| 30 de Enero de 2023 Director Antonio Martín Beaumont

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Una persona pasea frente al monumento 'Ágora València’ durante su apertura y la presentación de sus actividades como capital del diseño 2022, en la Plaza del Ayuntamiento.
Una persona pasea frente al monumento 'Ágora València’ durante su apertura y la presentación de sus actividades como capital del diseño 2022, en la Plaza del Ayuntamiento.

Valencia ¿capital mundial del diseño?

Lo que se vendió como colaboración público-privada se salda con una participación de 7,7 % (menos de medio millón) de los segundos y más de 5 millones entre Generalitat y Ayuntamiento.

Como en el famoso estrambote cervantino del soneto a Felipe II, se cerró el ciclo -prácticamente de dos años- en el que Valencia, tras arrebatar a la ciudad india de Bengalore el pomposo título de “Capitalidad mundial del diseño”, cede ahora el relevo a San Diego y Tijuana (de milagro no salió Moscú antes de su ignominiosa invasión de Ucrania). “Y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese … y no hubo nada” (los puntos suspensivos son propios).

¿No hubo nada? Hubo.

Más de 300 actividades y cien ponentes,  y de 50 exposiciones más o menos relacionadas con el evento y la materia; Design Policy Conference (cómo nos gusta el inglés) en el Palacio de Congresos de Valencia con más de 500 inscritos; visita de apoyo institucional del ministro Iceta (no consta que bailara esta vez); viajes a Berlín, Helsinki, Milán, Israel, Rumanía, Lituania y Bulgaria; creación de organismos (¿chiringuitos?) como el Consell Local o la Fundación de Diseny (“legado”); salarios de hasta 73.000 euros anuales para profesionales elegidos a dedo; diseño y construcción -sin licitación previa- del pabellón (¿efímero?) del Ágora con un presupuesto inicial de 450.000 euros (y un aumento posterior de 300.000 más); y un estudio de impacto positivo adjudicado directamente a Econcult UV, dirigido para la ocasión por un conocido y solícito profesor, frecuente referente de la izquierda valenciana (y con la colaboración especial de Ramón Marrades, vinculado a Compromís, antiguo director estratégico del Consorcio Valencia 2007 y activista contra la ampliación del puerto).

Una vez más, un muestra de esa política blandengue (ay, el hombre blandengue) de gestos bonitos y vacíos con la que la izquierda oculta su ineficiencia sin rubor alguno.

A nadie le amarga un dulce, y no seré yo quien lamente un estímulo de optimismo para una ciudadanía ávida de sensaciones positivas. Ni quien critique el merecido apoyo a la producción de un sector creativo -y de indiscutible prestigio nacional e internacional- como lo es el del diseño (gráfico, industrial y artístico) valenciano.

Pero el balance definitivo deja más incógnitas que aciertos y resultados fehacientes. Es tan significativo como escandaloso, que lo que se vendió como una colaboración público-privada, se haya saldado con una participación de 7,7 % (menos de medio millón de euros) de los segundos y más de 5 millones entre Generalitat y Ayuntamiento. Y dramáticos los reparos -rayando la irregularidad administrativa- puestos por la Intervención municipal en el cierre de la operación. Haría bien la oposición en hacer un cuidadoso seguimiento y, en su caso, denunciar los excesos cometidos, que empezaron con la propia firma de un Convenio sin objetivos específicos ni actividades detalladas y con un extravagante e injustificado pago anticipado. Es de advertir, como dice la propia Intervención, que el funcionamiento de lo convenido debiera haberse ajustado a los procedimientos del sector público.

Al inicio de las obras del pabellón de marras, anunciaba Ribó su traslado a la base de Iberdrola de La Marina a mediados del ya pasado noviembre. Pero sigue en la Plaza del Ayuntamiento, y a la búsqueda de nueva ubicación tras la chapuza jurídica electoralista de la vigente prórroga -en plena liquidación tras su extinción- del Consorcio Valencia 2007.

Simplemente decepcionante. Enmarcado en la política “maquíllate” de Mecano que es la única hoja de ruta de los gobiernos actuales. Un make up -les gusta el inglés- permanente que disimula, mal que bien, una tozuda realidad menos glamourosa.

¿Oportunidad perdida? Al menos muy mal gestionada. Y mal aprovechada.