23 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Pedro Sánchez y Salvador Illa.

Se precipita Sánchez

Las partículas que, día a día, se van depositando en la sociedad española son lamentables muestras de desafección

| José María Lozano Edición Valencia

Tengo para mí que la redonda arrogancia en la que se ha instalado, y exhibe con descaro, el inquilino de Moncloa -característica, por cierto, de los más habituales modos okupa- no es buena consejera. Esa “autoevaluación”, como ya ha sido calificada con certeza, de final de curso sin ápice de autocrítica, obsesionada por apuntar “logros” con la misma facilidad con la que estimula la actividad física mi reloj “inteligente” raya en la más absoluta imbecilidad.

Un servidor, permanente diletante en el manejo del español, se encuentra enredado en las diferentes acepciones del verbo precipitar por mor de entender, más allá de la ambición personal, la política gubernamental.

No parecen caber dudas acerca de la afición del presidente Sánchez por la improvisación precipitada (o por precipitar la improvisación) sin importarle el tiempo transcurrido para su sustitución por una nueva, tan efímera además de contradictoria con la anterior. He llegado a creer en una obsolescencia programada, similar a las diseñadas para los más elementales bienes de consumo como perverso método de fidelización clientelar propia del capitalismo avanzado. El continuo lanzamiento de consignas y eslóganes cocinados mediante eufemismos y neologismos de corte
mercantilista, alejados de las necesidades reales y con el único objetivo de asegurar la venta del producto -su utilización efectiva importa menos- nos ha inmerso en una suerte de persistente campaña de rebajas democráticas proclamada con motivo de esta dolorosa pandemia.

Precipitar los acontecimientos no conlleva adelantarse a sus consecuencias. Suele ser, por el contrario, agudizar su incidencia y agravar sus resultados. Precipitar y prevenir, como soplar y sorber, no parecen verbos de utilización simultánea. La conocida facilidad de Sánchez para hacerlo sin apuro ni dilación es, probablemente, la gimnasia preventiva más desarrollada en Moncloa por esa amplia caterva de costosos asesores gubernamentales que nos toca soportar, y pagar.

La forma reflexiva precipitarse, connota mayor riesgo. Pero cabe reconocer que Sánchez lo hace con su propio paracaídas, o “escudo social”. Ese que componen los partidos políticos destructores y que salva su culo parlamentario a cambio de concesiones y prebendas vergonzosas.

Ese oportunismo de Illa como ministro candidato a la Generalitat en busca de un nuevo tripartito blanqueador del separatismo

Precipitado y precipicio son dos sustantivos relacionados con la acción de precipitar. El primero tiene dos acepciones generales: en química, la obtención de un sólido por disolución, evaporación, enfriamiento o cambio de polaridad, y en medicina el depósito de partículas en el fondo de una solución. La disolución efectiva de la concordia nacional, la evaporación de la Constitución y la Monarquía parlamentaria, el enfriamiento repentino de las convicciones y valores democráticos para su sustitución por un sistema bolivariano, o el cambio de polaridad en la unidad de España con oportunistas llamadas al federalismo extremo o a la autodeterminación, cursan como indicadores analógicos. Las partículas que, día a día, se van depositando en la sociedad española son lamentables muestras de desafección, de crispación, de conflicto permanente, a imagen y semejanza del aprendiz de brujo que manipula los matraces de la política gubernamental para beneficio propio, sin piedad ni compasión alguna.

Y el precipicio -¡ay el precipicio!- es ese precipicio de pobreza e ignominia hacia el que se dirige Sánchez con paso firme y música de flautista ratero, dispuesto a arrastrar a los españoles hasta su desaparición como a los niños del conocido cuento, también originado en tiempos de peste.

Ese cínico balance de fin de año, avalado por expertos -¡ay los ignotos expertos!- al margen del poder legislativo; esa absurda pretensión de aggiornamento de una corona impecable; esa burla del más que posible indulto de los secesionistas condenados e irredentos (“lo volveremos a hacer”); ese oportunismo de Illa como ministro candidato a la Generalitat en busca de un nuevo tripartito blanqueador del separatismo … Son signos inequívocos de que se precipita Sánchez … y -si no lo remediamos- a todos los españoles con él.