07 de Mayo de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Hasta que la mate

Llegado el momento de la verdad, ese en el que tienen que ir a los juzgados poniéndose la cosa más seria, las cosas cambian súbitamente

A menudo, y casi como el pan de cada día, los profesionales de los juzgados se encuentran con casos de violencia de género, o violencia en el ámbito familiar donde la dependencia emocional es tan intensa que a pesar de haber sido cruelmente insultadas, agredidas, vejadas y humilladas, retiran la acusación particular y, es más, vuelven con su agresor. Es algo que perece inconsciente, pero ocurre más frecuentemente de lo que podemos llegar a pensar.

 

¡No puede ser! pero sucede.

 

Las razones por las que estas cosas ocurren en mi pensamiento no tienen explicación, pero claro, alguna causa principal e importante debe de haber para que esto pase y no le puedas dar una vuelta completa a la situación y comenzar una nueva vida.

 

Hablo de la dependencia de todo tipo, pero como causa más interior la emocional. ¿Es amor inquebrantable o tal vez una forma de torturarse así misma?...  O como intentaba explicar un compañero mío en una tertulia, que comparaba el caso con el llamado Síndrome de Estocolmo. Son todo conjeturas y más conjeturas, hipótesis, opiniones,  que por supuesto no nos llevan a ninguna parte, solo a terminar nuestro debate con un tristemente “hasta que la mate”, “o llegar a no poder hacer nada cuando llega la fase explosión”.

 

Es muy triste que con la información, preparación, y entendimiento que tienen nuestros jóvenes hoy en día no se comprenda que “en el minuto uno” cualquier tipo de violencia o de maltrato debe de detectarse y a otra cosa mariposa. Lo que es lo mismo: “Prevenir antes de que sea necesario curar”.

 

Con la inmensa información que tenemos, si, esa que hasta aburre, y todo lo que se ha escrito, visto y oído por televisión y las redes sociales, todavía estemos así y que sigan pasando estos episodios de unos relatos salvajes de género con verdugos y víctimas a los que nos hemos acostumbrado.

 

Ellas llaman llorando a la policía para que las salven de las garras de estos energúmenos exaltados, claman que no los quieren ver más, que quieren denunciar, se esconden detrás de los uniformados que acuden al domicilio, gritos desgarrados de dolor… entre otras situaciones de terror.

 

Llegado el momento de la verdad, ese en el que tienen que ir a los juzgados poniéndose la cosa más seria, las cosas cambian súbitamente. Los dos son asistidos por abogados y procuradores, donde tienen que firmar mil papeles, todos necesarios, de declaración, información a la víctima, sus derechos, y además se enfrentan a un juicio justo, y claro, con el consiguiente riesgo de cárcel, entonces ya la cosa cambia, llega el momento de decir: “no quiero que le pase nada”… Vemos a la justicia con su venda en los ojos, bajando sus brazos, cansada… y lejos de la pena o la sanción sabiendo que la causa volverá como tantas otras veces.

 

Es cierto que han pasado unas horas o días y la cosa se ha enfriado, él le mira con  cara de “cordero degollado” y ella se siente culpable y sucumbe. El siguiente paso es mandarlo todo a la porra, ignorar a los profesionales que te han estado ayudando. Todo se viene abajo y se posicionan de parte de su agresor. Todo el aparato jurídico ha hecho un trabajo impecable pero en balde, largas horas para administrar justicia para evitar reproches penales importantes y que estos se vuelven intangibles. Vamos... que desaparece todo por arte de birlibirloque. 

 

¿Cuánto tiempo pasará hasta que esas gentes vuelvan al juzgado con el mismo problema? Todo ello si no llega un situación tan desmedida que acaba en desgracia. ¿Cómo se les quedan las caras a todos los protagonistas de un juicio de este tipo cuando ven a las mismas personas?

 

Hechos parecidos, a veces similares y todos ellos repetitivos, cansando nuevamente a aquellos que intentan prosperar en su día a día con una sociedad pacífica, de armonía, en la que intentan echar al vertedero de la basura la incomprensión, la violencia, los abusos, como si fuera un antibiótico que expulsa un virus que te destroza.  

 

Algo tiene que cambiar en nosotras para no rendirse y enfrentarse a los fantasmas, eso sí, estos son de carne y hueso y pueden llegar a la maldad. Hay conceptos susceptibles de cambios para que nuestra vulnerabilidad no llegue a ser tan innata. Las herramientas de la sociedad deben de evolucionar y muchos juristas estudiosos siguen en aras de cambios, de evolución para que fortalezcan la protección de la víctima.

 

Así que seguirán trabajando duro en la concienciación, educación, cultura, policía y justicia, todos los medios que hagan falta para que todo esto se repita cada vez menos. Ellos nos ayudan aunque te perezcan gente inerme o que no va con ellos el tema.

 

¡Protégete por favor!…

*Grupo EmeDdona.