30 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Politicorrectos

La politicorrección, grillete de las mentes vulgares, se difunde con rapidez y en paralelo al escandaloso crecimiento de la ignorancia popular.

| Juan Vicente Yago Edición Valencia

La politicorrección, grillete de las mentes vulgares, acicate de la rebelión de las masas, colesterol gregarizante que tapona las arterias, las venas y los capilares del sentido común, error mayúsculo —quizá el más grave del siglo—, se difunde con rapidez y en paralelo al escandaloso crecimiento de la ignorancia popular.

El nuevo totalitarismo del entretenimiento, el ocio, la frivolidad y la estupefacción permanente, a diferencia de los totalitarismos indisimulados y expeditivos del siglo xx, se vale de la corrección política para mantener sometido al populacho.

Es el mismo procedimiento que llevan décadas utilizando las pandillas basura, los vástagos de la hez, los cobardes asociados, los baladrones, los hazañeros, los tarugos que acoquinan el concurso en las aulas de secundaria: establecer una escala de valores arbitraria donde las haya e imponerla señalando, estigmatizando, transmutando en cabeza de turco al discrepante. La corrección política no es el pensamiento único, sino el apremio con que se inflige y el reflejo de autocensura de quienes temen el rechazo.

Acuñar pensamiento único es un privilegio que se reserva la élite revolucionaria, la cáfila recalcitrante, la espelunca, el politburó, el comité, la cúpula del trueno que diseña la estrategia y domina el cotarro; politicorregir, en cambio, es blandir la tralla, mantener a la chusma bogando en la dirección «correcta», llover palos en la riñonada remera con ímpetu irracional y déspota.

Las consignas marginales, las consignas adyacentes, las consignas complementarias, que son las más nocivas —esa excrecencia ecologista de abrazar plantas, esotra lupia lingüística del «todes», aquella verruga nutricional de jamar menos carne— se hacen cumplir a golpe de corrección política. Vergajazos arbitrarios, caprichosos, parcialísimos como el que se descarga, en aras de la precaución sanitaria, contra las celebraciones religiosas pero no contra los apelotonamientos feminirrongos; alaridos hipersubjetivos como el que se profiere, por machista, contra un requiebro pero no contra el ensabanamiento, el enfundamiento, el ensacamiento, el entoldamiento y el asobaquinamiento del oíslo; azotainas pavorosas como la que denuncia el machismo de Blancanieves pero no el del reggaeton, cuyos vídeos consisten, por lo general, en unas pirujas que zumban sensuales, incitadoras, culifrenéticas alrededor del rapero de turno.

El bolchevismo ignorantón y milnovecientosochentaycuatroide que nos han echado encima el bienestar, el ocio y la caquexia espiritual reinventa la corrección política y le da unos alcances inéditos, como de caja Pandora que mana delirios, miasmazos y mefitismos; como de barco Aqueronte que lleva precitos del pensamiento débil, tontos que hicieron el juego al progresismo apócrifo y cobardes que despreciaron el criterio, la personalidad y la inteligencia para no darse a conocer.

Los acogotados por el gregarismo acompañan eufóricos al barquero infernal; temen tanto ser marginados que degluten sus opiniones y siguen la corriente —voluntariosos, correctos, pusilánimes— a la dictadura politicorrecta. Esto sucede porque siendo «corrección política» una fórmula bastante negativa, no lo es tanto como «canguelo», «traición», «debilidad», «bajeza», «incoherencia» o «ridículo», conceptos a los que, junto con otros no menos denigrantes, ha pasado a englobar.

Directores de colegios que castigan a los profesores por el mal comportamiento de los alumnos; centros religiosos que contratan indiferentes; padres que prefieren a sus hijos mal acompañados que solos; periódicos de caldo gordo a cambio de robapáginas institucional; administraciones convertidas en patios de monipodio; multitudes ingentes, en ámbitos varios, que venden su esencia por un plato de mazamorra, que no se atreven a disentir en cuestiones trascendentales, que callan y otorgan; todos componen el infame repertorio, nunca tan diverso como ahora, de la corrección política.

Luego tratan de mantener el tipo, de guardar las apariencias; pero no cuela. El tósigo de la corrección política es aceitoso, perfecto para dejar un cerco indeleble sobre los caracteres de celulosa barata. «Corrección política» es hoy un eufemismo, una expresión polivalente y difusa que denota más cosas y más graves de lo que parece, porque son más las insidias, las imposiciones del pensamiento único y los ataques a la moralidad y al sentido común las que sacuden la sociedad en esta época. Por eso el delito de los politicorrectos no fue nunca tan grave.

Huye, pues, amigo, de la corrección política y de quienes la profesan. Pon pies en polvorosa. Toma las de Villadiego. No caigas en ese resbaladero porque te arrastrará, te hundirá en la sima de la rendición, la impersonalidad y el anulamiento, te apretujará en medio del rebaño hasta que sigas, incluso con los pies en alto, el camino marcado. Ya no serás tú; y eso, aunque a primera vista puede parecerte atractivo, es algo terrorífico.