28 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Dolores: la historia diaria, con acoso incluido, de una cuidadora de gatos

Siempre va cargada de pienso y agua, dedica horas a la esterilización, busca familias de acogida y tiene una preocupación constante por qué puede pasarles a los gatos

| Raquel Aguilar * Edición Valencia

Dolores tiene 72 años y desde hace décadas cuida dos colonias de gatos. Una ubicada en la ciudad en que vive y otra, en el pueblo en que tiene una casa donde ha pasado muchos veranos y fines de semana.

Cuidar de los gatos que viven en la calle es duro.

Implica ir siempre cargada con pienso y garrafas de agua para que cada día puedan comer y tengan bebida limpia, horas infinitas para capturarlos y esterilizarlos, en la mayoría de casos, con esterilizaciones pagadas con recursos propios (igual que la comida), buscar a los sociables un hogar, porque la calle para ellos es una condena y algo que no se ve pero se instala en el alma, un sentimiento que impide que vivas con tranquilidad: la preocupación y el miedo por lo que pueda pasarles a los gatos, esos preciosos animales que en realidad no son tuyos, pero los sientes como propios y que sabes que sin tu compromiso su supervivencia no está garantizada.

Atropellos, lesiones, enfermedades,...y lo peor de todo, la maldad infinita que vive anidada en algunas personas, están siempre al acecho.

Y esto último es lo que está sufriendo desde hace meses Dolores, no sólo hacia los gatos de los que con tanto cariño y sacrificio cuida, sino hacia su propia persona.

Todo comenzó cuando falleció su marido. Hasta ese momento, no había tenido problemas pero, desde entonces, vive acosada por parte de los vecinos de su casa de campo.

Imagino que una mujer mayor, sola, y en un momento de vulnerabilidad emocional por la muerte de su marido se convierte en la víctima perfecta sobre la que canalizar inseguridades, frustraciones y falta de objetivos vitales.

A la suma del dolor provocado por la pérdida del compañero de toda una vida, Dolores está atravesando un auténtico calvario. Vigilancia constante, disparos cuando llega a su parcela, insultos, amenazas,…pero lo peor de todo y lo que más sufrimiento le ocasiona es que los gatos son el instrumento que utilizan estos psicópatas para hacerle daño, en un evidente ejercicio de violencia vicaria.

Ha tenido que despedirse ya de más de una docena. Unos, con el cuerpo sembrado de plomo, a otros los ha recogido agonizantes, con los huesos destrozados por múltiples golpes, incluso le han dejado cuerpos ejecutados estratégicamente expuestos para que fuese lo primero que encontrara al abrir la puerta de su finca.

El caso ya está denunciado.

Pero el acoso seguirá. Y tendrá que seguir enterrando cadáveres. Y la impotencia y el sufrimiento no dejarán de corroerle.

Este es un caso real. Es el caso concreto de Dolores. Una mujer sencilla, con décadas de trabajo altruista, sin más pretensión que hacer de este un mundo mejor, también para los animales.

Sin embargo este no es un caso aislado.

Quienes cuidan de los animales de la calle, en su mayoría mujeres, están constantemente expuestas a situaciones de violencia hacia ellas, muchas veces ejercida a través del maltrato hacia los gatos a los que cuidan.

Sus cobardes acosadores se aprovechan de su vulnerabilidad (muchas veces salen de noche, solas, al terminar de trabajar o aprovechando que no haya gente que moleste a los animales, a lo que hay que sumar que muchas son mayores y su condición física no es óptima,…) para verter sobre ellas todo su odio y de este modo sentirse poderosos. Tener el control sobre algo en sus seguramente rancias e infelices vidas.

Estos psicópatas, totalmente carentes de empatía, son un riesgo para la sociedad y los cuerpos de seguridad deberían activar alarmas cuando se denuncian casos como el de Dolores.

Por su parte, quienes nos gobiernan deberían reconocer el trabajo de estas cuidadoras y brindarles toda la ayuda y protección necesaria. Al fin y al cabo, el trabajo que ellas hacen corresponde a las administraciones y lo asumen sin pedir nada a cambio.

A ti, que me lees, me gustaría pedirte que, cuando coincidas con alguien que está poniendo comida a los animales, pienses en el sacrificio y esfuerzo que supone hacerlo cada día. No estaría de más que te acercaras, le preguntases si necesita alguna cosa y le dieses las gracias por su trabajo. Te aseguro que este pequeño gesto de reconocimiento para estas personas no tiene precio.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia