| 08 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Cada lunes y jueves se reúnen unas 50 personas para atender y hablar con unas 200 que viven en las calles de Valencia
Cada lunes y jueves se reúnen unas 50 personas para atender y hablar con unas 200 que viven en las calles de Valencia

Invisibles: recorrido por los ´hogares´ de los sintecho en Valencia

Cómo se produce el reparto de comida y ropa por la noche y de qué modo surgen conversaciones llenas de confidencias

| Héctor González Edición Valencia

Ocho en punto de la tarde. Cinco vehículos con los maleteros abiertos están aparcados en un lateral del paseo de la Alameda, a la altura de la fuente de Las Cuatro Estaciones. A su lado, con abrazos de bienvenida cada vez que se incorpora una nueva, pulula una veintena de personas. Marisé organiza los termos repletos de raciones de pollo con verduras, Miqui saluda con efusividad a quien llega, Rafa echa una mano con los sandwiches.

Llega Rosana, la presidenta de la asociación que engloba a este abigarrado y entusiasta grupo de personas, Invisibles. Nuevo reparto de abrazos como preámbulo para terminar de organizar el reparto de comida. Acaban de establecerse las rutas. Juanjo nos enseña a dos novatos en este tipo de actos: quien suscribe estas líneas y una estudiante universitaria con muchas ganas de contribuir, los ocho recorridos prefijados.

En la web que ha diseñado Rosana, informática de profesión, han preestablecido esos itinerarios por diferentes zonas de Valencia. En cada uno tienen ubicado exactamente dónde descansa la persona a la que visitarán, a la que repartirán comida, ropa o lo que les haya pedido, pero con la que sobre todo conversarán. Surge la pregunta obvia: ¿Y si ha cambiado de sitio? "Suelen avisar. Incluso a veces te dejan una nota", responde la presidenta de Invisibles.

Esta ONG lleva más de un sexenio atendiendo a personas que viven en las calles de Valencia, a las denominadas sintecho. Al principio, como recuerda Miqui, "preparábamos kilos de macarrones con atún"; ahora la variedad de alimentos resulta mucho más amplia. Cuentan con otras entidades, como Ayuda una familia, que les suministran la comida todavía caliente y que llega en termos enormes. También colaboran con Mensajeros con la Paz, por ejemplo.

"Somos como un Amazon para la gente que vive en la calle", compara Miqui mientras señala el maletero de su coche, donde se arraciman las raciones de pollo y las natillas de postre, paquetes de donuts y cajas de leche para el desayuno del día siguiente, dos sacos de dormir, mantas y bolsas personalizadas, etiquetadas con el nombre del destinatario, que contienen ropa, mascarillas u otros objetos que van a distribuir a gente que se los ha pedido.

Hasta allí llega Miguel para solicitar un pantalón vaquero. No tiene claro si le encaja. Dobla el codo y lo mide con el brazo, cree que sí. Miqui mientras tanto habla de la labor que realizan con un entusiasmo que embriaga. "¿Qué necesitas?", se para a preguntar cuando se le acerca una compañera. "Escucharte", responde con sinceridad. Contagia su pasión. Destaca que él aprende mucho cada noche que sale a repartir alimentos y, sobre todo, a hablar.

Somos los últimos en ponernos en ruta. Los otros vehículos, como cada lunes y jueves, ya han partido de este punto de encuentro. En el coche vamos Miqui, Mónica, una trabajadora social que acude por primera a esta cita para vivir la experiencia, y quien suscribe estas líneas. Afrontamos una ruta nueva, por Safranar, donde les han informado de la presencia de varias personas que duermen en la calle.

Miqui sigue hablando mientras dejamos atrás Viveros. "Ahora hay mucho marroquí, de unos 20 años, a esta altura (señala el puente de Campanar del Jardín del Turia)", explica a una pregunta de Mónica sobre el perfil de los sintecho, ante lo que insiste en que existen de todas las edades y sin tipologías. Alude también a grupos de rumanos que habitualmente van en bici abriendo los contenedores. Le pregunto dónde se concentran. Comenta que detrás de la avenida de Aragón. Es un pozo sin fondo de información, que transmite sin necesidad de preguntarle y con un afecto enorme cuando cita a las personas que visita.

Llegamos al primer caso práctico. Calle Campos Crespo, junto a las instalaciones deportivas de Safranar. Sentado en un banco de madera, tapado con dos mantas, nos da la espalda Pepe mientras escucha la clásica radio de pilas. Nos recibe encantado. Sabe de Invisibles, aunque, al tratarse de un recorrido nuevo, no está habituado.

Mónica le da el pollo y le anima a ingerirlo, que está caliente. Pepe responde que para comer solamente hace falta hambre. Él prefiere saciar otro apetito, el de platicar. Realmente, como pronto descubrimos, en estos recorridos se trata de conversar. De preguntar y escuchar. De sentir, tanto quien llega como quien está sentado, que nadie es invisible en Valencia. Que quienes viven en la calle tienen una historia como la de cualquier otro vecino, con su pasado distinto al de su presente.

Pepe tiene 76 años y ha nacido en una barriada de la zona norte de Valencia. Cuenta que trabajó durante 31. Que cuidó a su padre cuando enfermó y que hizo lo propio con su hermano con síndrome de Down, que permaneció diez años en cama. Para ello dejó su empleo. "No me arrepiento. Volvería a hacerlo. Yo le quería", señala en referencia a su hermano.

