| 15 de Septiembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

× Home España Medios Tribunales Opinión Estilo Chismógrafo Deportes Tecnología Tvcine Economía M. Ambiente ESdiario TV Mundo C. Valenciana Andalucía
Decenas de personas durante una concentración, en apoyo a las protestas en Cuba, ante la embajada de Cuba en España, a 12 de julio de 2021, en Madrid
Decenas de personas durante una concentración, en apoyo a las protestas en Cuba, ante la embajada de Cuba en España, a 12 de julio de 2021, en Madrid

Patria y vida

Hemos visto en directo el descontento popular y la represiva respuesta del comunismo cubano. Hemos visto el cinismo oficialista y la hipocresía del gobierno de Sánchez en su conjunto.

Durante años y años la dictadura castrista ha sabido capitalizar el impulso artístico de innegables valores personales. Desde la prima ballerina Alicia Alonso hasta el popular Compay Segundo, pasando por los carismáticos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Algo más complicado, en el mundo de la plástica o de la literatura no han faltado nombres relevantes tras Wifredo Lam y Amelia Peláez o tras Alejo Carpentier y Lezama Lima, como son Fabelo y José Villa, o Leonardo Padura y Abilio Estévez.

Otros nombres resultan más controvertidos -sobre todo en la literatura- como Reynaldo Arenas o Cabrera Infante, quienes optaron por manifestar su desafección y la pena infinita de abandonar la isla por falta de libertad.

Régimen y artistas han desarrollado durante ya seis largas décadas una extraña relación por la que los segundos han gozado de privilegios sociales y económicos próximos a los de los propios dirigentes, a cambio de no molestar mucho e incluso mantener una cierta complicidad con aquellos.

Pero las cosas han ido cambiando lentamente hasta que los más jóvenes, principalmente entre los músicos, elevaron el tono reivindicativo por encima de los tímidos mensajes entre líneas de los clásicos, creándose de manera más o menos consciente un núcleo de resistencia popular entre la desorientada y golpeada juventud cubana.

En los 2000 se produjo un nuevo cerrojazo y un lacerante paso atrás. Me fui.

Orishas, Gente de Zona y, especialmente crudos, Los Aldeanos, desde la propia Habana o en el exilio de Miami, son algunos de esos grupos que en ausencia de una oposición organizada aunque fuertemente reprimida, han acabado liderando sin pretenderlo las manifestaciones de hartazgo con una situación que ya toca fondo. Yotuel Omar Romero, uno de los fundadores de Orishas, ha titulado con acierto “Patria y vida” la última de sus canciones y una marea de identificación la ha llevado
como consigna vital frente a la agotada y cansina oficialista de “Patria o muerte. Venceremos”.

Hemos visto en directo el descontento popular y la represiva respuesta del comunismo cubano en el poder. Hemos visto el cinismo oficialista y la hipocresía del gobierno de Sánchez en su conjunto. Vemos el desastre que se avecina a pasos agigantados sin que ya nada ni nadie pueda remediarlo.

De nada sirvió la generosa financiación de la propia UPV, de la Agencia de Cooperación española, de ayuntamientos, de ongs y empresas con intereses económicos en la isla. 


Han pasado casi treinta años desde que por encargo del Rector Justo Nieto se fundara, en cooperación académica con la hoy Universidad Tecnológica de La Habana (antiguo ISPJAE), el Centro de Estudios de Tecnología Avanzada (CETA) que tuve el honor de dirigir por la parte española. Compatibilicé mis clases de Proyectos en la Facultad de Arquitectura con el asesoramiento ad honorem de nuestra embajada, con la rehabilitación de la Casa de las Cariátides del Malecón como Centro Cultural de España, con la construcción de prototipos de vivienda social en San Luis de Oriente, con la electrificación de amplias zonas de la Sierra Maestra, con la renovación del Banco de Sangre de La Habana, con la activación de numerosos cultivos organopónicos urbanos, con la organización de cursos y seminarios impartidos por profesores valencianos, con la promoción de intercambios universitarios y doctorados a la carta … y un largo etcétera. Con la generosa financiación de la propia UPV, de la Agencia de Cooperación española, de ayuntamientos, de ongs y empresas con intereses económicos en la isla. De nada sirvió.

Al menor atisbo de “normalidad”, con el incipiente desarrollo de los “cuentapropistas” (que despectiva y coloquialmente se conocían como “bussineros”), de los paladares (pequeños restaurantes privados) y de cualquier actividad emprendedora que escapara al control del gobierno, en una locura en la que convivía el poderoso dólar americano con el raquítico peso cubano (y el mercado negro al alza) y una parodia de fiscalidad diseñada por Solchaga, en los 2000 se produjo un nuevo cerrojazo y un lacerante paso atrás. Me fui.

He seguido visitando a mis amigos, he mantenido un contacto estrecho con los más cercanos y he visto de nuevo las sombras del eufemístico “periodo especial” que asoló la isla tras el hundimiento de la Unión Soviética. Veo con creciente preocupación los últimos acontecimientos, las detenciones indiscriminadas, las desapariciones fortuitas, los golpes e insultos a la gente sencilla, la humillación de mayores, mujeres y jóvenes, el enfrentamiento cainita, el canto del cisne de este abuso histórico que pareciera no tener fin. Y maldigo a los que allí o aquí pretenden blanquearlo o justificarlo. La historia nunca los absolverá.