| 21 de Noviembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Grande Marlaska y Pablo Iglesias en el Congreso.
Grande Marlaska y Pablo Iglesias en el Congreso.

Democracia sin adjetivos

La unidad de España es lo que pretende demoler este desalmado personaje que anda como un chulo de billar.

| José María Lozano Edición Valencia

Esta inveterada manía de reinventar la realidad a la que es tan aficionada la izquierda, más aún cuando ésta le resulta adversa, con el “relato” y los neologismos está alcanzando en España niveles insoportables para la inteligencia. Y para el sentido común.

El Gobierno en su conjunto, instalado definitivamente en lo que precisamente Sánchez acaba de denominar, sin pudor alguno y para negarlo, “jugueteo político” reparte silencios de complicidad y abundantes dosis de blanqueo para negar la evidencia y salir del paso ante cualquier disparate de los que previamente ha provocado. Así, se presenta Marlaska en Marruecos a solicitar colaboración del reino alauí en el delirante asunto de la expulsable (Escrivá dixit) inmigración ilegal en Canarias, mientras Iglesias calienta el conflicto saharaui. Antes ha dado órdenes para que de ninguna manera se les traslade a la península -para justa indignación del presidente de las islas- en contra del criterio de sus propios socios de gobierno.

Así, tras la sobreactuada presentación de los presupuestos a cuatro manos, esos mismos socios y el nuevo fichaje para la dirección de Estado (los filoetarras de Bildu) escenifican, tras tumbar las enmiendas de la oposición, la suya propia. Y Calviño lo justifica como un ansia de protagonismo y necesidad de visibilidad que, en la práctica  y según ella, nada sustancial modifica.

Así Celaá, enloquecida en el Congreso entre sus propios vítores y aplausos y las sonoras quejas de la oposición (y de la calle) al grito de libertad, concluye que no pasa nada, que se respeta el español, la meritocracia y el derecho a la educación de los hijos. Y, tan fresca, que los que se oponen no se la han leído

Así, tras la felonía del vicepresidente podemita aprovechando el acompañamiento al monarca –“hermano rey Felipe VI”- para la toma de posesión del nuevo presidente boliviano, para montar un sarao documental contra la “ultraderecha”  con la inestimable colaboración de Zapatero, Robles se desentiende de la agenda privada de su colega de consejo ministerial, para acabar recordándole que el presidente es el presidente y el que nombra y escoge. Y que no se puede sorber y soplar a un tiempo.

Así Celaá, enloquecida en el Congreso entre sus propios vítores y aplausos y las sonoras quejas de la oposición (y de la calle) al grito de libertad, concluye que no pasa nada, que se respeta el español, la meritocracia y el derecho a la educación de los hijos. Y, tan fresca, que los que se oponen "no se han leído la ley".

Así, unos y otros, andan enredando, infectados por Simón y legitimados por Illa (a quien se le ha subido el pavo como si fuera un adolescente “empoderado”) con las medidas contra la pandemia, el precio de las mascarillas, y la fantasía de las vacunas.

Así, Duque lidera la reivindicación del 2% para la ciencia -y el inefable Castells calla- cuando acaban de enterrarse 200 millones en la agencia espacial europea por un infortunio que no ha merecido mayor explicación.

Si no fuera todo tan grave parecería de opereta -o del camarote de los hermanos Marx- porque lo cierto es que el Gobierno se comporta como si de un club de amigos (o no tan amigos) se tratara. Cambiando las reglas a capricho y soslayando la legalidad. El Gobierno y muchas de las instituciones a las que su larga mano alcanza.

Orgánica, participativa, representativa, cristiana, social, liberal o iliberal son algunos de esos calificativos innecesarios cuando la ciudadanía elige de manera sensata y los elegidos actúan con legitimidad y respeto al conjunto de los españoles

El balance final es un deterioro creciente de la democracia española. Evito aquí la recurrida cita de Churchill y la conocida clasificación de las formas de gobierno según Platón, si bien la menos popular, la timocracia -no hagan chistes por favor- es la que más se aproxima a la situación actual aunque el “capital” que exhiben nuestros actuales dirigentes no sea (o sí) precisamente monetario.

Orgánica, participativa, representativa, cristiana, social, liberal o iliberal son algunos de esos calificativos innecesarios cuando la ciudadanía elige de manera sensata y los elegidos actúan con legitimidad y respeto al conjunto de los españoles. Eso es la democracia, ni más ni menos, a secas y sin calificativos.

Y eso, y la unidad de España que es su mejor garantía, es lo que pretende demoler este desalmado personaje que anda como un chulo de billar, vive como un nuevo rico y miente como un bellaco.