Ante cualquier pega que le planteas, responde con una sonrisa sincera, con un estoicismo repleto de optimismo. "Yo estoy bien. La mayoría de la gente es muy amable conmigo. El otro día se acercó un chico joven que iba a entrenar y me dio un euro y medio. Me comentó que no tenía más y yo le dije que eso ya era mucho", cuenta.

Pepe tiene 76 años. Llevo ocho meses viviendo en la calle: Estoy bien, la mayoría de la gente es muy amable conmigo

"Nunca he bebido ni tomado droga", recalca Pepe, quien señala que hasta el pasado mes de junio vivía en una habitación alquilada, hasta que le comentaron que se fuera, que pretendía arrendarla por días. Desde entonces duerme en su banco de Safranar, y allí pretende continuar los próximos meses "hasta que cobre la paga extra con la pensión de junio. Entonces podré volver a alquilarme una habitación y comprarme mi propia ropa, sin necesidad de que me la den".

"¿Y si te encontraras 500 euros en la calle?", le pregunta Miqui. "No los quiero de este modo. Yo me espero a ganármelos. De verdad, me encuentro perfectamente. Mientras la salud me respete no tengo problema. La gente me trata bien, no paso frío. La Policía me pregunta si quiero más mantas, pero con las dos que poseo resulta suficiente", indica un Pepe perfectamente adecentado. Se afeita cada día en instalaciones públicas y cuando llueve se refugia en la marquesina de autobús cercana. "Allí se está perfectamente", remarca.

Realmente, como pronto descubrimos, en estos recorridos se trata de conversar. De preguntar y escuchar

Después de unos 45 minutos de conversación nos despedimos, no sin antes fundirnos en un abrazo con él. Primero Miqui, que le pregunta si se lo puede dar, luego Mónica, y cierro yo. Le dejamos con su radio y, ahora sí, con su cena. Tapado con las dos mantas en su banco de Safranar.

Nos dirigimos a la siguiente parada. Miqui busca un rincón en la calle Pintor Agrassot. Bajo la tupida copa de un árbol descansan abrazados Fina y Bodjan; ella, nacida en una población del área metropolitana de Valencia; él, búlgaro de nacimiento y luchador de taekwondo posteriormente en Chicago hasta que sufrió una grave lesión, según recuerda.

Os estábamos esperando, comentan Fina y Bodgan en cuanto nos ven. Nos colocan unas mantas y nos insisten para que nos sentemos a hablar

Se incorporan en cuanto nos ven acercarnos. "Os estábamos esperando", sueltan al unísono. Rápidamente Fina coloca las tres mantas que le acaba de dar Miqui para que nos sirvan de asiento y nos insiste en que nos aposentemos en ellas. Comienza la conversación. Acabamos de comprender que para eso realmente hemos venido y es lo que más llena a las personas que nos reciben. También a nosotros.

Nos explican que llevan seis años en la calle después de diversas peripecias con vivienda y que comparten sus vidas desde hace 13. Nos enseñan, con mucha añoranza, la foto de su hija, que habita con una tía. Apenas, como en el caso de Pepe, hace falta preguntar ni comentar. Fina y Bodgan (más conocido como Bobi) llevan las riendas del diálogo. Coordinándose o interrumpiéndose, siempre con mucho cariño.

Ella nos muestra un par de veces la cicatriz que atraviesa su vientre debido a un accidente de metro, nos habla de sus operaciones de pechos y labios en otra etapa anterior de su existencia, nos insiste en la necesidad de más mascarillas mientras Bodgan le sube la que ella tiene a la altura de la barbilla. Él termina de devorar la ración de pollo y también se cubre con el tapabocas.

Necesita un pantalón, comenta cuando Miqui les insiste en qué les hace falta. Antes Fina le ha pedido doble ración de natillas y más ropa. Todo queda apuntado en la plataforma de Invisibles para atender estas y otras necesidades. El tiempo pasa muy rápido. En otros 45 minutos hemos conocido muchos más detalles de la vida de esta pareja de los que posiblemente sabemos de otras con las que tenemos más relación. Nos debemos de marchar. Antes, nos piden fundirnos en un abrazo. Así nos despedimos.

En otros 45 minutos hemos conocido muchos más detalles de la vida de esta pareja de los que posiblemente sabemos de otras con las que tenemos más relación

Han pasado ya dos horas y media desde que nos vimos en la fuente de las Cuatro Estaciones. Quedan más personas a las que visitar. Aparece Ricardo, un abogado -como Miqui- que también dedica muchos lunes y jueves a estas salidas nocturnas. "Luego me cuesta mucho dormir. Realmente nos dan más ellos a nosotros que nosotros a ellos", recalca. Miqui, siempre tan elocuente, recuerda el "subidón" que experimenta continuamente con esta actividad filantrópica.

La noche todavía es joven. Quedan más puntos de reparto, numerosas historias que escuchar, otros ´invisibles´ a los que conocer, cada uno con su historia, con sus sueños, y, principalmente, con afán de conversación. "En Valencia nadie pasa hambre", señala Miqui. Su asociación y otras muchas se ocupan de que así suceda. En cambio, la soledad resulta mucho más destructiva, más voraz.