| 05 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Festivales

Es la mejor coyuntura para decir a las masas que vuelve un festival y endilgarles otra cosa; para instaurar la nueva postcultura, que tiene aspecto de cultura pero sólo es culismo

| Juan Vicente Yago * Edición Valencia

Ha vuelto el festival pero no ha vuelto. Sigue llamándose festival, y lo sigue pareciendo, pero es muy otra cosa; porque sigue habiendo gente que concursa —todo lo que se puede concursar cuando jurado y público fallan a medias—, y sigue teniendo los ingredientes, las hechuras, los alamares y los cabrilleos de los concursos, pero hay algo extraño en él, algo inquietante, algo que desdice; un tufillo a impostura, un hedor a timo, a cambiazo, a falsificación, a sucedáneo, a que no es lo mismo de ninguna de las maneras.

Lo mira uno y no lo ve. Intenta uno dejarse llevar en el tiovivo audiovisual, dejarse mecer en el subibaja de luces, colores y efectos de sonido, hacer como que ha vuelto lo que dicen que ha vuelto, ser uno más entre la multitud espectadora, pero es imposible.

Demasiado feo, demasiado malo, demasiado espurio, excesivamente distinto en la forma y en el fondo. No acaba de colar, que vale tanto, en la jerga pobre y bagatelera de nuestro tiempo, como el no convence de toda la vida.

Surcan el aire un miasma, una cacofonía, una vulgaridad, una horterada y un enseñaculismo que siembran la duda, que suscitan el pensamiento, seguramente insano, de un festival trocado en caseta de feria, de un concurso transmutado en muestrario teratológico, en un delirante y sobrecogedor pasen y vean donde lo expuesto asombra y entretiene sin otros méritos y habilidades que su extravagancia natural.

Un evento acularrado y vulgar, tan vulgar como la vida misma, de la que solamente se diferencia en que al despatarre y la insipidez les han puesto focos. Este festival que se ha fingido recuperar es, en realidad, un epítome de nuestro tiempo, un intento falaz de probar que para ser artista no hace falta voz, ni habilidad, ni talento ninguno; una engañosísima demostración de que, una vez consumada la rebelión de las masas, cualquiera puede lograr cualquier cosa; de que basta llamarse actor, pintor, escritor o cantante para epatar a las muchedumbres.

Por eso la teratología de lo que nos quieren hacer pasar por festival no está sólo en los giros de pandero, en la trágica falta de originalidad, en la poca voz, en la burda ideologización, en la flagrante chabacanería o en el gigantesco petardo en que ha venido a parar todo el tinglado, sino en la tristísima catatonía de la sociedad que lo acoge alborozada, en la desoladora facilidad con que la población ha mordido el anzuelo, en la deplorable miopía que le impide ver la hilaza, la estafa, el truco y la propaganda; en el penoso nivel intelectual de la plebe que se ha puesto sin más en modo espectador, que se ha repantigado en el sillón a zampar bollos y a dar por supuesto, por mucho que apeste la cosa, que se le ofrece un festival.

Es la sociedad entera, con el festival dentro, con los festivales de todo tipo que le montan, la que se teratologiza, la que va siendo barraca de fenómenos, sartal de vaciedades y hatajo de palurdos. Porque la monstruosidad no es apariencia exterior, sino estado interior, con lo que puede afirmarse que la teratología del festival que ha recuperado el nombre pero no la naturaleza, como la teratología colectiva de una sociedad que ha perdido el discernimiento y el buen gusto, es un asunto de conceptos, de mentalidades y de niveles de lobotomización.

Como en El retrato de Dorian Gray, cantidades ingentes de individuos llevan sus miserias —la escasa cultura, el pobre sentido crítico, los ningunos principios morales, la sumisión a las modas, el exhibicionismo y el voyeurismo (juntos o por separado), el hedonismo contumaz y el desenfreno concienzudo, el buscar, en una palabra, la felicidad en sitios equivocados— pintadas en lienzo aparte y encerradas en la buhardilla.

Es la mejor coyuntura para decir a las masas que vuelve un festival y endilgarles otra cosa; el momento perfecto para instaurar la nueva postcultura, que tiene aspecto de cultura pero sólo es culismo, culirrismo, culomanía, un culto al culo que sirve para disimular el arroyo en que flotan, casi descompuestas, algunas antiguallas ideológicas, unas cuantas procacidades de todo tiempo y cierto número impreciso de boñigas historiográficas.

En algún sitio hay un comité que se dedica, sibilina y alevosamente, a mixtificar festivales, películas, telefilmes, anuncios y dibujos animados, y por doquier hay tontos que le hacen el juego. Vuelven festivales que no vuelven, y tienen audiencia, y generan polémica, y son festivales a todos los efectos como las mentiras insistidas cobran facha de verdades.

Una teratología informe, invisible, solapada; una deformación sistemática está viciando la percepción de la ciudadanía, de la masa, de los cerebros de mosquito, de pan, de rosquilla, cultivados al sol de la telebasura y con el punto de maduración idóneo para elaborar con ellos la mejor compota electoral.

Los votantes que ven festivales donde no los hay, que aplauden al vacío y que discuten sobre nada no tienen precio. Un denso cumulonimbo teratológico entenebrece la perspectiva. Los festivales vuelven amonstruados, teratológicos, deformatorios, reflejos fidedignos de su credulón y numerosísimo público.

*Escritor. Puedes contactar con el autor escribiendo al correo juviyama@hotmail.com