretaría general del PSOE con el decisivo apoyo de los delegados del PSC entre otros. El ascenso de Rodríguez Zapatero a la dirección del partido supuso la puesta en práctica de una estrategia política que podríamos resumir con la frase; al PP ni agua, que tuvo su máxima expresión en el pacto del Tinell, pero también se vio reflejada en la política hídrica.

 

La negativa socialista al Plan Hidrológico Nacional, y singularmente al trasvase del Ebro, forzó incluso a las federaciones de los territorios beneficiados a comulgar con ruedas de molinos, condenando a los socialistas valencianos y murcianos a continuas derrotas electorales, con la victoria en las generales de 2004 vino la derogación del plan y el resto de la historia ya la conocíamos: el plan de agua y la instalación de desaladoras en la costa que nunca fueron rentables por su elevado coste. Ahora empezamos a conocer la cara b de esta historia ligada a una trama  de financiación ilegal de PSPV y Bloc que amenaza con salpicar a la entonces ministra de medio ambiente Cristina Narbona y al mismísimo Rodriguez Zapatero.   

 

La línea del Ebro marcó durante tiempo un límite electoral, al norte proveía a Zapatero de los votos necesarios que, sumados a los de Andalucía, le daban las cuentas para mantenerse en el poder. Ante todo el compromiso respondía a no tocar nunca los caudales del río. Cuando vino la sequía asistimos a episodios pintorescos donde de transfusiones puntuales de agua a Barcelona, cualquier cosa menos empezar a reconocer que el agua del Ebro es necesaria en caso de emergencia y que al derogar el plan se había también renunciado a una millonaria inversión financiada por Europa.

 

El agua hoy sigue siendo motivo de disputa y de constante reivindicación. No quedan lejos en el tiempo las palabras del presidente de la Diputación de Alicante, César Sánchez, exigiendo al presidente de la Generalitat Valenciana que defendiera a sus regantes y agricultores ante su pasividad para reclamar el trasvase Tajo-Segura.

 

El agua sigue su ciclo que no atiende en absoluto a las cuestiones mundanas y menos a los ciclos electorales que, desde luego, condicionaron aquello que nunca debiera estar sometido a su lógica. Sigue siendo necesario un acuerdo racional que garantice abastecimiento a todos los territorios, teniendo presente caudales mínimos y la protección de los cauces, que permita tener una red de interconexiones que en años con riesgo alto de inundaciones como el actual permitan aliviar los cauces.

 

* Abogado.