10 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Dormir en la calle: la dignidad de Antonio, un caso entre muchos otros

Te das cuenta de que una simple decisión puede arruinarte y llevarte a un sinfín de obstáculos difíciles de esquivar. la suerte es tu karma para que el tiempo no sea un apocalipsis de sufrir

| Eva García Lara * Edición Valencia

Encontrarse a una persona de avanzada edad durmiendo en la calle no es plato de buen gusto para nadie. Persona con insuficientes medios económicos, con una ligera pérdida de la realidad, con un abanico de enfermedades típicas de un anciano, obviamente por encontrarse sólo durante tanto tiempo sobreviviendo con grandes miserias. La mente del señor divaga, distorsionando el pasado, presente y futuro. Piensas… ¿Así me puedo ver yo?... Quien no se inmuta con algo así es que es un robot.

Son las once de la noche, un hombre mayor durmiendo en el interior de un saco sobre la acera, los vecinos incrédulos nos alertan. En su población no están acostumbrados a ver un caso así, es un hecho aislado y es muy normal que se activen llamadas sobre ello.

Lo que no saben es que solo es cuestión de tiempo que por el agravado estado de la pandemia se multiplicarán los casos, como ocurre en las grandes poblaciones, gente durmiendo entre cartones a veces con la única compañía de un animal. Ir a un refugio significa desprenderse de su can porque no admiten animales. Todos elegirán la opción de pernoctar en la calle. No es una noche fría por suerte, y nos dirigimos para hablar con el anciano ofreciéndole un café con leche caliente. El hombre no duda en degustarlo.

No hay ningún protocolo policial establecido para estos casos en este olvidado lugar aunque estamos cansados de decirlo, de solicitarlo...y siempre sucede durante los fines de semana o en horario nocturno. El señor nos comenta que percibe una pensión de apenas 300 euros y vive en la calle desde hace tiempo. Es una persona sin hogar, sin techo, sin familiares y amigos que le puedan ayudar. No quiere entrar en más explicaciones, pero eso sí, muy educado y con un comportamiento completamente cívico.

Antonio, de 75 años, comenta que está protestando porque con esa pensión no puede sobrevivir. Las autoridades de esta población no quieren recibirle. Después se irá a otra localidad a seguir protestando hasta que alguien le haga caso. Al menos tesón tiene, y no pierde la esperanza de poder vivir un poco mejor. Le dejamos descansar y continuamos con la vigilancia de población. Demanda que le dejen en paz, que no molestará a nadie.

Esta vez se ha instalado delante de la vivienda de una personalidad importante sin saberlo. Pronto recibimos una llamada en forma de recriminación porque no puede quedarse allí. Que lo llevemos a un albergue de la capital. Sin embargo, no hay ningún tipo de convenio para poder atender un auxilio así.

Se le explica que el hombre vive desde hace tiempo en la calle y se niega a ir a un albergue por miedo al contagio y otros pormenores, que nosotros no le podemos obligar. Que le hemos intentado convencer diciéndole que los albergues temporales tienen protocolos para evitar el contagio entre sus usuarios pero sigue en sus trece, tiene miedo de contagiarse y no quiere ir.

Insiste que hay que buscar una solución, pero claro... a nadie le interesa que se encuentre delante de su domicilio un anciano tumbado en el suelo. La mejor respuesta hubiera sido la previsión en la prevención, no poner parches como están acostumbrados a hacer, emplear las subvenciones en ayudar a gente como Antonio, el cual está empadronado en esta población donde ahora duerme al raso. Por ello felicitamos a esos ayuntamientos que con pandemia o sin ella tiene un teléfono de 24 horas de asistencia para estos casos urgentes y gestionan estos problemas “como se debe de hacer”.

Finalmente el alto cargo y la patrulla se entrevistan de nuevo con Antonio. No entiende que no le dejen en paz. No tiene miedo a la sanción administrativa por el toque de queda, puesto que ahora no tiene un domicilio conocido y lo tiran de allí y de allá, pero ya se ha cansado de que lo expulsen de todos los lugares y dice que aunque lo parezca, no es un despojo, que no es un perro enfermo y sarnoso, no es una escoria recoge basura…es una persona. No le puedes arrebatar nada, sólo tiene su mochila y poca cosa más. Se niega rotundamente a ir a ninguna parte y promete que se marchará cuando exista un primer transporte de metro tras poder por fin descansar unas horas.

La patrulla saca (como cualquier otra patrulla de otro cuerpo de Seguridad) un comodín improvisado para que el anciano pueda al menos tener un techo que lo proteja del viento y de cualquier otra cosa. Se le ofrecen varias mascarillas al tener la suya podrida, y se le aporta gel de manos para desinfectarse. El anciano te cuenta anécdotas de cuando era una persona próspera y disponía de una familia normal y cómo se le estropeo la vida al equivocarse de camino, perdiéndolo todo.

Entonces, te das cuenta de que una simple decisión puede arruinarte y llevarte a un sinfín de obstáculos difíciles de esquivar en los que tropiezas cada día y que la suerte es tu karma para que el tiempo no sea un apocalipsis de sufrimiento.

El hombre, antes de las seis de la madrugada, se levanta satisfecho. Indica que se marcha porque es una persona de palabra. Recoge sus cosas y emprende la marcha como una marioneta rota, con balanceos inclinados de cojera y pasos cortos arrastrando algo los pies. Mientras se aleja, levanta su brazo saludándonos…

Para más calvario en una deprimente vida complicada, añadimos una pandemia mortal que te puede atacar en cualquier momento y con esa edad… matarte.

Mientras vemos en las noticias personas que se marchan a Andorra para que no les resten beneficios de su poderosa economía, la cláusula de Messi, mandatarios caciques que desaparecen de los medios escondiéndose para no dar la cara, la mierda de la vacuna que era previsible que no llegaría a quienes les tienen que llegar, otros que se buscan la vida para pagarla de forma clandestina en el mercado negro, y muchísima gente esperando que esto no dure mucho.

El miedo se instala. La situación sanitaria desbordada y las llamadas al médico de cabecera desesperantes y tardías desde la distancia. Mucha gente perdiendo su trabajo y arruinados. Otros haciendo el canelo en fiestas descerebradas celebrando como cae la humanidad no preocupante…

Para que alguien piense en un sintecho. ¡¡Porca miseria!!

 

*Grupo EmeDdona. Policía Local.