21 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El ministro Fernando Grande-Maslaka

Bestiario gubernamental. Fernando Grande-Marlaska

Su ministerio es hoy la vergüenza nacional. Parafraseando su sincera autobiografía (Ni pena ni miedo. Planeta. 2016), da mucha pena y da mucho miedo

Tenía previsto ocuparme esta semana del inefable Castells -un auténtico monstruo del bestiario gubernamental-, así me lo reclamaban algunos (figura retórica) de mis queridos lectores tras su reciente resbalón histórico, pero convendrán conmigo que con todo merecimiento, y por si dimitiera de repente (que no lo hará), el ministro del Interior debe ser hoy cumplido protagonista.

Han sido muchos y muy acertados los artículos de opinión que han seguido a la sentencia de la Audiencia Nacional, agridulce y ganada “a pinrel” (sic) para el coronel Pérez de los Cobos, demoledora para el ministro que fue titular del Juzgado 3º de la misma, el juez (¿o debiera escribir ex juez?) Fernando Grande-Marlaska. Valga por todos ellos el de Ignacio Camacho, siempre tan ponderado como incisivo y exacto, hablando de “autodeconstrucción”. Una suerte de pleonasmo en un solo término, una ensoñación de cambio del estado sólido a otros más etéreos o simplemente líquidos, consecuencia de un cierto autismo profesional que, entre otros, hemos padecido arquitectos y gastrónomos. Y acierta de lleno.

Grande por parte de padre (Avelino), que las biografías más llamativas vinculan a las fuerzas del orden, y el interesado recuerda como funcionario del Ayuntamiento bilbaíno. Y Marlasca por parte de madre (Ángela), antes del guión separando apellidos y la k en el segundo, como consta en su expediente de “empresariales” (derecho y economía) de sus tiempos de estudiante de Deusto. Deconstrucción patronímica.

Y grande -no eludo licencia tan elemental- en su conocida y mediática trayectoria judicial que, con tesón y esfuerzo personal no exento de dificultades añadidas, le llevó a suceder a Baltasar Garzón en la Audiencia en 2006, a presidir una sección en 2007 y la Sala de lo Penal en 2012, tras haber sido también miembro del CGPJ a propuesta del PP. Y a ejercer con rigor y especial valentía, primero en Bilbao, luego en Madrid, en numerosos casos de terrorismo, entre los que destacó el juicio y condena del etarra Otegi. Eran otros tiempos.

“Un juez, una vida y la lucha por ser quiénes somos”.
Tal vez una vida gubernamental en su poltrona es lo único que queda de ellos. Del resto ya ha dimitido.

Ignoro si al morder la manzana que Sánchez le presentó en junio de 2018 le vino a la memoria el intento frustrado de su antecesor, flamante pareja de la actual Fiscal General Dolores Delgado (entonces vecina de banco azul y consejo de ministros, la que hacía chascarrillos homófobos y machistas en la intimidad con su colega Villarejo), y le dio un subidón por alcanzar lo que el otro no tuvo. No lo creo, parece muy rebuscado.

Pero lo cierto es que su ministerio es hoy la vergüenza nacional. Parafraseando su sincera autobiografía (Ni pena ni miedo. Planeta. 2016), da mucha pena y da mucho miedo. Pena por la cal -viva o muerta- que él mismo ha ido echando sobre sus propios logros, despreciando ahora a la Guardia Civil que defendió con ahínco, abjurando de sus convicciones antinacionalistas para dejarse acunar hasta por sus antiguos enemigos proetarras, balbuceando repuestas inconexas (o directamente mintiendo) en sede parlamentaria ante las reclamaciones de la oposición sobre inmigración o menores. Y miedo por la soberbia taimada con la que complementa el capricho autoritario, cambiando y destituyendo mandos, humillando números mientras come pizza, impidiendo intervenciones policiales contra la barbarie, o tirando, por las buenas, puertas ciudadanas con el rollo del “covid y la morada” y, siempre, siempre escondiendo la mano.

Nada que ver con el poema del chileno Raúl Zurita, materializado a lo largo de tres kilómetros en el desierto de Atacama del que, seguramente, tomó nuestro ex juez tan hermoso nombre para su autorretrato escrito. Seguido de toda una declaración de principios: “Un juez, una vida y la lucha por ser quiénes somos”. Tal vez una vida gubernamental en su poltrona es lo único que queda de ellos. Del resto ya ha dimitido.

 

¿Cuántas veces más la diputada gallega popular Ana Vázquez, letrada por la Universidad de Vigo e inspectora de policía con plaza, le recriminará todavía su ignominia?¿Cuántas más le recordará la abogada del estado Macarena Olona su vesania? ¿Cuántas penas y cuántos miedos estará pasando el ministro para seguir manoteando en el fango en el que su indubitada reciente ambición política y- su jefe- le han hundido para siempre? Pobre Marlaska.