| 27 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Esos moñas de paga y bono

Les irritan las contrariedades, les ahogan los imponderables, les anonadan las circunstancias adversas y les abate comprobar que la vida no se reduce a la pantalla obediente

| Juan Vicente Yago * Edición Valencia

Aumenta entre los jóvenes graduados el número de los que padecen stress y ansiedad. Se los come la frustración, la impotencia y el sofoco al comprobar que no está esperándoles nadie, a la puerta del campus, para ofrecerles trabajo de lo que han estudiado.

Están empachados de películas, de series, de publicidad engañosa, de potaje ideológico, de tocomocho intelectual y de malcrío paterno, y no conciben una vida sin sueños cumplidos, ensueños realizados, caprichos obtenidos, tardeo a todo trapo y empleo a pedir de boca.

Simplemente salen con el titulazo en la mano y la cochambre ortográfica, observan el panorama con audacia colosal —audacia huera de masa rebelada— y ninguna comprensión —por ignorancia pura y ausencia total de criterio—, y se llevan el mismo desengaño morrocotudo que se llevaron, sin tanta grita y aspaviento, las generaciones anteriores.

Hoy se descomponen porque no están preparados para la dilación; porque no saben cultivar ilusiones ni gestionar esperas; porque lo han tenido siempre todo enseguida, y sólo perciben el presente.

Les irritan las contrariedades, les ahogan los imponderables, les anonadan las circunstancias adversas y les abate comprobar que la vida no se reduce el carrusel de colores y la pantalla obediente que conocían. Se traumatizan y se deprimen al no verse convertidos, de la noche a la mañana, en yuppies de los noventa, guapos, ricos y con un éxito bárbaro en su trabajo sin vocación.

Y visitan, desconsolados, al médico; acuden a la consulta de salud mental en busca de tranquilizantes, de somníferos, de drogas que les mitiguen los acíbares del trago. Y dan el espectáculo triste de su blandenguería, su endeblez y su contradicción, porque no les frustra para nada ni les produce desasosiego ninguno carecer de moralidad, por ejemplo, como tampoco se vienen abajo al comprobar que no son empáticos ni tienen ganas de serlo.

Únicamente sufren, se agobian, hiperventilan, se arrancan la cabellera y echan espumarajos de rabia cuando el mundo les niega el éxito inmediato. Alguien debería explicarles que frustración de verdad es acabar la carrera y trabajar de peón, de mozo, de operario en un almacén, de siete a veintiuna, por un sueldo irrisorio; que ansiedad auténtica es la que se vive cuando, tras una jornada entera en el fabricote, y a punto de aspirar la brisa del crepúsculo, llega la tarea que debió llegar a las cuatro; que no hay ansias y bascas como las de llenar de naranjas un tráiler a cajonazo limpio y cinta transportadora; que impotencia y sofoco es andar arroyo adelante, con la titulación a cuestas y el carrito de la compra en ristre, a repartir publicidades.

Alguien debería explicárselo aunque no quieran entenderlo, para que no puedan alegar ignorancia. Pero nadie se lo explica; nadie les abre los ojos. Interesa más que los tengan cerrados; que se frustren de nada y dirijan la mirada triste, suplicante, anhelante al señuelo, al reclamo, a la paguita de la independencia postiza y el cursillo cuidaperros; que sigan considerando la vida como una prolongación del mundo pandereta que les fabricaron los atontados de sus padres; que les baje por el gaznate la falacia clientelar y el embuste inclusivo; que deglutan con avidez la nueva historia, la nueva sociología, el viejo comunismo.

Así, devorados por el contratiempo, soliviantados por el coraje, aturdidos por la frustración de no poder dedicarse inmediatamente a lo suyo verán al soviet en todo el esplendor de su falso buenismo, y se dejarán sobornar por una miseria para el alquiler del piso —ese tabuco en que trocan la calidez familiar por el olor extraño y malo de unos indiferentes— y un mendrugo semanal de incultura dirigida.

Serán carne de corrección política y víctimas del bombardeo mediático; productos estrella de la ingeniería social. Se trata, en el fondo, de mantenerlos en la ignorancia para que sean receptivos y en la indigencia para que sean sumisos. Adeptos incondicionales al viejo bolchevismo que les quita libertad con la excusa de aumentársela; que les anuncia que pueden decidir, aunque sólo entre las opciones ofertadas.

Frustrados porque las cosas no salen bien a la primera —entendiendo «bien» como a su gusto y entera satisfacción—. Acometidos de ansiedades y berrinches al menor inconveniente. Hundidos porque la existencia no es un camino de rosas.

Y así, mientras les atribula esta congoja de la minucia, pasan por alto lo que debería preocuparles, frustrarles y estresarles de verdad: que les desactiven el ímpetu juvenil, su nobleza intrínseca, su inconformismo y el poder de transformación que debe caracterizarlos; la originalidad, la curiosidad, la energía, la imaginación y el afán de pureza que les define o definía. Se consideran libres y autónomos, y van camino de todo lo contrario.

Pronto se habrán convertido, si no salen del chiquero propagandístico, en los nuevos galeotes del sistema, en la nueva energía motriz del aparato administrativo, en las hormigas obreras que llenarán la despensa del enorme cigarral del poder, ese desproporcionado e intrincadísimo armatoste burocrático habitado por cobistas y paniaguados, por charlatanes y trileros, por sopones y caraduras. La juventud papanduja de la Españona, borracha de ocio y superficialidad, gimotea y hace pucheros porque no alcanza el chilindrón laboral, pero se deja robar en silencio la identidad y el futuro. Y esos moñas de paga y bono son los que habrán de pagarnos la pensión.

*Escritor. Puedes comentar sus artículos escribiéndole a juviyama@hotmail.com